sábado, 30 de agosto de 2008

Hojas en blanco (simultaneo)

No sé si fue antes o después de que yo tuviera conciencia de que la juventud hacía tiempo de que me había abandonado y que ya había entrado de pleno en esa edad indefinida que transcurre lentamente y en la que pocas cosas tienen ya la capacidad de producir sorpresa. Lo que sí tengo claro es que había pasado con amplitud de los cuarenta y, ahora que lo pienso con más detenimiento, es posible que todavía tuviera cierta conciencia de juventud, como si una parte de mí se negara a admitir que la madurez me había atrapado sin temblar. Como en esa canción de Bob Seger, Agaisnt the wind, que retrata con nostalgia como tuvo y perdió… porque por mucho que nos empeñemos en ir contra el viento todos perdemos con los años. Queremos escudarnos en la experiencia y en las vivencias acumuladas, que quizás parezcan lo mismo pero que no lo son en absoluto. Pero esas vivencias, que uno puede convertir en experiencias mediante la reflexión, ya están vividas, ya están quemadas… páginas desvirgadas, tachadas y reescritas, plagadas de enmiendas y notas al costado. Desde el momento en que la vida escribió sobre ellas ya nunca serán lo mismo.

El amor era para mí un folio demasiado escrito y se me antojaba imposible pensar que alguien pudiera encontrar nuevos espacios en él. Podía fingir, cuando conocía a alguna mujer, que todo aquello me sorprendía, que sentía la pasión, podía engañarme y engañarla durante unos meses -nunca más de tres o cuatro- pero al final el hastío de lo ya vivido, de lo mil veces repetido copaba mi pensamiento y todo acababa por derrumbarse sin remisión. Se trataba de ver cuando llegaría ese momento porque, aunque viviera las situaciones como nuevas, íntimamente sabía que aquello no era más que una impostura. La vida no es más que una repetición de ciclos, una falsa renovación de momentos y de nosotros depende saber si queremos engañarnos o no.

Pero yo no había vivido –ahora, sí, ahora lo sé- el desamor… esa página estaba en blanco, impoluta e inaccesible. No lo estaba para aquellas que en algún punto de su vida compartieron conmigo la levedad de lo efímero, que lo sufrieron como me tocó a mí luego. Por eso me resultaba imposible llegar a comprender que veían de extraño en el final de nuestras historias, que yo estimaba inevitable, como lo es la muerte, como lo es el desamparo.

Paula entró en mi vida, como la madurez, con sigilo, y cuando me quise dar cuenta mis cimientos ya estaban devorados. Era mucho más joven que yo, con miles de páginas de su libro aún por escribir, con mil sufrimientos y alegrías por vivir e infligir. Caminaba por el mundo como si nada de todo aquello que la rodeaba fuera con ella. Era liviana pero su aspecto sólo podía conducir a engaños pues bajo ese cuerpo de apariencia frágil, tras esos ojos claros como un día de verano, había una férrea determinación que yo -incauto de mí- interpreté como inexperiencia.

Maldita fue la hora en que mi página del desamor fue escrita porque, aunque a muchos pudiera parecer que es la única manera de conocer que es el amor realmente, para mí sólo significó que el mundo que redacté nunca fue, que todo lo escrito en mi libro era equivocado, un garabato sin sentido ni razón, ni siquiera corazón.

Esa página en blanco, esa que me salté o que nadie supo emborronar hasta que ella se coló por la puerta de atrás, fue rayada demasiado tarde, cuando ya apenas quedaba tiempo para nada… demasiado tarde.

Maldita Paula… te quiero.

Este post está escrito en consonancia o concorcondancia o simultaneamente con otro que ha escrito LaLuz en su blog (dentro de la iniciativa Simultaneos a la que inevitablemente me prendí)








martes, 19 de agosto de 2008

Ciclos

Llega el momento de poner el cuenta kilómetros a cero, otra vez. Llega el momento de reponer el orden en mi existencia convulsa. El último tramo de carretera ha sido una locura, a bordo de mi bólido, corriendo como un kamikaze, desbocado y sin control... todo aparecía difuminado a mi alrededor... no existía claridad más allá del momento preciso.

Lucecitas de emergencia parpadean en la distancia. No son más que yo mismo que me alarmo de mi mismo. La ruptura de la rutina implacable, aceptada con agrado hace apenas un par de meses, es, otra vez, mi propia trampa... porque al fin, cuando ya he gastado los cartuchos, cuando ya he quemado toda la gasolina, me doy cuenta de que necesito la rutina, que no es otra cosa que orden... porque no sé volar sólo y en libertad... porque cuando la tengo no la sé utilizar como debiera... pero ¿quién sabe?... yo al menos lo intento... de vez en cuando...



Estaba solo y en caída libre, haciéndolo lo mejor posible para no olvidar
¿Qué nos pasa, qué me pasa, que pasa cuando dejo que se deslice?

