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lunes, 17 de enero de 2011

El círculo de la aleatoriedad

Nadie habrá dejado de observar que cuando tiras una moneda al aire esperas que caiga sobre una de las dos caras. No concibes, por improbable, que quede en pie sobre su canto. Contemplas sólo dos opciones: cara o cruz; ganar o perder; suma cero.

La realidad, por lo general, se antoja más compleja que un simple juego de suma cero. No verás a nadie tirando una moneda al aire cada vez que tiene que tomar una decisión. La velocidad a la que se mueve el mundo y el elevado número factores, hechos y circunstancias que rodean cualquier decisión hacen imposible sopesar todos los pros y los contras en el juego de la vida.

Y si bien existe un amplio margen para la acción, hasta el punto que no puede decirse que nada está determinado, éste siempre queda circunscrito por el círculo de la aleatoriedad. Todo lo que percibimos es producto de la combinación de unos pocos elementos químicos, apenas 100. Las palabras y frases se articulan a partir de unas pocas reglas sintácticas y algunos elementos fonéticos. La estructura de un ser vivo deriva de tan sólo 4 elementos: adenina, timina, citosina y guanina. Combinaciones aleatorias componen nuestro mundo.

Un coche se detiene con suavidad sobre el desdibujado arcen de una carretera secundaria. La noche hace tiempo que reconquistó sus efímeros dominios, cubriendo de oscuridad el inhóspito páramo y el haz de los faros del automóvil apenas alcanzan a iluminar unas decenas de metros más de la castigada carretera. Lejanas luces de ciudad rompen la monotonía del valle, oscuro, por lo demás, como la profundidad abisal. Tras de la niebla ligera parpadean, débiles e inconstantes, dibujando una suerte de puzzle amarillento e incompleto. Un puzzle de vidas que se entrecruzan y esconden una historia (diferente o igual) tras cada una de ellas; luces que van y vienen, que se esconden y reaparecen sin más sentido que el que pueda tener en río que en su fluir baja, sereno o encabritado, silencioso o en rugido salvaje, hasta su eterna disolución. Y vuelta a empezar.

Juan sale del coche, se sienta sobre el capó y enciende un pitillo. Por un momento mete la mano en el bolsillo del abrigo para comprobar que el revolver sigue ahí. Aterido de frío y miedo observa las luces y se pregunta donde podrá estar la de ella, la de la mujer que le ha llevado hasta la situación en la que se encuentra. Removido en sus cimientos; apresado por la duda y el desasosiego; abocado a la irracionalidad del azar, ése que siempre repudió por resultar matemáticamente inexplicable.

Juguetea con una moneda mientras piensa en los actos y sus consecuencias, en la causa y el efecto, en como una simple mirada puede cambiar un destino aparentemente firme en su rumbo. La teoría del caos aplicada a una insignificante vida, la suya. Muchas veces se ha preguntado, desde que en el autobús, una mañana de primavera camino del trabajo, cruzó la primera mirada con Sabrina, que fue lo que le impulso a invitarla a cenar. A ella que de nada conocía y que nada significaba para él.Y que fue lo que a ella la impulso a aceptar.

La moneda gira en el aire y cae sobre la carretera, justo delante de las luces del vehículo. Por unos instantes Juan se resiste a mirar pero finalmente reúne el valor suficiente y se aproxima para conocer el resultado: Cara. Vuelve a echar la mano al bolsillo del abrigo, coge el revolver y lo tira con fuerza en dirección a las luces parpadeantes.

Un coche gira en mitad de una oscura carretera secundaria iluminando a su paso un cartel en el que se puede leer “Madrid. 40 Km.” y debajo una pintada que reza “Si no bebes, no fumas y no follas, para que vives gilipollas”

domingo, 29 de agosto de 2010

Nunca se es demasiado joven para matar

No corría ni una gota de viento en aquel caluroso día de agosto. Se diría que el astro rey hubiera decidido prescindir de toda clemencia en esa batalla constante que libra contra el resto de los elementos y reivindicaba aquel lugar como suyo y de nadie más. La acera y el asfalto emitían reflejos en forma de humo emergente que pronosticaban que el sofocante calor, cual vasallo fiel, seguiría protegiendo el reino una vez se hubiera retirado su amo y las luces bastardas hubieran comenzado a cuajar las calles, comercios y viviendas de la urbe siempre insomne.

