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lunes, 12 de mayo de 2008

Capitulo VIII

El día siguiente al segundo encuentro entre Julia y Lucio nevaba sin parar y aquel poblado marginal del extrarradio de Madrid se asemejaba a una tundra de podredumbre. Por entre las veredas de vertidos y chatarra deambulaban yonkis habituales y ocasionales en una extraña romería sin más virgen que la heroína o la santa farlopa. Muchos de ellos habían hecho suya alguna ruina, cualquier cosa que significase mínimo recogimiento, y sin más dilación se inyectaban o fumaban su dosis sin que pareciera importarles demasiado que alguien pudiera reparar en ellos. En realidad nadie lo haría porque a nadie interesaban, cualquiera que tuviera el valor de transitar por allí o se drogaba o vivía de los que se drogaban. Todo quedaba en casa.

Teodoro estaba harto de ese horizonte, su inquieta imaginación dibujo durante años otros paisajes pero hacía algún tiempo que había dejado de imaginar y ya sólo podía pensar en huir. Veía en los yonkis el último eslabón de una cadena demasiado larga, el motor invisible de una economía subterránea y floreciente que alimentaba a fieras suburbiales.

En el centro de operaciones de aquella composición fantasmagórica se arraciman las chabolas formando un núcleo económico que, con los años y la prosperidad del negocio, había ido creciendo y evolucionando, como si de una ciudad paralela se tratase, con sus propias leyes y costumbres, como un parásito inevitable que subsiste mediante una simbiosis perfecta, un equilibrio en el filo de la gran urbe. En todas las casuchas destacan poderosamente las enormes antenas parabólicas y las pesadas rejas cubriendo todos sus posibles accesos. En sus puertas conviven elegantes coches de alta gama con sucios camiones de chatarreros y traperos. El contraste se le antojaba a Teodoro grotesco e insoportable. La nieve caía constante y el tráfico de especias continuaba como cada día, como cada año, como en un enorme mercado en el que la actividad no parece acabar nunca. Ríos de personas encadenadas a su particular rueda de los acontecimientos, que se suceden con total naturalidad, como si todo aquello fuera algo normal.

Tal y como Teodoro supuso, hubo gran chanza entre familia y allegados cuando se enteraron de su percance en el tren. Intentó ocultarlo pero, en cuanto su hermano le presionó un poco, acabó confesando la pifia. Trató, ya nervioso, ya con ese medio tartamudeo que tenía la manía de traicionarle en los momentos más inoportunos, de justificarse diciendo que el olvido de las balas se debió a la falta de costumbre, que él no había matado nunca antes.

-¿Qué fa-fa-fa-fa-alta de co-co-co-costumbre ni que niño muerto?- le increpó con voz enérgica su hermano Miguel entre las risas indisimuladas de todos los primeros espadas de aquel clan vergonzante- ...avé si aprendes a chamuyar como las personas humanas y te dejas de haser el pargo… maricón, que hases que la gente nos mire raro y piensen que tos somos de la misma ralea.

Teodoro no paraba de pensar, apenas escuchaba, se acorazaba en sus pensamientos para no tener que oír otra vez lo mismo… inconexo, absurdo, mediocre: ¿Cómo explicar a semejante animal de bellota nada acerca de la naturaleza humana? ¿Cómo decirle que al único en la tierra al que mataría con gusto es a él, que el resto del mundo nada le había hecho? ¿Cómo hacerle entender que, en realidad, aquel frío día de invierno, meses atrás, en que Lucio atravesó el corazón de su viejo con la bala de un 45, él sólo sintió un reconfortante alivio, ninguna pena? No se sentía culpable por ello porque pensaba que el mundo había ganado mucho más de lo que había perdido con la muerte de su viejo, especialmente el suyo.

Dio media vuelta y encaro la salida mientras oía carcajadas y algunos insultos a su espalda. La voz de Miguel Minuesa se alzó potente entre el murmullo y le atravesó el orgullo, como un último puñal que, por inesperado, si alcanzó su objetivo.

-Sí, nojaté parguela… y si quieres volver por aquí, si quieres el parné no me valen los paripés, sólo dejaré que pases por esa puerta con la chola de ese Lucio en las manos- las voces se mitigaron y animado por la expectación creada se animó con otra de sus gracias–…y, bueno, bizco, que no se sabe si miras pa Cuenca o p’albacete, que no hase farta que traigas la cabesa dil nota, que con qui traigas una prueba de que le has dao mule será suficiente. No se puede pedir más a un calorro como tú… eres una deshonra, padre dibió haberte mandao matar sin darte oportunidad de ná. No vales ni pa tomar por culo.

Escuchó quieto y con la mirada clavada en la puerta, la cabeza ladeada y el oprobio apretando sin compasión dentro de su cráneo, justo a la altura de las sienes. No quiso mirarle más, sentía vergüenza, sólo quería salir de una maldita vez de aquel lugar apestoso para vomitar la rabia y el nervio en la primera esquina que encontrara, fuera ya de la vista de aquella caterva de analfabetos desaseados a los que cada noche deseaba la muerte.