Me confunden los poderes y olvido nombres y caras.
Los viandantes me miran como si pudieran borrarlos.

Cariño, ¿olvidaste tomarte tus medicinas?

Estaba sólo, paseando por el alfeizar, haciéndolo lo mejor posible para no olvidar
Toda esa diversión, todo ese regocijo y nuestra heroica promesa.

¿Cómo esto nos puede pasar a nosotros, me puede pasar a mí?
Y las consecuencias

Confundido por los árboles y las abejas, olvidando si lo comprendo

Cariño, ¿olvidaste tomarte tus medicinas?

Y el sexo, y las drogas y las complicaciones

Cariño, ¿olvidaste tomarte tus medicinas?

Estaba solo y en caída libre, haciéndolo lo mejor posible para no olvidar



jueves, 31 de julio de 2008

La soledad...

…soy un líder, un político, un caudillo, un guerrero: camino sobre la tenue línea que separa la locura de la cordura, pues ya no queda nadie con quien pueda compartir mi pesada carga, todo un imperio... ya no alcanzo a distinguir los amigos de los enemigos… hace tiempo que aprendí que todo tiene una causa... y que esta, raramente es noble, siquiera en los niños... cada vez son menos las personas en quien puedo confiar... en nadie ciegamente, eso es seguro... es lo más duro de sobrellevar... no la gloria, ni la segura posteridad... no la responsabilidad de las decisiones que atañen a todo un imperio...

…suenan frescas las palabras de Marco Tulio, sobremesa de una guerra: lo más complicado ahora será luchar, cada día, contra esta caterva de parásitos e inútiles que se arraciman a tu alrededor, esperando una ocasión, un tropiezo, una duda… deberás aprender a distinguir cual de ellos amasará la suficiente ambición como para intentar usurpar tu poder... haz en la política como en tus guerras: divide y conquista y ellos mismos se delatarán… luego aplasta al traidor sin levantar demasiado polvo… trata que acepte el noble gesto del suicidio... o un lejano destierro, si su muerte pudiera ser demasiado dolorosa para el pueblo o para ti... y, si no queda otro remedio, emplea la violencia contra el traidor y su familia, sin contemplaciones, arrasa sus campos y masacra su estirpe...

…me vienen al recuerdo la imagen de Vercingétorix: derrotado, deponiendo sus armas tras el asedio de Alesia... echo de menos ese olor, dulce mezcla de sudor, sangre y campos quemados... el aroma de la victoria... el placer de un enemigo postrado al que arrastraré hasta mi casa, como un trofeo, para que todo el mundo contemple el castigo de quien ose retarme, de quien ose retar a Roma...

…Roma que ruge: los cascos de mi corcel de guerra resuenan sobre el cuidado pavimento y el populacho me aclama enfervorizado... brillantes las armaduras y los correajes, relucientes los estandartes de mis legiones, que desfilan victoriosas... Vercingétorix, semidesnudo a mi grupa, con un collar y una soga que lo ata a mi montura, anda exhausto y desencajado, soporta la humillación de todo un pueblo... poder en estado puro… la plebe, patricios, senadores, magistrados, pretores y ediles que se encorvan sumisos ante lo que represento... el triunfo de Roma, que aplasta y conquista...

…en las campañas no hay matices: sabes quien es el enemigo, a quien debes masacrar... y lo haces sin dudar, hasta que el último de ellos haya caído, sin rehenes ni tribunales... pero aquí en Roma, todo es turbio e indefinido... las palabras son espadas y las conspiraciones, batallas cotidianas... los amigos, enemigos y los parientes, sanguijuelas ávidas de mi sangre... en apariencia todos quieren darme satisfacción pero a la más mínima ocasión cualquiera de ellos no dudaría en darme el golpe de gracia, si eso le permitiera medrar o enriquecerse aún más...

…siento que me fallan las fuerzas: no soy capaz de pensar con claridad… es como si me hubiera quedado atrapado en mi propia tela, esa que tejí para enredar a los parásitos que me rondan, que beben de mi poder... todos son y ninguno es... todos me complacen y todos traman a mis espaldas... me resulta tan complicado discernir...

… y ahora me convocan al Foro… quieren que devuelva el poder al senado… ¿Por qué habría de hacerlo?... ¿por qué, si el ejercito está de mi lado, si el poder es todo mío?...

miércoles, 30 de julio de 2008

Dessestressándo-me





Impresionante tema de los Pixies, interpretado estupendamente por el propio Frank Black (ex-lider de Pixies) y Placebo, durante un concierto en París de estos últimos. Se la recomiendo con fervor, porque por mucho que la escuche... sólo me transmite buen rollo.

miércoles, 23 de julio de 2008

Espuma y cenizas

La foto

La espuma de los días, de los meses e, incluso, la de los cientos de años, siempre igual, se deshace al pie del acantilado, con cada chasquido de ola sobre su lomo. A esta distancia, que se me antoja kilométrica, puedo ver los jirones de blanca espuma deshaciéndose, perpetuos. Es como si lo llevaran intentando durante siglos, sin conseguirlo. Una lucha de desgaste milenaria.