El muchacho estaba apoyado sobre el capó de un BMW aparcado en batería en una calle adyacente a una gran avenida, tan ancha como vacía de almas en tránsito. Vestía chaqueta y pantalones vaqueros de pitillo, una camiseta con el nombre de un grupo de rock y calzaba unas zapatillas deportivas de color negro marca converse. Toda su indumentaria hablaba de su procedencia suburbial, tan ajena a aquel lugar, plagado de tiendas caras y edificios señoriales, como lo sería la de un pez lobo en mitad del desierto del Gobi.

Tenía las palmas de las manos posadas sobre las rodillas y el gesto torcido por los últimos rayos solares de un crepúsculo que atacaba sus retinas como lo haría un ejército de impíos que no hace rehenes ni deja enemigos a su espalda. En la comisura de los labios le colgaba al muchacho un pitillo a medio consumir. Gruesas gotas de sudor avanzaban temblorosas y con rumbo incierto entre los surcos de su arrugada frente y el humo del cigarrillo insistía pertinaz en colársele entre los párpados, entornados, dando a sus ojos un aspecto de inexistencia bajo el escorzo inverosímil que trazaban sus cejas pinceladas.

A pesar de todo permanecía inmóvil, como una escultura de cera que ha comenzado a deshacerse, con la mirada atenta a un punto fijo del espacio circundante: las amplias puertas del portal de un vetusto edificio de viviendas de lujo. Varió levemente su posición cuando tiró el pitillo y lo extinguió de un pisotón mientras se atusaba el pelo y se enjugaba con el dorso de la mano el sudor que le empapaba la frente. Con gesto ritual encendió otro cigarrillo y recuperó la postura, como si hubiese nacido así y estuviera dispuesto a morir así.

Una voz sonó a su espalda, desde el otro lado del coche, como salida de una profunda sima, sacándole de lo que pudiera estar pensando:

—Chico, ¿se te ha perdido algo? —el muchacho giró la cabeza y pudo ver a un hombre de aspecto imponente que le miraba interrogante y con cara de pocos amigos.

—¿Está prohibido estar aquí?

—Eso depende

—¿Y de que depende?, si puede saberse —contestó sin alterar la postura ni el gesto ni sacar siquiera el pitillo de la boca.

—Pues fundamentalmente de lo que a mí me salga de las pelotas porque éste es mi coche, ¿entiendes? Circula y no te meterás en un problema que no sabrás resolver. Sé buen un buen muchacho, no me jodas.

—Pues eso también depende…

—No me toques las pelotas, chaval, que no me apetece nada tener que ponerme a patear tu culo de macarra con este puto calor.

En ese momento se abrió la puerta del portal y asomó la cabeza de un hombre de mediana edad que miró al fornido que hablaba con el chico. El gorila asintió con la cabeza, dando a entender que no había ningún problema, y el cuarentón terminó de salir con un maletín en la mano y se dirigió hacia el coche. El muchacho ya estaba de pie cuando el hombre que le había amenazado comenzó a abrir la puerta del coche, sonriente y menando la cabeza con incredulidad. El gorila sólo alcanzó a ver por el rabillo del ojo la detonación amortiguada que desparramaría sus sesos, parte en la ventanilla del vehículo y parte sobre el asfalto hirviente. Cayó entre dos coches y allí se quedó inmóvil con un enorme charco de sangre manando tras lo que le quedaba de cabeza. El del maletín quedo estupefacto en mitad de la acera, congelado en mitad de un paso, en una posición grotesca.

—¿Quieres el maletín?

—Sí.

—Toma, cógelo, es tuyo, pero por favor no me hagas nada —El hombre abrió con dedos temblorosos los grilletes que le ataban al maletín y lo avanzó con su brazo hacía el chico. Éste lo cogió, retrocedió unos pasos y se quedó mirando al aterrado cuarentón con un gesto que, a pesar de su evidente juventud, no expresaba nada, ni odio, ni ira, ni intranquilidad.

—Los Minuesa te mandan recuerdos —dijo, y eso fue lo último que escucho aquel hombre, en voz de un chico que aún lucía las secuelas del acné. Tampoco pudo decir nada más. Antes de poder emitir una sola palabra más tenía una bala alojada en la tráquea y otra en la base del corazón. Cayó en mitad de la acera con los ojos muy abiertos y la incredulidad manándole a borbotones por garganta y pecho.