Después de vomitar hasta el alma se quedó sentado en el suelo, sudoroso y con la espalda sobre un muro medio derruido, sollozaba con la cabeza metida entre sus palmas extendidas. Daba la estampa de cualquiera de los cientos de yonkis -paisaje de su infancia- que se podían ver a todas horas, pinchándose desesperados para luego caer, casi de manera instantánea, en el sopor del zombi. Así se sentía él en aquel momento lamentable de su existencia. Quedó quieto sollozando entre nieve sucia, restos de jeringas y papeles de plata abrasados; sintió entonces un fogonazo que fue como salir de su cuerpo para hacerse una fotografía de sí mismo, así como estaba, componiendo aquel cuadro surrealista y patético. Levantó su mirada hacia ninguna parte y notó, como no lo había hecho nunca antes, que la determinación se apoderaba de él y, por unos segundos, cruzo como una ráfaga entre sus pensamientos un boceto del que sería su plan. Entonces una sonrisa acudió dócil hasta sus labios para acabar convirtiéndose en una carcajada, que nadie parecía escuchar pero que a él, le resultó una suerte de liberación instantánea.

lunes, 3 de marzo de 2008

Capitulo VI

Julia recorría arriba y abajo la pequeña estancia que era el salón de su casa. Jugueteaba impaciente entre sus dedos con la tarjeta que aquel inquietante extraño le dio en el tren a modo de despedida, hacía ya unos días. De vez en cuando se detenía y miraba fijamente al teléfono, luego a la tarjeta, labrada cuidadosamente en letras doradas ligeramente ladeadas, luego continuaba caminando apenas unos pasos para retroceder, moviéndose de un lado al otro como un animal enjaulado, sin nada mejor que hacer, sin saber en realidad que hacer; buscaba el valor de la decisión serena que le obligara a descolgar el auricular y marcar los nueve números que la separaban de su deseo, buscaba conciliar deseo y razón y se sabía condenada al fracaso. A pesar de ser una mujer resoluta, las dudas le asaltaban esta vez debido a la proximidad del abismo que era ese sentimiento inasible: Sabía ella, que una vez puesto en marcha en el reloj de los anhelos, sería imposible de apaciguar, que ya no habría marcha atrás, que se vería inevitablemente abocada a la fina cuerda sobre ese frío oscuro que conocía de sobra, por cuyo fondo ya se había arrastrado demasiadas veces. Siempre era lo mismo, conocía a la perfección todo el proceso pero, pensó, eso no era óbice para que lo repitiera, para que una vez más intentará romper el maleficio que le hubo perseguido desde su alumbramiento y que ella siempre quiso catalogar, desde mismo momento en que Epicuro ocupó un espacio de referencia en su vida, como un reto que se podía superar.

Finalmente descolgó el auricular, marco la ristra de números, tomo aire y resopló con la mirada ausente clavada en el techo, sabedora que el deseo y la intriga le habían arrastrado una vez más hasta ese punto en que la razón jamás hubiera querido acceder, pero segura de que aquel era el único modo de saber si su suerte cambiaría realmente algún día.

-¿Lucio?, soy Julia… Julia Sommerset, nos conocimos en el tren hace unos días…

viernes, 4 de enero de 2008

Capitulo V

Teodoro Minuesa fue siempre un muchacho taciturno y huidizo. Alguien nacido en el lugar incorrecto y al que la vida le había pesado demasiado desde el mismo momento en que tuvo conciencia de que el río por el que sus circunstancias transitaban no era en absoluto el que él hubiera deseado, una poderosa familia gitana dedicada al tráfico de drogas en uno de los poblados marginales del extrarradio madrileño. Su padre, que era como un animal de bellota que siquiera sabía leer y que sólo conocía de trapicheos y flamenco, nunca entendió la desmedida afición de Teodoro por lo libros. No entendía que no prestase la debida atención a los negocios de la familia y que se dejara arrebatar el puesto, que como primogénito le correspondía, por un hermano al que nada se parecía y que sin duda sí había captado desde su más tierna infancia que la crueldad es del todo necesaria para abrirse paso en el duro mundo de las chabolas. Su madre murió cuando parió al último de sus hijos, entre gritos ahogados, el humo del tabaco de su marido y la visión de su hijo mayor, inmóvil en la puerta con la mirada aparentemente extraviada tras unas enormes gafas, a pesar de que en realidad la estaba mirando fijamente desde el horror de su infancia.

Fue quizás esa pequeña tara, ese estrabismo galopante escondido tras unas enormes gafas de pasta que escondían su mirada perdida, lo que convirtió a Teodoro en un chico tímido que sólo encontraba refugio en unas lecturas que le llevaban muy lejos de aquel lugar, hasta sitios que estaba seguro nunca llegaría a conocer de no ser por las palabras impresas. Solía perderse en fabulaciones extraordinarias en las que él era un valiente explorador inglés de principios de siglo transitando un África salvaje, descubriendo lugares inhóspitos de incalculable belleza, remontando ríos imposibles como hiciera Marlow en busca de un tan fascinante como oscurecido Kurtz.