Desvío la vista del fondo del precipicio y me centro en Teresa. Sonríe para si mientras me mira; debe llevar un rato observando como pierdo mis pensamientos frente al mar, siempre me pasa igual. Sostiene entre sus brazos a Sara, que todavía no ha cumplido un año y ya clava la mirada como lo haría un adulto. Les saco unas fotos mientras bromeo, tratando de arrancar una sonrisa para mí.

No me di cuenta en ese momento pero había conseguido atrapar con mi cámara un momento certero de felicidad; casi nunca nos damos cuenta mientras nos sucede. Fue después, cuando revelé las fotos que hice aquel día de sol inclemente en el cabo de San Antonio. La mirada de Sara emergió desde fondo de la cubeta, como la de su madre, directa al objetivo, entornada por el sol, reflejando nítido el hilo de la inteligencia. Al fondo el faro y un trozo de mar azul, oscuro, jalonado de pequeñas olas que llegan ufanas al final de su viaje: jirones de blanca espuma.

Jirones de blanca espuma

La carretera se encarama, estrecha y sinuosa, a lomos del cabo. Sara, a mi lado, pierde sus pensamientos a través de la ventanilla; su mirada se mantiene fija en el horizonte y en los pedazos de mar que aparecen y desaparecen tras cada curva. Creí que se pasaría el viaje llorando, pero ha conseguido contenerse. Apenas ha hablado y yo tampoco he querido perturbar sus pensamientos. Es algo que debemos hacer, los dos lo sabemos, no hay mucho más que hablar. Ambos lo decidimos, desolados, el día que murió Teresa.

Sopla poniente y el pelo de Sara se enmaraña rabioso hacia el mar. Permanece erguida frente a una pequeña valla de madera que la separa de ese vacío cortado a pico que es el acantilado, sobre el que se posa el faro de San Antonio. Con la urna entre sus manos, pierde el pensamiento en la misma espuma en que yo lo hacía, siempre que veníamos aquí, casi cada verano, antes de la enfermedad de Teresa. Sara es idéntica a ella. Me mira y me sorprende en una sonrisa pausada. Ahora, a sus quince años, aún no parece comprender el por qué de mi gesto, pero estoy seguro que lo hará, tarde o temprano, no hará falta explicárselo, es inteligente.

Las cenizas de Teresa vuelan arrastradas por el viento hacia un horizonte discontinuo;.Quiero creer que van en busca de todos los pensamientos que perdí aquí, mientras ella me observaba y sonreía para si. Sobrevuelan un Mediterráneo que hoy se ha vestido de azul intenso y plata, como si recordara que es ese tu color favorito… azul, oscuro, jalonado de pequeñas olas que llegan ufanas al final de su viaje: jirones de blanca espuma.

domingo, 20 de julio de 2008

Treinta y siete grados

El termómetro en la ventana no para de subir. Apoltronado en el sofá trato de moverme lo menos posible. Cada movimiento es un esfuerzo insoportable. El calor sofocante ralentiza la realidad que me rodea y el tiempo parece dilatarse igual que el mercurio del maldito termómetro, que no para de subir. Me viene al recuerdo la canción de Radio Futura, “treinta y siete grados y un montón de huesos…” que empieza a sonar machacona dentro de mi cabeza. La tarareo para intentar que salga pero no hay manera. ”…con algo de pellejo alrededor…”

Mi vecina, la Juana, acaba de salir al patio, supongo que a tender la colada. Si no hiciera tanto calor iría hasta la ventana, como cada día, y la observaría a hurtadillas por entre las cortinas. La ventana está abierta de par en par así que puedo oír como canta mientras tiende los calzoncillos de su marido, que es un mierda, que no la merece. “Arde la calle al sol del poniente…”. Vaya casualidad… también le ha dado por Radio Futura. No sé si estamos conectados o si me oyó tararear antes. Preferiría lo segundo, significaría que está pendiente de mí, que le intereso más de lo que da a entender.

Canto un poco más alto para comprobar si mis deseos son reales o se trata de un delirio más producido por el calor pegajoso: “No tocarte, o quizás, podría devorarte…” De entre las cortinas silba una respuesta que se mezcla con humedad de mar de verano y llega hasta mí espesa: “Eres tonto Simón y no tienes solución...” Me quedo congelado por un instante… me escucha, y yo a ella… pero estoy tan abrasado que no sé interpretar que querrá: ¿Seré tonto por cantar, porque no la entiendo o porque realmente piensa que lo soy?

