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domingo, 24 de febrero de 2008

Cometas en el cielo

Según transcurren los años, según vas acumulando vivencias te vas dando cuenta de que el currículo de cada uno se plaga de aciertos y errores, de tachones y enmiendas. Cuando me detengo y hago resumen de lo que soy, de lo que hice para ser como soy, siempre me digo que cambiaría tal y cual cosa, que desde la experiencia del de ahora no habría hecho esto o aquello tal y como lo hice. Pero lo cierto es que si no lo hubiera hecho como lo hice no sería yo, el que suscribe este pensamiento, sería otro, probablemente pensando en otras bifurcaciones en las que también me equivoque. Creo que lo importante es que en el resumen salga más en el haber que en el debe. Es completamente imposible ser del todo congruente porque cambiamos acorde a nuestras circunstancias en cada momento, porque cada etapa tiene su forma de actuar. Llegado a la madurez me doy cuenta que el mayor logro de ahora es la estabilidad, el asentamiento de mi carácter y mi propia aceptación. Darme cuenta que lo que he forjado hasta ahora me satisface. Es probable que sea mejorable, pero esto no deja de ser una proyección imposible de constatar porque como ya he dicho nuestro camino es el que es y ya poco o nada podemos hacer para cambiarlo. Los resúmenes siempre sirven, siempre que se hagan con un mínimo de perspectiva y pleno de espíritu crítico, sin temor, sin engaños. Un ejercicio complicado, sin duda.

Yo tuve la suerte de que me echaran de la empresa en la que trabajaba. En aquel momento fue todo un drama, algo que me resultaba inexplicable del todo. Por mucho que puse todo mi empeño en buscar las razones a lo que entonces estimaba una tremenda catástrofe, no acaba de encontrar ninguna. Simplemente era porque buscaba el origen en el lugar equivocado. La razón no la pude ver hasta tiempo después, no se trataba de una razón objetiva e inapelable, no tenía nada que ver con Curriculums ni con errores en mi manera de trabajar, en realidad nada tenía que ver con mi valía como empleado. Yo no lo sabía pero necesitaba aquel periodo, que fue periodo de resumen, de crisis personal, de mirarme al espejo con sinceridad para acabar haciendo las paces conmigo mismo. El azar de las causas soplaba a mi favor sin que yo fuera del todo consciente. Lo que entonces creí catástrofe se torno con el paso del tiempo en la suerte de haber podido disfrutar de ese momento, de haber podido frenar y haber podido reflexionar desde el sosiego que me otorgaba el mar imperturbable. No todo fueron rosas y amaneceres pausados, también lo pase mal, tuve muchas comeduras de tarro, me infravaloré, me denosté, me di por acabado, me pregunté cientos de veces que había hecho yo para merecer todo aquello, en que lugar del camino tomé la senda incorrecta… Es lo que tiene ponerse frente al espejo, es lo que tienen las crisis, que son lucha.

Hace unos días terminé la esplendida novela que da título a esta entrada. Un recorrido circular del protagonista desde la infancia hasta la madurez, un resumen al fin y al cabo en el que Amir se pone frente al espejo y se confiesa. Se juzga con dureza, alberga en su alma herida el peso de la culpa y finalmente, a pesar de todo, retorna al origen, a un Afganistán destrozado por los talibanes, un lugar que es el reflejo de su alma atormentada, para acabar encontrando la paz en forma de agridulce redención. El precio de su viaje queda resumido perfectamente a lo largo de la intensa narración en primera persona. Nada es gratis, lo importante es que cuando nuevamente aparece ante ti esa oportunidad que perdiste seas capaz de reconocerla y actuar como crees que debiste hacerlo cuando te equivocaste, en aquel pasado inamovible.

El objetivo de la madurez es acabar consiguiendo, desde la estabilidad que confiere la experiencia, una mayor coherencia porque eso significará que has aprendido esa lección que es tu pasado.

Les dejo uno de los temas de la banda sonora que ha compuesto Alberto Iglesias para la película que se ha filmado, basada en la novela, y que se estrenará en pocos días en España. Alberto Iglesias también ha sido nominado al oscar por esta composición.



miércoles, 7 de noviembre de 2007

I want to hug you

Les recomiendo el disco en su totalidad.




Al ritmo de un tipo como este, cantando este tema, sólo se me ocurren cosas positivas, es como un exorcista del mal royo. Se me comienza a mover el cuerpo, marcando el compás. Alguien podría llamarlo bailar, pero soy un hombre coherente conmigo mismo y no bailo… yo simplemente, en un alarde de benevolencia, me muevo al compás, y me retrotraigo a un estadio de evolución parecido al de un cavernícola por primera vez ante el fuego. Comienzo a hacer extrañas muecas (al compás) y me siento menos aferrado a la tierra, menos presa de mis tonterías cotidianas y más vencido a las ancestrales.