El resto de los muchachos de su edad en aquel poblado desolado, huido desde su imaginación, convertido en extensa sabana salteada de bao-baps, encontraban en él el blanco perfecto de sus burlas más crueles. Él no hacía caso, había desarrollado una enorme coraza gracias a su fantasía desmedida y los veía como negros de tribus hostiles que trataban de hacer fracasar su exploración y a los que acababa doblegando con el certero ímpetu de su conocimiento de la estrategia y el arte de la guerra. Su padre no entendía que no se defendiera de los ataques y le reprendía violentamente cuando regresaba a casa; pero el tampoco parecía escuchar sus voces ni sentir sus golpes, que eran los zarpazos de un león devorador de hombres que había realizado una incursión en el campamento de su calida noche africana.

Algunos años más tarde, en aquella noche de invierno incruento, se encontraba en el tren en el que Lucio y Julia se cruzaron sus miradas por primera vez, observaba desde la soledad del pasillo mientras exprimía un pitillo con nerviosismo. El revolver que le había proporcionado su hermano le pesaba en el bolsillo del abrigo y gotas de sudor perlaban su frente. Para poder cobrar el dinero que su hermano le prometió, el suficiente como para poder emprender su viaje soñado en el que recorrería todo el continente Africano, a la antigua usanza, como lo hicieran Stanley o Burton, debía matar a aquel hombre de aspecto seguro y fiero, a Lucio, que charlaba amablemente con alguien a quien no alcazaba a ver con su mirada extraviada enturbiada de humo y frío. Era una más de las macabras bromas de su hermano, siempre retándole, por cobarde e inútil, una forma de evitar darle ese dinero que le correspondía por herencia pero que su padre dejo en depósito con instrucciones de dárselo sólo cuando demostrara que era de su sangre, que era un tío con los cojones bien puestos. Su hermano se había convertido, además del jefe de su clan de animales, en el juez y en la parte que habría de juzgar su hombría, que él estimaba que no era otra cosa que la demostración fehaciente de su deshumanización, el quebrantamiento de los principios básicos a los que se había aferrado desde que tuvo uso de razón para diferenciarse de esa caterva de infames analfabetos que le habían tocado en suerte en la ruleta de la vida y a los que le costaba llamar familia. Su hermano, el más infame de todos, el líder de los infames, se dedicaba a torturarle poniéndole retos que no sería capaz de cumplir porque, según decía, era una señorita de mierda y le faltaban los “cohone”. Pero aquella vez se había propuesto llevarlo a cabo, ir en contra de sus principios más elementales y rebanar una vida con tal de ver cumplido su sueño, de poder dibujar ante sus ojos la realidad de aquello que durante años tan sólo había soñado a través de las palabras de otros, de poder respirar el aire de el negro continente, de plasmar en su retina los amaneceres enrojecidos y de soles enormes del Serengeti. Y poder de una vez por todas poner tierra entre su infame familia de analfabetos y olor pestilente del aquel infesto poblado de chabolas, y él mismo, que también dudaba de si era hijo de su padre y hermano de aquellos engendros que gozaban y reían martirizándolo y humillándolo.

Aquella noche de viento y frío intenso fue incapaz de acometer su fechoría, en el último momento, mientras revisaba el revolver se dio cuenta de que en su nerviosismo irracional, había olvidado cargarlo de balas. Y todo el valor que hubo reunido para poder apretar el gatillo se desinfló en una fracción de segundo y se convirtió en repentino alivio y en la imagen de sus hermanos riendo a mandíbula batiente.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Capitulo IV

Julia no podía desprenderse de esa sensación que se tiene cuando uno nota que lo miran con insistencia. A pesar de ello, a pesar de que notaba como la mirada de aquel extraño penetraba a través de las páginas del libro tras el que se escudaba, que leía sin leer, no levanto su mirada hasta que encontró a Lucio de pie frente a ella,

-Buenas noches. ¿Le importa que me siente aquí?

Julia le miró con una expresión a medio camino entre el escalofrío y la sorpresa
-¿Perdón?

-Disculpe mi osadía, no suelo hacer este tipo de cosas pero la estaba observando y no he podido evitar fijarme en el libro que lee. Es interesante.- Lucio utilizó aquella mentira para que resultase más creíble su particular asalto. Lo que le había impulsado a acercarse hasta ella era su mirada perturbadora, sus ojos casi transparentes que en apenas esas décimas de segundo le habían transmitido tanto dolor como el que él había sufrido e infligido.

-Si, sí lo es- contestó escueta, con cierto nerviosismo y sin demasiada precisión en sus palabras.

-¿Le importa que me siente?

-No, no, adelante- Julia no sabía muy bien como reaccionar ante aquella inesperada situación pero decidió no amedrentarse. Estaba segura, aunque no sabía por qué, que aquel tipo era capaz de oler el miedo a un kilómetro de distancia y no quiso dar muestras de inseguridad.

Lucio se sentó y quedó con su mirada de tiburón fija en las páginas del libro -¿Cree usted que la inmortalidad sólo se alcanza a través de la pervivencia en el recuerdo de los otros, de los que todavía viven?- Terminó la frase con una mirada seca, directa a los ojos de ella.

-No lo sé, quizás nadie lo sepa, el recuerdo es traidor, puede acabar por deformarlo todo.

-Una reflexión interesante. Nunca dejamos de movernos por terrenos subjetivos. En mi trabajo el punto de vista es un elemento fundamental.