Cierro los ojos y rasco en mi mente calenturienta. Dibujo su cuerpo lozano desnudo sobre la playa de arena fina. El sol justiciero empapa su figura, el mar en calma chicha y las sombras violentas que destacan aún más sus senos prominentes. El vello de su pubis es azabache y rizado. La miro pero no la toco. Sólo acierto a tocar mi polla, erecta como el mástil del barco que cruza por el mar de mi imaginación.

En el clímax de mi fantasía, justo cuando voy a eyacular en las tetas de Juana, la lozana, el sonido del timbre de la puerta atraviesa por entre la espesura de la habitación. Con pereza rabiosa me levanto, con lentitud dejo escapar a la Juana y a mi playa; acudo hasta la puerta y allí está ella, con su vestido de flores pegado al cuerpo, los pezones que se marcan sin pudor y la melena larga, negra y rizada, como su pubis, suelta… cubriendo esos ojos de mar profundo que me quitan el sentido.

-¿Eres tonto, Simón, o quieres que me ponga el disfraz de pecadora? -dice

Esta tarde, por fin, el termómetro va a reventar, el muy hijo de puta.




viernes, 11 de julio de 2008

Rutina implacable

Ricardo tiene la manía -persistente- de dejarse engañar por Aurora.

La pasada noche, después de una agradable cena con amigos, durante una sobremesa de confesiones al albur de las copas, se encontró con la certeza de frente: aquella mujer de aspecto resoluto y feroz carácter con la que estaba compartiendo su vida, no era la que él hubo creído. La realidad parpadeó por un instante, diáfana, de una evidencia hiriente y desesperada. En un instante, la inocencia impostada, el artificio de precario equilibrio que había sido su amor, bajó el telón y la obra que hasta entonces se había representado encima de aquel escenario que era su existencia compartida, acabó, sin más… aunque el aún no lo sabía, o quizás sí.

Se acomoda en el tren -siempre el mismo vagón, siempre a la misma hora, de lunes a viernes, camino del mismo trabajo, recorrido inquebrantable de rutina implacable - y su pensamiento se pierde a través de la ventanilla empañada de lluvia de mayo. Tras ella, borroso, se despliega un paisaje monótono de suburbio madrileño: la autopista atascada, al fondo; antenas sobre edificios monocordes, graffitis sobre muros semi derruidos, en primer plano… todo se jaspea entre esa mezcla de gris y ocre que son las riberas de la vía del tren de cercanías que une Parla con Madrid. Todo quiere ser lo mismo pero ya nada es igual para él, para Ricardo, que trae a su pensamiento, frente a aquel paisaje invisible -como invisible había sido, hasta el pasado sábado- la verdadera realidad de su amor.

-Tú sabes que yo siempre estaré a tu lado, que nunca te fallaré. Sabes que te quiero más que a nada en este mundo.

-¿Qué mundo? –se pregunta.

Las palabras de Aurora resuenan frescas en su memoria deshilachada. Se las había dicho tantas veces que había llegado a creerlas, se habían convertido en una letanía a la que aferrarse cuando ya no quedaba otra, cuando a Aurora se le escapaba algún ramalazo que hiciera palpable que él no le importaba lo más mínimo, que no era más que otra pieza de un puzzle que ella había ido construyendo en sus horas libres; pieza solitaria en mitad de una composición que nunca acabaría de comprender en su totalidad; hechos desechados, relegados hasta un estante de complicado acceso dentro de su memoria… por cobardía… por temor a que lo que allí pudiera encontrar desviara para siempre el cauce trazado, que es el que tiene que ser, que no puede ser otro.

Hasta la pasada noche, en la que una risa cruel reflejada en el rostro de Aurora, un comentario desafortunado que busca el absurdo lucimiento de la embriaguez, una mirada cómplice a otro que no es él, a otro que no es él, a otro que no es él…con el que era su compañero de trabajo, su amigo, acabó por desbordarlo; datos que anegan crueles su consciencia.

Ahora, frente a la ventanilla del tren, ha comenzado a colocar todos esos recuerdos abyectos, uno tras otro, y su propio puzzle ha terminado de cobrar forma.El cristal empañado sirve como base sobre la que ir completándolo, la lluvia fina lo enmarca. Puede ver la cara de la certeza, que le sonríe cruel y que muestra con su gesto que hasta este instante había estado huyendo de la evidencia.

Como una señal del cielo, suena el teléfono móvil y en la pantalla luminosa aparece el nombre de Aurora, que parpadea rítmico y sin emoción. Ricardo contesta con su voz apocada, apenas audible:

-¿Sí?

-¿Cariño?... no me esperes hoy a cenar que me ha surgido una reunión en el trabajo.

-¿Otra?... vale, no te preocupes

-Acuérdate de dar de cenar a los niños, puedes prepararles unos huevos fritos con patatas, que hace mucho que no los comen y a ti te salen de maravilla- y ríe hueca .