El sol ya se había retirado, dejando paso a una noche bastarda, y las farolas comenzaron a iluminarse de manera aleatoria, una detrás de otra, como saludando a la incipiente oscuridad en un idioma que sólo ellas conocen. El joven Lucio miró en derredor y pudo comprobar que la calle seguía vacía y silenciosa. Cogió el cuerpo inerte que yacía en mitad de la acera y lo arrastró hasta dejarlo entre los dos mismos coches donde había caído el impertinente guardaespaldas. Cuerpo sobre cuerpo sumidos en un último abrazo sangriento. Caminó, como si paseara con despreocupación, hasta la boca de metro más cercana y desapareció camino de su suburbio en el que, a pesar del agosto y las vacaciones, se encontraría con calles plagadas de almas en tránsito ávidas de encontrar un lugar donde esconderse del calor que había quedado vigilante tras la batalla de los elementos.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Dos mariposas blancas

El agua de la ducha cae templada sobre su cabello ralo. En la radio, monótona como las gotas que ahora le golpean el rostro, suena la voz del locutor. Habla sobre un nuevo tsunami económico. Al ritmo de la lluvia artificial, inicio de cada uno de sus días, Juan trata de recomponer el sueño que tuvo, justo antes de abrir los ojos:

Un niño de rasgos orientales ríe y corre por un campo recién florecido. Con los brazos extendidos, que bate como alas, persigue mariposas. Cientos de ellas, que con vuelo, en apariencia errático, festejan la primavera en una explosión de colores —verdes, azules, morados, lilas, amarillos— bajo un sol que deslumbra.

Trata de agarrar alguno de los vistosos insectos pero siempre se le adelantan, cambiando su trayectoria en el último momento... hasta que una de ellas se posa sobre un junco que se balancea leve. Entonces, el niño, ya no la quiere coger, sólo acerca sus ojos rasgados para poder apreciar su fisonomía, el suave batir de las alas blancas como la espuma del mar, que no paran quietas. Sobre una de las alas, dibujados con fino trazo, se pueden leer unos signos de color púrpura.

Juan se seca y el espejo le devuelve un rostro que ya hace tiempo que dejó de ser lozano. Su cuerpo flácido refleja la vida sedentaria de un contable que ha estado aferrado a una silla más de ocho horas al día, durante los últimos veinticinco años. El locutor sigue hablando de índices y cifras. Con tono catastrofista predice un futuro nada halagüeño en el que el desempleo se cebará con la población, en el que la estrechez volverá a ser la protagonista en las vidas de muchos. Juan apaga la radio.

Al salir de casa, gira la cabeza y se despide. Una costumbre de cuando aún había alguien a quien decir adiós, un uso que se le ha quedado tan impregnado que le resulta imposible deshacerse de él… aunque sabe de sobra que cuando regrese todo estará en el mismo lugar en el que lo dejó, que tampoco habrá nadie que le dé la bienvenida.

Se acomoda en el tren —siempre el mismo vagón, siempre a la misma hora, de lunes a viernes, camino del mismo trabajo, ruta inquebrantable de rutina implacable—. Despliega el periódico y se detiene interesado en un artículo de opinión titulado “El efecto mariposa”. No termina de leerlo, más de lo mismo: nuevas teorías sobre el origen de la crisis y sus consecuencias. Recostado sobre su butaca, se queda pensativo mirando la lluvia de mayo que empaña la ventanilla. No se puede sacar el sueño de la cabeza…

…Ese niño y el vuelo de las mariposas traen al recuerdo de Juan los días felices en los que su padre le llevaba, el primer domingo de primavera, al concurso de cometas. Juntos construían el artilugio volador con el que participarían. Cada año diseñaban uno nuevo; dibujaban el boceto, compraban los materiales y ensamblaban las piezas, con paciencia artesana. Al terminar su trabajo, a modo de ritual sólo por ellos conocido, firmaban satisfechos su trabajo, sobre una de las esquinas; en color púrpura y con caracteres finos cada uno escribía su nombre: Juan y Juan.