Omitió indagar a que se dedicaba a pesar de que aquel tipo había dejado una puerta abierta a la pregunta, o quizás precisamente por ello. Prefirió esquivar los terrenos demasiado personales. No se fiaba de él, había algo en su forma de moverse, de hablar, de mirar que le producía escalofrío. Siempre tuvo un sexto sentido muy agudo y ahora sentía como las sienes le martilleaban con más fuerza que nunca. Continuó con su discurso como si no hubiese oído.
-Se supone que el tiempo es un juez implacable, ¿sabe usted?, pero en realidad es un gran embustero porque todo lo deforma. Nunca podremos saber a ciencia cierta como fueron Mozart o Goethe en su intimidad. Su inmortalidad, como la entiende Kundera, no es más que otra mentira más; si es cierto lo que cuenta en este libro, Goethe era imbécil, midiendo cada acto por no empañar su recuerdo, por mantener su integridad a través del tiempo. Debiera haber sabido que sólo su obra puede alcanzar la inmortalidad porque está indeleble y objetivamente escrita sobre un papel- Julia hablaba con una pasión que a Lucio le parecía casi imposible porque nunca antes la había visto en persona alguna.

-Pero su obra son ellos- Objetó Lucio intentando dar pábulo.

-No necesariamente. Yo prefiero saber lo menos posible de los autores cuya obra admiro precisamente por eso… puede llegar a caerse el mito a poco que se lo propongan. Me he llevado demasiadas decepciones por querer saber demasiado. Son parte de ellos, eso lo concedo
Cayó en la cuenta de que durante demasiado tiempo había guardado las reflexiones para si misma y se sorprendió al sentirse a gusto pudiendo compartirlas con alguien que parecía entender de qué hablaba, a pesar de que todas sus alarmas se habían encendido nada más verlo, o quizás precisamente por ello. Aquello era lo más cerca que había estado nunca de una aventura, como esas que tantas veces soñó a través de las palabras de otros. Lo insólito de la situación le producía una extraña mezcla de sensaciones que no consignaba en el catálogo de su recuerdo, extrañamente excitantes.

Era un recorrido corto, de apenas una hora, el que separaba Mataespesa de la estación de Atocha; el tiempo parecía consumirse a más velocidad de la habitual, comprimía los sentimientos que parecían flotar en el aire, como si un duende los hubiera traído hasta allí y los hubiese soltado para ellos, sólo para ellos y nadie más. Y aquellos dos extraños seguían conversando sobre el libro de Kundera, embebidos ambos, uno de pasión y la otra de aventura descabellada. Ya cerca de Chamartín, Lucio le entregó una de sus tarjetas y la invitó a asistir a alguna de las tertulias que celebraran en su casa. “Lucio Cortés, Anticuario”, rezaba.
-Me encantaría poder continuar con esta conversación, se lo aseguro, pero el trabajo me llama -esbozó una sonrisa ladeada y siniestra- Le ruego que me llame. Mi nombre es Lucio Cortés, para servirla. ¿El suyo?

-Julia…-Dudó si dar su apellido, pero casi se sintió obligada, así que lo inventó- Julia Somerset
De repente se vio mintiendo, poniéndose a si misma un apellido novelesco que quizás pudiera darle más enjundia y misterio a los ojos de aquel personaje que parecía sacado de una novela negra y que ahora veía alejarse con paso decidido por el pasillo de aquel tren de cercanías, enfundado en su largo abrigo y ajustándose los guantes de piel con gesto de matón de película. Estaba segura de que le llamaría.

****

Unos vagones más allá alguien pudo oír, según declaró poco después a la policía, algunos ruegos murmurados, un par de zumbidos como de insecto, el seco crujir de un cuerpo contra el suelo y una sombra deslizándose por entre la oscuridad de un andén desierto.

Julia caminaba entonces camino de una oficina en la castellana, embriagada de aventura, con una tarjeta entre sus manos y una sonrisa colonizando todo su rostro, a pesar de que el frío luchaba por ser el único protagonista de aquella madrugada invernal.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Capitulo III

Era delgada y liviana, casi etérea, nadie podía imaginar que tras aquel cuerpo se escondían tanta determinación y arrojo. Sus ojos verdes, casi transparentes, heredados de una madre que no llegó nunca a conocer, escondían el secreto y desvelaban el arcano a todo aquel que se detuviera a mirarlos. Escondían fuego en su interior, esperanza del que sabe que nada está escrito y que la suerte la labra uno a cada paso, sin más concesiones que las que uno quiera darse a sí mismo. Era escueta, escueta y firme como un poema redondo, como un verso perfecto que vuela en el aire y es recogido por una musa que, traviesa y caprichosa, lo acerca sólo al que ella ha elegido. Pocos se fijaban en ella porque pocos eran los que tenían la capacidad para apreciar en ella a una de esas mujeres que, a poco que se lo propongan, son capaces de cambiar toda una vida. Ni siquiera era ella conocedora de ese poder porque se movía en un mundo tan vaporoso, tan inasible, que nunca ningún hombre tuvo la oportunidad de llegar a tocarlo, siquiera intuirlo; nadie encontró nunca el camino que recorría desde sus ojos hasta la comprensión de su alma plagada de profundas cicatrices.