-Eso esta hecho, cielo, ya me encargo yo, tú levanta España.

-Bueno, casi seguro que llegaré tarde así que no hace falta que me esperes despierto.

-Vale, chao

-Chao

Son las nueve de la mañana y todo sigue igual que siempre… recorrido inquebrantable de rutina implacable.

jueves, 26 de junio de 2008

Operación Tufo (Gracias Olive)

Hace algún tiempo que vi “Pequeña Miss sunshine”, una película sublime en la que con fino humor, agridulce -como a mí me gusta- se parodia la sociedad en que vivimos y sus valores. Siempre he sentido deseos de escribir algo sobre ella pero por unas u otras causas, quizás por pereza existencial o por temor a enfrentarme a la realidad que me envuelve, que no es tan diferente a la que la película retrata, no me he decidido hasta ahora, que me encuentro hilvanando temas en mi cabeza y me han venido a la memoria algunas de sus secuencias.

El argumento es sencillo. La casualidad -la puta casualidad- consigue juntar a seis miembros de una misma familia en una destartalada furgoneta Volkswagen, confabulados sin quererlo, en la consecución de un mismo objetivo: Llegar hasta California, desde el Este, para que la pequeña de la familia, Olive, una adorable y regordeta niña, de enormes gafas y sonrisa mellada, vea consumado el sueño de asistir a un prestigioso concurso de belleza para preadolescentes. En realidad ninguno de ellos, excepto Olive, tiene ganas ni intención de hacer el viaje, pero es la puta casualidad la que consigue, a través de diferentes circunstancias en cada caso, que se embarquen en una aventura que acabará por convertirse en una suerte de viaje iniciático, en el que cada cual encontrará su respuesta. Si no la definitiva, sí esa que les ayudará a dar algo de sentido a sus respectivas existencias.

Pierdo mi mirada en el televisor mientras mis pensamientos vuelan lejos, justo en dirección opuesta…

…pensamientos al hilo de lo que el hipnótico aparatuelo despliega ante mis ojos. Todavía no he encontrado mejor método para divagar que fumarme un canuto y poner un programa absurdo, de esos a los que se le puede sacar punta sin demasiada esfuerzo. Me escapo a lomos de mis pensamientos porque de lo contrario correría serio riesgo de quedar lobotomizado -más aún, si cabe- ante tanta sandez junta. Hoy ha tocado ver Operación Triunfo. Hace miles de años que no veía ninguna de las galas, creo que desde que Rosa (esa que estaba en la cola de gargantas cuando dios repartía cerebros) ganó el concurso. En general ninguno de estos concursos me despierta la más mínima curiosidad, aunque hay que reconocer que todos ellos son la perfecta expresión del vacío en el que vivimos la mayoría de nosotros. Casi, más que vacío, debiera decir desamparo.

Apoltronado en el sofá observo atónito como desfilan los cantantes uno tras otro, como clones a los que han ido modelando poco a poco, clase a clase, hasta convertirlos en caricaturas televisivas, en personas aptas para el show-bussiness. Antes de cantar, los entrevista un desgastado Jesús Vázquez, que despliega una simpatía tan natural que parece impostada, que sólo puede ser impostada, que coño. Después de cantar los juzga El Jurado… así, con mayúsculas. De entre los miembros de El Jurado despunta un tal Risto, que es sin duda mucho más listo que los demás. Al menos él debe de estar convencido de ello a juzgar por su actitud chulesca de malo malote cascabelote.

Todo es tan chachi piruli que estoy apunto de apagar la tele e ir a cortarme las venas. Menos mal que aún queda canuto por fumar porque de lo contrario, además de haberme suicidado inútilmente, me hubiera perdido la actuación de un giri negro que canta más que bien. “¿Qué hace este tipo aquí?” – me pregunto despertando de mi letargo y con toda la estupefacción de la que soy capaz a estas horas y tras dos horas de concurso. Antes de cantar habían puesto los típicos videos con las vicisitudes semanales en la academia, en las que el tipo había osado cuestionar (medio en español, medio en inglés) la mecánica del programa porque consideraba injusto que los factores extra-musicales influyeran a la hora de juzgar a los concursantes. “Music is important!” – se le ocurrió decir, con bastante indignación, gesticulando impotente... “¡No jodas!”- fue todo mi pensamiento.