Antonio, el jefe de departamento, su compañero desde hace más de quince años le ha llamado al despacho. Al parecer, según le ha explicado, la empresa tiene problemas, las ventas han bajado de manera drástica y, ya se sabe, la crisis, que no perdona. Juan ya no escucha pero intuye. Su mirada se pierde, atónita en la lámina detrás de la mesa de Antonio. Nunca, hasta ahora, había reparado en ella.

—Hice todo lo que pude por ti, Juan… pero ya sabes que en la empresa los números mandan y todo aconsejaba que tú entrases en el paquete del expediente de regulación...
—¿De quién es esa lámina? —pregunta Juan con calma, como si nada de lo que le acaba de decir Antonio le importase lo más mínimo
—¿Cómo?
—Sí… que quién es el autor del cuadro de las mariposas –y lo señala.
—Es la reproducción de un Van Gogh: Dos mariposas blancas, se llama. Mi mujer se empeñó en comprarlo cuando estuvimos en Ámsterdam, durante las últimas vacaciones… Juan, ¿estás bien?... ¿has comprendido lo que te acabo de decir?...
—Sí, sí… de Van Gogh… es precioso…

De regreso a casa, Juan sólo puede pensar en las cometas de su infancia, en como su padre le enseñaba que hay que ser sutil, para con un suave giro de muñeca, tan leve como el aleteo de un mariposa, alterar la trayectoria; siempre le insistía en lo maravilloso que era poder cabalgar sobre el viento con un simple cordel, ocho palos, algo de tela y un poco de habilidad.

*****

El Sr. Murakami bebe té frente al enorme ventanal que preside el salón de su casa de campo. Observa a su hijo en el jardín, que corre y ríe mientras persigue una nube de mariposas. Como alto ejecutivo de una poderosa firma de automóviles carga sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de miles de trabajadores. Los tiempos no marchan como debieran, el tsunami les ha alcanzado de lleno y este hecho le ha obligado a tomar desagradables decisiones. Si no fuera por estos momentos en los que todo encaja, en los que puede disfrutar viendo como su hijo crece sano y feliz, la vida no tendría sentido.

Ya lo tiene decidido. Le costó encontrar el regalo adecuado porque el niño tiene de todo. En el próximo cumpleaños del pequeño Haruki le regalará una preciosa cometa que vio el otro día en el escaparate de una lujosa tienda. Fue como si le hubiese hipnotizado y entró a comprarla. Una serie limitada firmada por el artesano que la ensambló. Tiene forma de mariposa y esta tejida en seda noble. Algo cara, pero seguro que Haruki disfrutará mucho con ella.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Un oscuro pasajero

Al fondo del vagón, levemente recostado y difuminado por una oscuridad tenue, Lucio fuma con la mirada clavada en la negritud parpadeante de la noche. Las brasas del cigarrillo se avivan con cada calada e iluminan fugaces la comisura de sus labios y la punta de la nariz. Su rostro parpadea con cada haz de luz seca que entra a través de la ventanilla y los ojos se le reflejan fieros sobre el cristal empañado de invierno.

Sus pensamientos andan perdidos en su último trabajo, un ejecutivo de medio pelo que creyó poder llegar hasta lo más alto y que acabó por descubrir, entre las hojas secas de un bosque perdido, que su destino nada tenía que ver con el que había imaginado. Recuerda sus ojos de imprecisión, amoratados y difusos... esa mirada que es patrimonio de todos cuando son conscientes que ya no hay marcha atrás, que todo acaba allí, que da igual que supliquen o no. Una sonrisa aparece en su rostro tras las brasas de la última calada.

En el otro extremo del vagón un muchacho hace arrumacos con la que debe ser su novia. Se llama Juan y él aún no lo sabe pero esas serán las últimas tonterías que haga en este mundo. Dentro de unos minutos, cuando el tren atraviese el túnel que enlaza Chamartin con Atocha, Lucio se levantará, se enfundará sus guantes, sacará la beretta, colocará el silenciador, atravesará el pasillo con lentitud y acribillará a tiros a la feliz pareja. Luego desaparecerá entre la penumbra como un pasajero oscuro que nunca existió.

De Juan sólo conocía el nombre y su rostro sonriente en una fotografía recortada. De ella no sabe nada, pero da lo mismo, la vida es inoportuna en ocasiones. Él hubiera preferido raptarle y someterle a su peculiar juego, enseñarle bajo la sombra de un álamo alguno de los muchos misterios que tiene la vida, antes de darle muerte, consignar el rostro imberbe de aquel muchacho -sus ojos imprecisos- en su particular memoria de los muertos... pero la orden era clara, el asesinato debía ser público y sangriento, un escarmiento que abriese la sección de sucesos de todos los telediarios y periódicos. A veces pasa, se dijo.