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Se llamaba Julia, era una mujer de carácter resoluto a la que la vida, en el inexorable avance de sus apenas treinta años, había pegado más patadas de la cuenta; la había cogido, como cuando un toro embiste furioso y la había volteado como a un pelele invertebrado; sola, arropada en un cuerpo frágil y un carácter irreductible, expuesta a los arreones y a las cornadas del destino inexplicable que no estaba escrito, que no podía estar escrito, había transitado su existencia sin apenas quejas, siempre con la mirada fija en el horizonte sin otra preocupación que la de sobrevivir. No parecían importarle las cicatrices que adornaban su alma, profundas brechas que habrían devorado al más común de los mortales pero no a ella, implacable con el destino, inasequible a la desesperación o la autocompasión, soñando cada día en la mañana en que se levantara y la tormenta hubiese amainado; que apareciera ante si un mar en calma donde poder por fin ser ella quien manejara el timón de su barco y no estar sometida a las arbitrariedades de un océano de aguas embravecidas que no concedían tregua.

Aquella madrugada de frío intenso, de viento helado que corta hasta el alma, había cogido el tren, igual que cada noche durante los últimos tres años, en dirección a su trabajo como limpiadora en varias oficinas. Viajaba siempre, en el primer tren que salía de Cercedilla, a horas sólo aptas para insomnes, desesperados o gente de mal vivir; no le quedaba más remedio porque tenía que recorrer cinco despachos situados en diferentes lugares de la extensa geografía de Madrid y debían estar arreglados antes de las nueve de la mañana. Su jefe, ese viejo verde que se insinuaba y la magreaba vulgarmente cada vez que la veía, no permitía quejas de los clientes y, a pesar de pagar una auténtica miseria, exigía siempre bajo la amenaza del despido fulminante, un trabajo bien hecho. No había bajas, ni días libres, ni posibilidad alguna de elevar una protesta. Se consideraba, Julia, una esclava moderna, que cotiza y vota, pero poco más; ostentaba los grandes derechos de un ciudadano del democrático siglo XX pero carecía de las más mínimas garantías de subsistencia, ataba como estaba a un empleo precario y las deudas que hubo heredado y que el banco exigía imperturbable cada principio de mes.

A pesar de que desde bien joven sólo pudo encontrar empleo en trabajos embrutecedores, de que apenas tuvo posibilidad de aprender a leer y a escribir, aprovechó las largas horas del día que pasaba en el transporte público, y se convirtió en una lectora voraz. Comenzó con novelas tontas, que nada tenían que ver con la realidad que ella veía cada día, y poco a poco comenzó a leer casi de todo: desde los clásicos, poesía hasta filosofía pura, lo que más le gustaba. Sentía debilidad por Epicuro, hijo de pobres, hecho a sí mismo, dueño de una filosofía vital que la envolvía y la esperanzaba, que creía en la felicidad. Se repetía constantemente esa cita que memorizó nada más leerla por primera vez: "La necesidad es un mal, pero no hay necesidad alguna de vivir con necesidad". Odiaba, por el contrario, a Schopenhauer, no soportaba, a pesar del perfecto razonamiento sin apenas fisuras que lo sustentaba, no tener control sobre sus actos, carecer de voluntad propia, estar determinada y perpetuada en una vida porque las causas y los azares así lo había decidido. No soportaba que nadie la dijera que tenía que resignarse a su destino. En las tardes más amargas de irredenta soledad, se aferraba a Pessoa, se dejaba arrastrar por su sentimiento expresado en poemas irrepetibles como quien se agarra a un alma gemela; cogía su mano y recorría las calles de una Lisboa que nunca había visitado pero que conocía hasta en el último de sus rincones a través de las palabras de otros, como casi todo lo que conocía. Dibujaba en su imaginación el día en que partiría en un tren nocturno camino de su ciudad soñada, que recorrería sola y melancólica sus estrechas y decadentes calles para llegar hasta la orilla del río a sentarse y recitar suave, como la brisa de una mañana de primavera, “Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río”.

Con el paso del tiempo y debido a la recurrencia en sus visitas acabo por hacer buenas migas con el bibliotecario de Cercedilla, un viejo de carácter amable y paternal, profesor de filosofía retirado, que la tomó bajo su protección y se encomendó la tarea de cultivar aquella alma que estimó ávida y pulcra. Le recomendaba las mejores lecturas, le explicaba las palabras y conceptos que a ella se le escapaban, le dirigía por un camino de crecimiento personal, fascinado como estaba por su facilidad para aprender y por el interés desmedido que ofrecía a cada explicación a cada palabra pronunciada para ella. Bajo su auspicio de profesor vocacional, le animó a estudiar y obtener el graduado escolar y así poder aspirar a algún trabajo administrativo o poder optar a alguna oposición. Lo consiguió en apenas dos años pero no le sirvió demasiado, no pareció importar a nadie excepto a ella misma y a ese orgulloso maestro improvisado que veía en ella un talento tristemente desperdiciado pero que no perdía la esperanza y que seguía animándola y dándole todo su afecto.