Como ya he dicho, actuó muy por encima de la media mediocre del programa y le llegó el turno de ser juzgado por El Jurado. Risto comenzó a repartir estopa sin entrar a valorar la interpretación que acababa de presenciar (“¡Coño!, si va a tener razón el negro” -me dije). Parece ser que el hecho de que el muchacho hubiese osado pensar y, no sólo eso, sino también opinar, no le hizo demasiada gracia al Juez. De hecho comenzó su ataque diciendo que quien era él para opinar sobre la mecánica del concurso… ¿¿¿¿????.... a partir de semejante premisa construyó todo su ataque. El negro no debió enterarse de nada porque de español ni papa, pero a Risto le daba lo mismo porque a él no le interesa que le entendiese el muchacho sino el público. Fue un momento lamentable. No hay nada más patético que ver a un tipo que se supone inteligente (es Juez) y que además entiende de música, defendiendo un formato como el OT y crucificando al único que parece saber cantar con algo de personalidad, por algo tan normal como es pensar por uno mismo. Hasta que grado hemos llegado cuando el público aplaude a un tipo que cuestiona la opinión individual de una persona… viendo este tipo de cosas a uno no le extraña que Hitler llegase a ganar unas elecciones…

…les comentaba lo de “Pequeña Miss Sunshine” porque el final de la película, la última media hora, está dedicada a la participación de la pequeña Olive en el concurso de belleza. La llegada de la familia hasta el hotel en donde se celebra y todo el periplo posterior, son dignos de pasar a los anales de la historia del cine. Esa familia, atípica, con todas sus expectativas puestas en un concurso absurdo, que para ellos representa, simplemente, la consecución de un reto… y el tremendo choque contra esa realidad distinta, que desconocen completamente y en la que no se saben desenvolver, que son ese tipo de concursos en donde el triunfo es lo primordial, en donde todos los valores y todos los principios se desintegran y la superficialidad humana afora sin contemplaciones. Ese tipo de concursos en los que pensar y tener opiniones propias está prohibido por ser contraproducente y dañino. Esos concursos que son la metáfora perfecta de esta nuestra sociedad, en la que la fama (nimia y efímera) es el mayor de los logros. En los que alcanzar el triunfo justifica perder los principios más elementales, prostituirse por una causa. En la película es aún más triste porque el objeto del triunfo son los hijos, niños pequeños que se convierten en simples proyectores de toda la frustración acumulada de unos padres que creyeron que para ser algo en esta vida hay que triunfar. Y yo me pregunto ¿Qué coño es triunfar?

Sólo me resta dar las gracias a Olive, esa niña maravillosa cuya esencia deberíamos guardar todos dentro, por siempre jamás. Y a toda esa familia de perdedores que, si se mira bien, son en realidad, los únicos que ganan, los verdaderos triunfadores.

miércoles, 18 de junio de 2008

Fisterra

Es esta la historia de un tipo que, según decía, sólo se equivoco una vez a lo largo de su extensa vida. Siempre tomó las mejores decisiones, las más apropiadas en cada momento, para avanzar con notable éxito; no se sabe bien si por suerte o simplemente porque le resultaba imposible equivocarse, que era lo que a él le gustaba decir. Gracias a ello -a la suerte o lo atinado de su criterio- su devenir fue como navegar con suave brisa por un mar siempre en calma... hasta que la tempestad irrumpió inesperada y violenta, y descompuso su mundo sin piedad.

La historia de, llamémosle J., podría parecer increíble a los ojos del común de los mortales. Nosotros -el resto- dudamos y nos equivocamos, así que es lógico que creamos imposible que pueda existir en el mundo alguien que no lo haga o, al menos, que crea no hacerlo. Además, resulta imposible poder medir algo tan subjetivo como son los errores o aciertos de alguien, con un mínimo de objetividad.

Pero no se trata de creer o medir sino de vivir; y yo no les estaría contando nada de esto si no hubiese convivido durante más de cuatro meses -su último invierno- con él; si esta historia me hubiese llegado de cualquier otro que no fuera él mismo. En las largas conversaciones que mantuvimos nunca encontré resquicios que me hicieran sospechar de la veracidad de sus palabras. No sé si era por la seguridad con la que exponía todo, por la seductora manera que tenía al narrar o por el timbre suave de su voz, pero todavía, hoy en día, mientras escribo estas palabras y recuerdo, sigo convencido que todo lo que me contó es rigurosamente cierto y me atrevo a afirmar que J. nunca se equivocó, tan sólo una vez.

Conocí a J. en el ocaso de sus días. Llegué a Fisterra para trabajar como su enfermero particular y acabé siendo su amigo y confidente. Nadie quería aceptar aquel trabajo, las condiciones económicas eran atractivas pero requería aislarse en un caserón de la costa, en pleno invierno, a ver morir a un viejo que se había ganado, entre alguno de mis compañeros del hospital, la fama de déspota intratable. Yo era joven y estaba necesitado así que decidí no hacer caso de las habladurías; la inconsciencia y un grueso fajo de billetes se convirtieron en la corriente que me acerco hasta su orilla.