El tren abandona Chamartin y se adentra en el túnel con aullido nocturno. El traqueteo hace que el andar de Lucio parezca el de un borracho. Juan levanta el rostro a su paso pero apenas le da tiempo a percatarse del zumbido seco de la primera detonación… y luego más pero esas ya no las escuchará nunca, como tampoco ha escuchado el grito ahogado de la que Lucio supone que era su novia... la vida es tan inoportuna a veces.

lunes, 8 de septiembre de 2008

La mamma morta

El móvil para asesinar a Mercedes, Merce, Merceditas, era simple: la odiaba. Odiaba hasta su tuétano. Explicar las razones de tanta inquina -por ambas partes- y de cómo llegamos a tal grado de perversidad no viene al caso; baste decir que quince años de convivencia nos convirtieron a ambos en deleznables seres sin escrúpulos capaces de hacer casi cualquier cosa con tal de hacer la vida imposible al otro y que al final fui yo quien ganó la partida.

Nunca he pecado de avaricioso así que no me preocupé de comprobar que beneficio obtendría de la muerte de aquella víbora. Sería suficiente con saber que desapareciera para siempre sin que quedaran sombras de sospechas revoloteando sobre mi cabeza, algún cabo suelto que algún investigador pudiera seguir. Suscribir un nuevo seguro de vida a su nombre, cambiar nuestro estatus de separación de bienes al de compartidos o una consulta a nuestro notario por si hubiera cambiado su testamento en algún sentido durante los últimos años no sólo hubiese despertado sus sospechas sino que, a posteriori, habría supuesto dirigir los focos de la investigación hacia mi persona. Así que no hice nada de eso. En realidad no hice nada distinto a lo que cotidianamente venía realizando por aquel entonces: servirla.

La razón de estas líneas es dejar constancia de cómo sucedió todo, de cómo conseguí matar a mi mujer y salir indemne. En realidad está carta quedará consignada a buen recaudo hasta el día en que yo muera, en que será enviada a las redacciones de varios periódicos de tirada nacional. Debo contarlo porque, de morir conmigo, mi victoria carecería de sentido. Quiero que quede claro que mi conciencia está tranquila; siempre he considerado aquel hecho como la única salida a una vida de desgracia ya que dejarla me resultaba imposible y vivir con ella era un infierno.

Además está el asunto del orgullo, de haber sabido burlar a la ley y a esa mala pécora que era mi mujer, el simple placer que produce narrar la victoria, y la satisfacción que experimento al poder exhibir públicamente el infinito ridículo de las circunstancias que rodearon la muerte de aquella prima donna, a la que todo el mundo adoraba y que fue encaramada al altar de los inmortales el mismo día de su óbito.

Mercedes era una gran soprano. Además era bella y poseía un innegable atractivo. Nadie podía resistirse a su talento y pronto alcanzó las más altas cotas de fama y reconocimiento. Pero en su vida privada, como buena diva, era caprichosa y mezquina. Yo había dejado de importarle hacía mucho tiempo y sólo permanecía a mi lado, legalmente casada, por una cuestión de imagen y porque yo era el único que sabía satisfacer sus excentricidades con eficiencia de mayordomo británico. Eso no impedía que siempre que tenía oportunidad me hiciera sentir como un mísero gusano. Disfrutaba ridiculizándome en público, fuera ante el servicio, personalidades o allegados. Daba igual… yo no era más que un perro fiel al que podía apalear sin contemplaciones.

Pero yo era un perro que conocía sus secretos más íntimos, sus pequeñas manías y vicios. Durante mucho tiempo barajé la posibilidad de editar unas memorias en donde aparecieran reflejadas todas sus miserias, la verdadera faz de una arpía enferma. Pero se adelantó a mis intenciones y me obligó a firmar un leonino contrato de confidencialidad. No me quedó más remedio pues de lo contrario hubiera acabado de patitas en la calle, sin saber donde ir ni nada que llevarme a la boca.