Aquella madrugada de febrero leía algo de Kundera cuando levantó la mirada del libro y vio como aquel tipo elegantemente enfundado en un largo abrigo se quitaba los guantes farfullando y se sentaba al otro lado del vagón vacío antes de clavar sus profundos ojos negros en los suyos. Ninguno lo sabía, porque ninguno creía en destinos ni en casualidades, pero en aquella madrugada, después de que la mirada de Julio Cortés se cruzara con la suya, sus vidas habían quedado inexorablemente entrelazadas, por siempre, o quizás no tanto.

martes, 20 de noviembre de 2007

Capitulo II

No era Lucio un tipo de gustos bastos ni gustaba de estridencias, muy al contrario era persona de refinamiento exquisito y a la vez que fue creciendo en su profesión de asesino, también fue cultivando su espíritu, si es que se pudiera decir que alguien como él puede tener alma. Admiraba, por encima de todos, como no, a Nietzche aunque si he de ser riguroso en mi relato tengo que decir que leía todo tipo de literatura: filosofía, novela, ensayo, divulgación científica, todo lo que cayera en sus manos; dedicaba muchas horas a estudiar una de sus pasiones, el arte románico, por el que sentía auténtica debilidad, especialmente por el leonés y palentino; se convirtió en algo más que un pequeño coleccionista y acudía a todas las subastas en las que se pusiera en juego algo que pudiera ser de su interés. Llegó a pagar auténticas fortunas por piezas insólitas y de indudable valor para alguien, que como él, supiera apreciarlas. Acudía con regularidad a exposiciones, conferencias, representaciones teatrales y era, sobre todo, un asiduo a varias tertulias de buena enjundia en la que las consiguió labrar un apreciable círculo de amistades, muy alejado de su entorno de trabajo habitual; gente que nada sabían de sus auténticas artes. Había conseguido crear una fachada casi perfecta, una doble vida imprevisible: se presentaba como un heredero sin oficio, refinado y aristocrático, del que nadie indagaba, más allá de las típicas preguntas de conveniencia, por la procedencia de su dinero ni por sus orígenes porque, en determinados ambientes, como pudo darse cuenta al poco de transitarlos, son cosas que se dan por supuestas.

Una vez alguien quiso meter sus narices más allá de lo que él estimó prudente; un adinerado marchante de arte de carácter rencoroso que no pudo soportar que su mujer le pusiera los cuernos, y que un día, medio enloquecida, confesara a gritos en el rellano de la escalera su infidelidad, ante todo un atónito vecindario, mientras expresaba a voz en cuello sobre lo que ella consideraba o dejaba de considerar un hombre de verdad. Encargó que siguieran a Lucio para sacar algún que otro trapo sucio y realizó algunas pesquisas por su cuenta, sin demasiado éxito. Pero eso no pareció importar demasiado a Lucio y el rencoroso cornudo apareció en su domicilio de la calle Fuencarral con un disparo de Beretta alojado en el cráneo y una convincente nota de suicidio escrita de su puño y letra en la que legaba todas sus posesiones a esa viuda desconsolada que, sin saberlo, había sido el motivo real de su repentina defunción. Pocos días antes había aparecido el cadáver de un afamado inspector privado, que dejó de reportar noticias de manera repentina una tarde de abril, despeñado en el fondo de una cantera, cerca de Alpedrete. Nunca nadie supo que es lo que le había llevado hasta aquel inhóspito paraje ni en que andaba metido, así que cerraron el caso como un mero tropezón, un mal paso en el sitio inadecuado, sin saber que, en el fondo, esto era rigurosamente cierto, pues entró en terrenos que nunca debió haber transitado y encontró la muerte de manera casi accidental.

Además de vicios caros los tenía, como ya he apuntado, extremadamente extravagantes. Entre las mujeres tenia fama de ser gran amante, un potro salvaje al que gustaba ejercer dominio y dolor, siempre medido, siempre el justo para que las mujeres a las que montaba sintieran el placer indigno y sucio que nunca antes habían probado entre las finas sabanas de seda de sus lechos conyugales; mujeres podridas de dinero que buscaban un poco de aventura fuera de la monotonía del matrimonio y que sentían gran excitación al ver como un hombre de verdad les ponían en un lugar en el que nunca antes habían estado, un paradero donde el delirio era el leitmotiv . Se consumían de placer con esposas de cuero frunciendo sus muñecas, con bozales tapando sus bocas, se desencajaban cuando las insultaba groseramente y las hacía sentir, con una fusta trenzada de equitación, la humillación que sienten las furcias con sus clientes más obscenos. Todo era un juego para él, un tablero en el que se sabía desenvolver a la perfección, un teatro dentro del decorado que había creado en su habitación. Las conducía al paroxismo sobre una enorme cama de época restaurada situada frente a un altar que alojaba una auténtica virgen cisterciense del siglo XII que había adquirido ilegalmente al afamado Eric el belga cuando este aún se dedicaba al trapicheo indiscriminado de obras de arte. Su habitación, su lugar de recreo, era el extravagante templo que a él y a ellas, a todas, les conducía hasta el delirio de lo extremo. Le encantaba esnifar largas rayas de coca sobre una reproducción de la majestuosa tabla pintada de Juan de Flandes “La Adoración de los Reyes” apoyada sobre una mujer amordazada y acuclillada que adoptaba forma de mesa de decoración. Una más de sus excentricidades que parecían volver locas a esas mujeres, siempre casadas, las que mayor placer le producían, maduras con buena posición social, dispuestas a ser vejadas frente a imágenes religiosas, a ver como todo su mundo cambiaba radicalmente en el momento en el que entraban en aquella habitación, en aquel templo de salvaje irreverencia. Cuando salían de allí, todavía con la excitación temblando en sienes y muslos, volvía a tratarlas con exquisita galantería, como si nada de todo aquello hubiera pasado aunque se trataba, como todo en él, de una fachada ya que en el intimidad sentía un profundo desprecio por todas aquellas rameras desdichadas capaces de convertirse en meros objetos de humillación sólo porque deseaban, siempre deseaban, introducir algo de novedad en sus aburridas existencias.