Ya cada vez me pasa menos y es menos intenso que antes…

****

Hace unos días terminé “Al sur de la frontera, al oeste del sol” de Haruki Murakami, un tipo interesante, me gustó bastante. Una amiga me recomendó comenzar por este por considerarlo mejor que su más famoso “Tokio blues” y como soy tipo manso y de fácil consejo, lo hice. Me sentí bastante reflejado en muchos de sus pasajes; a pesar de ser, la suya y la mía, culturas tan distantes y distintas, resulta que ambos tenemos parecidas comeduras de tarro; imagino que más propias de la opulencia que de la cultura porque cuando tienes que preocuparte por las habichuelas más de la cuenta, no desperdicias pensamiento en cosas superfluas.

El caso es que el protagonista atraviesa desde la adolescencia hasta la temprana madurez, y nos va contando episodios de su vida a un ritmo suave, a tempo de jazz, compás de pensamiento pausado y atento, plagado de matices, rico en diálogos aparentemente insustanciales. El retrato de insatisfacción que hace a través de este lacónico personaje es demoledor. A pesar de tener todas las necesidades ampliamente cubiertas, de que su vida transcurre como un río arremansado, sin grandes sobresaltos, se las arregla para vivir en constante estado de ansiedad fruto de su perpetua insatisfacción. Y, muy a mi pesar, según fueron transcurriendo los hechos de su vida los fui haciendo míos, hasta que los tuve calados… en mi reflejo.

En un momento dado el personaje, inmerso en tremenda crisis existencial, se da cuenta de que ya no siente la música como antes, que ya no le penetra como le penetraba antes, hasta el último poro… y es verdad… a mí me pasa lo mismo… no es que no sienta los periodos de embriaguez, es que cada vez son menos frecuentes. Probablemente porque cada vez llevo más carga y me resulta más complicado desprenderme de su totalidad cada poco tiempo. La satisfacción que me producirá no me merece el esfuerzo… hay que joderse.


viernes, 26 de octubre de 2007

Yo tenía una granja en África


He prayeth well who loveth well both man and bird and beast

Un verso del poeta inglés Coleridge como epitafio sobre la tumba de Denys Finch-Hatton (1887-1931), afamado cazador y mujeriego que vivió en los años en donde el sueño de África lo construía el hombre blanco sobre el sufrimiento de millones de seres vivos, fueran personas o animales, a golpe de colonialismo, caza, esclavitud, ansias de fama y aventura romántica. De hecho el epitafio fue elegido por la que fue su amante, a la que tantas veces recitó el poema completo, la misma que decidió enterrarle en las faldas de las colinas del Ngong, cerca de todo lo que amaron, cerca de la granja en la que se amaron hasta la extenuación, esa misma que se hizo mundialmente famosa a través de las palabras de ella, Karen Blixen, mujer amante y apasionada, esplendida escritora, y que introducen la película “Memorias de África”, basada en la novela homónima que escribió con la vista perdida en el paisaje nevado de su helada Dinamarca, que ya no era suya, en un intento de detener su tiempo sobre los días que pasó en la tierra que más amó, que quiso suya, y a la que ya nunca pudo regresar mas que por medio de su recuerdo plasmado en letra. Lo que sucedió en sus días africanos no hace falta narrarlo porque ya lo hizo ella y es de sobra conocido por todos.

Paseo mi mirada por las estanterías de mi despacho, poso mis ojos en los muchos libros que tantas veces me han hecho compañía, que han llenado el profundo saco que es el alma ávida, como lo estaba la de aquellos exploradores de lo ignoto, amantes prestos a acabar con la virginidad de un continente por descubrir, que fueron poco a poco rellenando los espacios vacíos de un mapa, que rebautizaron con nombres propios todos los accidentes que la naturaleza había cincelado en aquellas tierras que pertenecieron a otros antes, mucho antes de que el primer inglés posara su mirada sobre ellas.

Es África (lo son sus memorias, lo es Karen Blixen) la metáfora perfecta para describir la madurez mal digerida del alma humana, que tiene todo a su favor cuando se crea, cuando todavía virgen aterriza en un mundo desconocido y aún amable; que poco a poco, con sinuosa alevosía, va quedando plagada de las cicatrices de la vida de cada cual, desvirgada día a día, colonizada en su mapa, renombrada en su inocencia, profanada por unas circunstancias que la anulan y la tornan contradictoria.

Y miro esos libros y creo que no todo ha sido sufrimiento para ella, que ha sabido también encontrar su alimento, del mismo modo que África, a pesar del expolio indiscriminado, de haber sido testigo de la aberración humana en toda su extensión, territorio teñido de sangre, de fuego y de ignominia, conserva todo el esplendor de unos paisajes que sólo allí se pueden ver, de un aire que sólo allí se puede respirar, de un enorme sol enrojecido poniéndose tras las colinas del Ngong. Lo mismo que África albergó, en otro tiempo ya remoto, la grandeza de un amor como el que Karen Blixen nos relata con palabras llenas de admiración y ternura por todo aquello que quiso suyo y que, pasados los años, a pesar de no saberlo, consiguió. Porque detuvo su momento y lo convirtió en alimento para mi alma en forma de libro que ahora yace en la estantería de mi despacho. Vuela, vuela, pajarito.

I had a farm in Africa at the foot of the Ngong Hills. The Equator runs across these highlands, a hundred miles to the north, and the farm lay at an altitude of over six thousand feet. In the day-time you felt that you had got high up; near to the sun, but the early mornings and evenings were limpid and restful, and the nights were cold.