La vida, en cualquier caso, es muy traidora y fue una de esos vicios –el más vergonzante de todos- el que me ilumino la puerta de salida: Mercedes, Merce, Merceditas tenía la manía persistente de hurgarse la nariz y eso, a la postre, fue su perdición. Lo hacía sin contención ni recato: comenzaba masajeándose las aletillas para a continuación introducir un dedo –índice o meñique, dependía de la dificultad del moco- como una sonda a la busca de tesoros escondidos. Aquel instinto, clara herencia de nuestros ancestros los monos, se volvía irreprimible cuando se detenía en algún semáforo o en mitad de un atasco: extraía un moco, jugaba con él, lo convertía en pelotilla y lo lanzaba, a través de la ventanilla, en cualquier dirección.

Sus largas uñas eran como catapultas pelotilleras. Se las limaba ella personalmente, con perfecta regularidad, todos los lunes por la noche mientras escuchábamos ópera; generalmente Verdi o Motzart, sus preferidos; recuerdo con claridad diáfana su expresión mientras miraba desde varios ángulos el anverso extendido de su mano: los ojos entornados, orgullosos y fijos en aquellas palas perfectamente esculpidas para un único cometido: sacar los mocos con óptima eficiencia. Las dejaba finísimas en su punta de manera que asemejaban un puñal. Unas semanas antes de perpetrar el asesinato, mientras la Calas acometía la mamma morta -¿no es una señal divina?-, vino la idea a mi cabeza, como un fogonazo. Fue entonces cuando comencé a pergeñar un plan que a la postre resulto ser perfecto.

La noche de autos, volvíamos a la mansión del lago de Como -la misma desde la que escribo- después de uno de sus conciertos de temporada en la Scala. Ella conducía su coche y yo, como era habitual, la seguía en el mío, otra de sus extrañas manías. Dejé que tomara la distancia suficiente y cuando vi como se detenía ante la luz roja del semáforo de acceso a la piazza Duomo, aceleré y estampé el guardabarros de mi todo terreno contra el culo de su elegante Jaguar de colección, ese al que nunca me permitió subir, a dios gracias, vayan ustedes a saber porque extraño mecanismo mental.

Como era de esperar uno de sus dedos -luego supe que era el índice- se encontraba en plena excavación, de manera que cuando sufrió el impacto súbito, aquel puñal que era su afilada uña se le hundió violentamente en el cerebro, produciéndole una muerte instantánea. No la embestí a demasiada velocidad por lo que todo se interpretó como un fatídico accidente fruto de un despiste, como cualquier de los cientos que se suceden cada día en las calles de cualquier ciudad del mundo.

Sé que me juzgarán con dureza cuando todo esto se sepa pero, ¿acaso no fue perfecto?





domingo, 11 de mayo de 2008

Dos funámbulos

Funámbulo, la.

(Del lat. funambŭlus, que anda sobre una cuerda).

1. m. y f. Acróbata que realiza ejercicios sobre la cuerda floja o el alambre.

2. m. y f. Persona que sabe actuar con habilidad, especialmente en la vida social y política.

La mayoría de la gente piensa que estar allá arriba, a varios cientos de metros sobre el suelo, pendiente tan solo de la búsqueda del equilibrio, de no errar el siguiente paso, sintiendo el cosquilleo del vértigo recorriendo la columna una y otra vez, con cada leve movimiento de la pértiga, con cada latido del corazón, difiere en algo a tener los pies depositados firmes sobre la tierra. Yo, que conozco las dos realidades, puedo asegurarles que no es tan distinto. La vida es igual de caprichosa e inconsistente en el suelo que allí arriba; en ambos lugares, cada paso -cada cien- es una extraña mezcla de habilidad, causa y azar.

La vida de Juan transcurrió por veredas de suaves pendientes en las que el horizonte siempre aparecía despejado. Hay personas que parecen inmunes a la mala suerte, a las que el éxito les encaja con tal naturalidad que no sorprende verlas triunfar; que se mueven por la vida con seguridad insultante, haciendo realidad todos sus sueños con tan sólo proponérselo. Juan era una de ellas, un auténtico caballo ganador. Me ha contado su vida tantas veces, desde que estamos aquí, que me la sé de carrerilla; estoy seguro de que si volviera a nacer podría seguir todos sus pasos sin miedo a equivocarme ni una sola vez. Porque Juan nunca se equivocó cuando todavía respiraba; tuvo siempre las cosas tan claras, era tan meticuloso, que cada vez que me lo vuelve a narrar -parece incansable-, recuerda con exactitud cada paso dado, cada decisión tomada, cada momento incandescente de su, a todas luces, corta existencia. No he sido capaz, a pesar del tiempo transcurrido, de la cantidad de veces que he oído las mismas frases, de encontrar contradicciones en su relato ni posibles fisuras en la persona que un día fue, dechado de perfección. Recuerda su vida de cabo a rabo, hasta en el más mínimo de los detalles. Quizás sea esa su penitencia.