En realidad a las únicas mujeres a las que guardaba algún respeto era a las auténticas putas, como lo fue su madre, que en paz descanse. Su padre, un chulo de mierda que no hacía más que drogarse y dar palizas a todos los componentes de su pequeña familia, murió asesinado de varias puñaladas a la salida de un bar infesto mientras meaba en la esquina de un callejón. La policía llegó a barajar a Lucio como un posible candidato pero lo descartaron casi de inmediato por tener tan sólo trece años y no ser excesivamente corpulento. No contaban con que aquel chaval de granos en la cara y un bozo preadolescente cubriéndole el rostro era capaz de cualquier cosa cuando la furia asesina se apoderaba de él.

En otra ocasión, cuando todavía no sabía controlar adecuadamente sus impulsos, asestó a un infeliz yonki, cuya única culpa fue deber más dinero del permitido a la gente inapropiada, más de setenta puñaladas, que son las que llegó a contar el forense antes de cansarse y emitir su informe. Pero poco a poco fue aprendiendo a controlar su furia y fue sofisticando sus sistemas homicidas, introduciendo en todas sus acciones criminales, el terror, buenas dosis de sadismo y algunos elementos de psicología bárbara. Tenía la costumbre de analizar con cautela a sus víctimas días antes de asesinarlas; obtenía datos que le permitieran un conocimiento de posibles puntos débiles en los que luego hurgar impune; siempre había mostrado un interés desmedido por todo lo referente a la resistencia humana, los límites, los extremos, las fronteras. Quería saber hasta dónde era capaz de llegar una persona cuando se la presiona en sus miedos e inseguridades, cuando se le pone ante la muerte inevitable y luego se le hace entrever una pequeña rendija de salvación. Era, en toda regla, un estudio de campo realizado con seres humanos aunque él no los considerara como tales. Se dedicaba, tras cada acción, a consignar en un pequeño cuaderno de notas todas las impresiones y luego contrastaba los datos con los de anteriores asesinatos. Aguardaba paciente el momento de poder volcar sus conclusiones en un libro, al que ya daba forma en su perversa mente criminal y soñaba con que sería un indudable éxito de ventas por el inevitable morbo que despertaría el saber que estaba basado en hechos reales. Pensaba titularlo, “Memorias de un asesino sin escrúpulos” y subtitularlo “De cómo el ser humano es capaz de arrastrase hasta lo más profundo”.

Una vez enfrentó a dos hermanos y consiguió que se mataran ellos mismos; los encerró en una habitación completamente opaca, desnudos y sin alimentos, a la luz de potentes focos. Los observó durante días, vio como se consumían en el delirio y como las notas que les iba pasando hacían más y más mella en su creciente paranoia hasta que no pudieron más y se enzarzaron en una cruel lucha cuerpo a cuerpo de la que sólo uno salió victorioso. Le ofreció al más fuerte una pistola con una sola bala y cerró la puerta tras de él. Al poco pudo escuchar los sollozos desconsolados de culpa y locura… y después la detonación seca. Esta ocasión le resulto especialmente gratificante porque corroboraba de manera contundente su teoría primordial de que el hombre sometido a circunstancias excepcionalmente duras tiende a la regresión, involuciona y acaba siendo presa únicamente de sus instintos más primarios, retorna al ser animal del que proviene, por muy evolucionado que, como ser humano, como homo sapiens, crea encontrarse. Además la policía pasó meses intentando encontrar algún sentido a todo aquello y al final no les quedó más remedio que cerrar el caso sin una explicación convincente. Esto era lo que más le gustaba, enloquecer a los policías, mofarse en su jeta, ver como se rompían el coco y como trabajaban de sol a sol, jodiendo sus familias y sus vidas por cuatro duros de mierda; y él tan campante, como cuando asesinó a su padre mientras meaba en la esquina de un sucio callejón, mirando fijo al policía que le interrogaba y simulando sorpresa ante cada pregunta formulada. Nunca más desde entonces volvió a pisar una comisaría.

Así era Lucio, no puedo describirlo de otra manera porque no hay otra manera posible de describirle. Pocos matices se pueden introducir en la narración de los hechos que preceden a la historia que en realidad quiero contarles y que comienza con nuestro protagonista en el andén de una estación inhóspita y vacía, aterido de frío bajo un cartel inconsolable, en una madrugada gélida como lo es la de cualquier Febrero en la sierra de Madrid.