La primera vez que le vi fue en la lejanía; atardecía sobre la playa en la que recalé a bordo de un pequeño bote pesquero, único modo de llegar hasta aquel lugar inhóspito en donde J. decidió pasar sus últimos días. Él me esperaba de pie más arriba, en los jardines del pazo. Mantengo esa primera imagen en mi retina como la de una postal en la que solo desencaja su figura a contraluz: un hermoso pazo rústico sobre el acantilado; sobre el verde, el mar, un faro y el cielo preñado de oscuras nubes a media altura; y J. recortando el horizonte plomizo, apoyado en su bastón; su largo abrigo ondea leve y él se encuentra tan ladeado que parece que vaya a desplomarse en cualquier momento. Una estampa de ocaso, asolada de fin pero esplendida.

Tenía un cáncer de pulmón terminal y se había retirado –en contra de la opinión de su médico- a donde el considero más oportuno, su pazo de Fisterra. Decidió que necesitaba de aquel aire, frío y húmedo, pero sobre todo de los lluviosos atardeceres del invierno de su infancia. No pretendía más compañía que la sus pensamientos, el mar, su perro Dyck, y aquel desapacible invierno en el que no paró de llover; el doctor -que era además un buen amigo- le exigió que al menos se llevara a un enfermero, alguien que pudiera atenderle cuando el dolor arreciara.

Sería muy largo, mucho más de lo permitido, contarles a ustedes todo lo que hablamos durante las tibias mañanas de paseos por aquella playa solitaria; durante esos atardeceres de frío, en los que sentados en el banco frente al mar y arropados con una manta, nos quedábamos mirando el infinito del horizonte, unas veces callados y melancólicos, otras locuaces… y el sol imperturbable que se escondía tras un mar de bravura, dejando que, una noche más –tal vez la última- un manto de oscuridad nos envolviera leve.

Sí les puedo contar que, a pesar de que podría haberse dedicado a lo que quisiera, se decidió por la inversión en bolsa, que no requería estudios y le pareció el camino más sencillo para alcanzar holgura económica. Comenzó con muy poco -lo poco que consiguió ahorrando la paga como estibador en los muelles de su Vigo natal- pero jamás se equivocó en inversión alguna, así que en pocos años alcanzó una posición más que desahogada.

Antes de cumplir los veinticinco años ya había ganado su primer millón. Conoció a Clara, la que luego sería su esposa y que resultó ser la mujer adecuada para él. Tuvieron dos hijos, Alfredo y Lucia, que si bien no heredaron el don de J., sí se beneficiaron de su influjo… al menos mientras él vivió. Era la de ellos una existencia sin fricciones, más parecida al argumento de un anuncio que a la realidad que vivimos las personas que cometemos errores. Vivían como si nada de lo que pasara en el mundo pudiera contaminarlos.

Clara, había fallecido cuatro años antes de que yo le conociera. Al parecer se atragantó con el hueso de la aceituna de su último Martíni, durante un crucero por las islas vírgenes. Me contó que él no podía viajar y que insistió para que ella no viajara sola. Pero esta vez no le hizo caso y se alejó demasiado.

-Fue -me dijo- cuando la mala suerte -siempre al acecho, siempre sedienta de venganza- aprovechó la oportunidad y entró de lleno en nuestras plácidas existencias. Lo hizo por la puerta falsa, cuando ya nadie la esperaba, la muy hija de puta. Estaba esperando a que me equivocase y aprovechó su única oportunidad.

Fue efectivamente, a partir de ese momento, cuando su mundo comenzó a dislocarse. Aquel hecho había representado tal perturbación que era imposible que no se produjeran réplicas. La muerte de Clara le afectó tanto que ya no quiso saber nada más del mundo ni de sus hijos, que también entraron en una extraña deriva que les alejo para siempre, aunque esto es otra historia que no viene al caso contarles.

A los pocos meses le diagnosticaron el cáncer y tras un rosario de pruebas e ingresos hospitalarios decidió aceptar los nuevos designios y se exilió en su pazo de Fisterra. Quería mirar de frente su destino y morir sereno, quería saber, antes de morir, si aquel error era inevitable o, por el contrario, hubiera podido seguir esquivando a la mala suerte, hasta el fin de sus días. Yo le ayudé a rebobinar, me convertí en una especie de confesor al que pudo contar su vida, paso a paso, sin omitir detalles.

J. murió a los sesenta y cuatro años, frente al mar, durante un atardecer en el invierno de 1999. Estábamos sentados en nuestro banco y los últimos rayos de sol enrojecían la línea del horizonte; le sobrevino entonces un acceso de tos que me obligó a acostarle en la cama sin siquiera cenar; le suministré calmante y antes de dormir para siempre me dijo:

—Nunca debí dejarla sola.

domingo, 8 de junio de 2008

Winston ama a Chopin

Winston era sordo aunque no de nacimiento. Un accidente jugando, un balonazo fortuito cuando apenas contaba los diez años, le dejó sordo del oído derecho. Más tarde -hasta ahora nadie ha sabido explicar aún el por qué- fue perdiendo, de manera paulatina, la audición en el otro, hasta quedar completamente sordo. Cuando esto sucedió ya había cumplido los doce años y desde entonces dejó de ser el niño risueño que encandilaba a propios y ajenos para convertirse en un adolescente taciturno y ensimismado.