En cuanto a mí podría decirse que no tuve elección, anduve por el alambre desde antes de tener uso de razón. Lo hacía con tanta naturalidad que cuando pisaba el firme de la tierra me sentía inseguro y quebradizo. Mi hogar eran las alturas, mi mejor amigo el vacío bajo mis pies. No puedo contar mucho más porque mi vida se reducía a entrenar y actuar. Sí les puedo decir que hubiera preferido conocer a Juan en otras circunstancias, presentarme ante él de otro modo, pero, como ya he dicho, el azar a veces se empeña en sorprendernos -a unos más que a otros- en el momento menos oportuno. Si dios hubiera existido -ahora puedo afirmar que no- me habría presentado ante él sólo para decirle que como cabrón jocoso no tenía igual y quién sabe si no le hubiese echado la culpa al diablo.

Quizás se pregunten acerca de mi penitencia. Es la continua monserga de Juan, su lloriqueo constante, este gemido lastimero que me perfora el tímpano, como un zumbido infinito que atraviesa el extraño silencio de esta noche que nos ha tocado compartir. Siempre dándole vueltas a lo mismo -a él y a su vida plagada de éxito-, pensando en lo que debió ser, repasando hasta la extenuación cada paso dado, cada decisión tomada, hacia delante y hacía atrás… buscando con habilidad meticulosa una explicación al azar a través de sus causas. Como si eso fuera posible. También tiene la fea costumbre de recriminarme que yo fui el artífice de todas sus desgracias, el causante de lo imposible. Yo suelo reír amargamente cada vez que lo escucho; soporto mi penitencia entre la culpa y el desamparo.

En realidad su única desgracia fue pasear por aquella calle, el día en que el circo llegó a su ciudad, y detenerse a mirar a una rubia despampanante que atendía a mi actuación, esa en la que anunciaba desde las alturas la feliz noticia de nuestra llegada. Fue el día en el que nuestros destinos quedaron ligados para siempre. Yo observaba a la multitud arracimada expectante bajo mis pies, a cientos de metros por debajo, cuando una gaviota decidió posarse en mi pértiga; sentí el leve cambio de peso e intenté retroceder sobre mis pasos pero ya era demasiado tarde porque acababa de emprender una nueva zancada sobre el alambre y aquel movimiento inacabado, acabó por convertirse en el gesto patético de aquel que sabe a ciencia cierta que acaba de traspasar el umbral de la muerte. Por unos segundos quedamos solos el vacío y yo, mirándonos fijamente por última vez. Tengo que reconocer que no se pareció en nada a como lo había imaginado o soñado: caí desde una altura de veinte pisos y ni tan siquiera pude gritarle a Juan que se apartara, el sonido quedo congelado en mi garganta y a pesar de que puse todo mi empeño en ello -el último de mis empeños- no lo conseguí. Juan se había detenido y se encontraba más pendiente -nunca lo ha reconocido- del culo de aquella hermosa muchacha que gritaba horrorizada mirando mi desplome, que de cualquier otra cosa que pudiera suceder a su alrededor. Si se hubiera molestado en levantar la cabeza, tan sólo unos segundos, yo no les estaría contando a ustedes nada de esto.

Los dos morimos en el acto. Nuestros cuerpos quedaron reventados sobre un charco de sangre durante más de ocho horas, fue una vergüenza. El juez que debía proceder al levantamiento de nuestros cadáveres había prometido a su hijo pequeño que aquella tarde le llevaría a ver a Ángel Cristo y sus leones, que acababan de llegar a la ciudad y que por aquel entonces se encontraban en el cenit de su fama, como aquel otro, ese joven prodigio del piano, medio chino medio austriaco… ¿cómo se llamaba?... ah sí…sí… Wan Helldemann. ¿Lo recuerdas, Juan?