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lunes, 19 de noviembre de 2007

Capitulo I

En su rostro sereno, muy poco poblado de expresiones, tan sólo destacaban unos ojos negros y profundos como los de un tiburón, espejo que era el perfecto resumen de su rabia, de su ira acumulada durante años de dar muerte; había aprendido a contener los músculos de su cara al mismo tiempo que comenzó a saber hacerlo con sus impulsos naturales, pero sus ojos seguían delatando fiereza y con tan sólo una mirada era capaz de paralizar a una persona de nervios templados, era capaz de transmitir que él no jugaba ni advertía, como el perro que no ladra ni mueve la cola pero que sabes que te arrancará una mano si intentas acariciarlo.

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El viento de aquel febrero soplaba fuerte en la gélida madrugada de la sierra madrileña. Agitaba irreverente el pequeño cartel en el que a duras penas podía leerse Mataespesa; y lo balanceaba siempre apunto de sacarlo del gozne cruel que lo había fijado al mismo poste durante décadas, siempre jugando a maltratar su endeble fisonomía de cartel informativo, sin liberarlo, sin dejar que fuera jubilado en un arrastre final, libre y definitivo, como la hoja seca en el otoño.

A Lucio Cortés poco le importaba aquel insignificante cartel que se agitaba sobre su cabeza. Su figura se erguía solitaria y desencajada en el andén, como lo estaba la noche, aterido de frío, con el pensamiento perdido en la cama caliente que tuvo que abandonar cuando sonó el teléfono en medio de la noche de aquel hotel de carretera al que había acudido a esperar. Y esperó como mejor supo ese momento en el que el teléfono rompió el silencio cortante de la noche invernal en la sierra de Madrid. Una voz ambigua, como casi siempre, sonó al otro lado: “Ya es la hora, el próximo tren es el tuyo”. Colgó sin decir nada, pagó generosamente a la puta que todavía dormitaba la borrachera y enfiló camino de aquella maldita estación en la que el frío parecía haberse tornado perpetuo y en la que el cartel informativo encima de su cabeza no paraba de chirriar, al son de un viento cabrón, como en un quejido de anciano desconsolado que quiere morir y no puede. Pensó en atravesarlo con dos tiros y terminar para siempre con su agonía pero hacía demasiado frío.

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Nunca tuvo Lucio un buen carácter, siempre fue cruel, desalmado como decía su madre, y en su barrio de la periferia madrileña, cercano a poblados de gitanos trapicheros de chabola y mercedes, se crió desde bien joven la fama de violento hijo de puta al que no convenía buscarle las cosquillas con demasiado ahínco. Aquellos gitanos supieron apreciar de inmediato sus cualidades innatas y prefirieron tener al payo de su lado mejor que en contra; además, desde el punto de vista de los negocios, no había nada mejor y más útil que tener cerca a un personaje sin escrúpulos como Lucio, capaz de asesinar sin pestañear, sin ruegos ni preguntas, pim, pam, pum, ya está, la pasta. No tardó demasiado en hacerse un hueco en aquel mundillo subterráneo y en convertirse en asalariado ocasional de prácticamente todas las familias que habitaban los diferentes poblados. Daba lo mismo que hubiera que dar una paliza a alguno porque se retrasara en los pagos, que hubiera que quemar la chabola de algún infeliz o que alguien decidiera que había que liquidar a alguien, Lucio siempre aceptaba gustoso, por desagradable o complicado que fuera; y poco a poco todo aquello acabó por convertirse en el mejor modo de vida posible pero… quería más, anhelaba el día en que pudiera decir adiós definitivamente a su odiado barrio, ese lugar que le traía constantemente al recuerdo lo que era y no quería volver a ser, nunca más.

El haber acabado convirtiéndose en eficiente asesino a sueldo significaba poder costearse sus cada vez más caros y extravagantes vicios, su Aston Martin de colección o el ático con vistas al Retiro; le daba posibilidad de vestir ropa cara, comprar respeto, disfrazarse de algo que no era y frecuentar los restaurantes y locales de copas más en boga, comenzar a codearse, en definitiva, con un mundo para el que se había estado preparando desde años atrás y en el que aprendió a desenvolverse con inusitada rapidez. Fue su habilidad para desenvolverse en ambientes más o menos selectos y una fama en forma de pasado legendario, bien cultivada por él mismo hasta en el más mínimo de los detalles y las mentiras, lo que le permitió dar el salto de las chabolas a las mansiones, a los lofts en Alfonso XII y a los amplios despachos de poderosas vistas y cuidada decoración en la Castellana. A partir de ese momento, su cartera de clientes comenzó paulatinamente a engrosar y la agenda de su teléfono móvil se llenó de nombres de mafiosos, altos ejecutivos, corporaciones multimillonarias y políticos corruptos. Todos tenían su mierda para limpiar, todos necesitaban a alguien como él, que se manchase las manos por ellos, con total discreción. Pagaban con generosamente y sin regatear, extendían flamantes cheques llenos de ceros con total naturalidad. Resultaron ser, sin lugar a dudas, mucho más rentables e interesantes que aquellos gitanos que se conformaban con un mercedes y una antena parabólica encima de una chabola de mierda. Y él observaba, escuchaba, mataba, aprendía y callaba.

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