Walter y Allie, sus padres -una pareja acomodada cuya única prole era él- lo intentaron todo. Winston, arrastró inútilmente su recién adquirida sordera de consulta en consulta, de camilla en camilla; una cara tras otra, todas doctas y sonrientes al principio y luego apesadumbradas, tras semanas de pruebas -quince especialistas y un único rostro en su retina-. Me contaba que soltaban el dossier sobre la mesa mientras se sentaban, se ajustaban las gafas de leer, miraban fugazmente hacia él y se dirigían a sus padres. El médico en su recuerdo le miraba por encima de las gafas, justo antes de soltar la única respuesta que recibieron, Walter y Allie, tras casi cuatro años de recorrer medio mundo: “Incurable”. Ninguno reconocía abiertamente su ignorancia -se excusaban en la inoperancia de las pruebas o en la falta de recursos de la ciencia que profesaban- pero todos cobraban la gruesa factura a través de enfermeras de gesto compungido que daban a firmar boletas de importes exorbitantes. Walter y Allie, ya se encontraban al borde de la bancarrota cuando finalmente desistieron y, tras una larga conversación de madrugada desesperada, decidieron asumir su nuevo destino, algo que consideraban toda una tragedia.

A Winston, yo le conocí algunos años después, los dos habíamos terminado nuestros estudios de arquitectura y el destino quiso que coincidiéramos en el mismo estudio, trabajando como becarios, suspicaz al principio y codo con codo al final. La recuerdo como la mejor etapa de mi vida. Habíamos estudiado durante cinco años en la misma facultad y ni tan siquiera me era familiar su cara. Al principio llegué a dudar de su palabra, me resultaba impensable no haber reparado nunca en él, en la cafetería, en la biblioteca o por los pasillos de la facultad. Más tarde comprendí el por qué: Winston era una especie de espectro que se desplazaba por la vida sin levantar ninguna clase de expectación. Era como si el silencio de su mundo hubiese traspasado la frontera de su cuerpo y lo hubiera recubierto hasta volverlo invisible a los ojos de los demás. Sus puentes con el exterior no estaban del todo cortados, pero él, quizás como medida básica de subsistencia, había minimizado sus interacciones con la realidad de los demás, hasta lo imprescindible. Esto le permitía continuar transitando sin contratiempos por una existencia que a mí siempre me resultó demasiado profunda y solitaria, imagino que como el silencio que le acompañaba.

En cierta ocasión, en una de nuestras primeras conversaciones de índole personal –luego serían muchas más- le pregunté, con algo de torpeza, si no le resultaba demasiado molesta su sordera. Se quedó mirando algún punto del inexistente espacio, algún lugar encima de mi hombro derecho, y tras un prolongado silencio me contestó que no, que quizás lo fue un poco al principio, hasta que se acostumbró al silencio perpetuo -así lo dijo- …luego pasó a no importarle demasiado hasta que llegó al punto de encontrarle ventajas. Solía decirme, a modo de chascarrillo, que echaba de menos la música pero se había ahorrado tener que prestar atención a miles de conversaciones insustanciales.

-¿Sabes? -me dijo en otra ocasión tomando un café en el bar de la esquina-… imagina son las tres de la mañana y duermes -lo normal- y repentinamente, cinco horas antes de lo previsto, los primeros rayos de sol cruzan por tu ventana y te golpean en los ojos. Sentirías un aviso desde tu cerebro de que algo no encaja, mirarías con extrañeza el reloj y luego acabarías de abrir la persiana para observar asombrado el amanecer. Buscarías otros relojes en la casa e incluso enchufarías la televisión para cerciorarte de que realmente está sucediendo, que la trayectoria del planeta se ha alterado y que el sol ha comenzado a iluminar tu hemisferio cuando no debía, nunca debería -enfatizó esto último con un enérgico gesto de manos- …tú todavía no lo sabrás, solo lo intuirás, pero tu mundo, todos los conceptos, todos los asideros, todo lo que creíste referencia, habrán comenzado a caer… y ya nada volverá a ser lo mismo… porque el eje de tu planeta se habrá desplazado n grados alterando su órbita irremediablemente.

Fue en un amanecer de madrugada cuando Winston empezó a congeniar con el silencio; fue cuando lo supo perpetuo; mucho antes de que sus padres hubieran desistido de curarle, apenas tres meses después de oír el ultimo de los sonidos, algunos acordes de un nocturno de Chopin que su padre puso en una soleada mañana de domingo, como era su costumbre; ese nocturno que aún le prendía en el recuerdo, como un tesoro insondable, la última vez que le vi.