lunes, 8 de septiembre de 2008

La mamma morta

El móvil para asesinar a Mercedes, Merce, Merceditas, era simple: la odiaba. Odiaba hasta su tuétano. Explicar las razones de tanta inquina -por ambas partes- y de cómo llegamos a tal grado de perversidad no viene al caso; baste decir que quince años de convivencia nos convirtieron a ambos en deleznables seres sin escrúpulos capaces de hacer casi cualquier cosa con tal de hacer la vida imposible al otro y que al final fui yo quien ganó la partida.

Nunca he pecado de avaricioso así que no me preocupé de comprobar que beneficio obtendría de la muerte de aquella víbora. Sería suficiente con saber que desapareciera para siempre sin que quedaran sombras de sospechas revoloteando sobre mi cabeza, algún cabo suelto que algún investigador pudiera seguir. Suscribir un nuevo seguro de vida a su nombre, cambiar nuestro estatus de separación de bienes al de compartidos o una consulta a nuestro notario por si hubiera cambiado su testamento en algún sentido durante los últimos años no sólo hubiese despertado sus sospechas sino que, a posteriori, habría supuesto dirigir los focos de la investigación hacia mi persona. Así que no hice nada de eso. En realidad no hice nada distinto a lo que cotidianamente venía realizando por aquel entonces: servirla.

La razón de estas líneas es dejar constancia de cómo sucedió todo, de cómo conseguí matar a mi mujer y salir indemne. En realidad está carta quedará consignada a buen recaudo hasta el día en que yo muera, en que será enviada a las redacciones de varios periódicos de tirada nacional. Debo contarlo porque, de morir conmigo, mi victoria carecería de sentido. Quiero que quede claro que mi conciencia está tranquila; siempre he considerado aquel hecho como la única salida a una vida de desgracia ya que dejarla me resultaba imposible y vivir con ella era un infierno.

Además está el asunto del orgullo, de haber sabido burlar a la ley y a esa mala pécora que era mi mujer, el simple placer que produce narrar la victoria, y la satisfacción que experimento al poder exhibir públicamente el infinito ridículo de las circunstancias que rodearon la muerte de aquella prima donna, a la que todo el mundo adoraba y que fue encaramada al altar de los inmortales el mismo día de su óbito.

Mercedes era una gran soprano. Además era bella y poseía un innegable atractivo. Nadie podía resistirse a su talento y pronto alcanzó las más altas cotas de fama y reconocimiento. Pero en su vida privada, como buena diva, era caprichosa y mezquina. Yo había dejado de importarle hacía mucho tiempo y sólo permanecía a mi lado, legalmente casada, por una cuestión de imagen y porque yo era el único que sabía satisfacer sus excentricidades con eficiencia de mayordomo británico. Eso no impedía que siempre que tenía oportunidad me hiciera sentir como un mísero gusano. Disfrutaba ridiculizándome en público, fuera ante el servicio, personalidades o allegados. Daba igual… yo no era más que un perro fiel al que podía apalear sin contemplaciones.

Pero yo era un perro que conocía sus secretos más íntimos, sus pequeñas manías y vicios. Durante mucho tiempo barajé la posibilidad de editar unas memorias en donde aparecieran reflejadas todas sus miserias, la verdadera faz de una arpía enferma. Pero se adelantó a mis intenciones y me obligó a firmar un leonino contrato de confidencialidad. No me quedó más remedio pues de lo contrario hubiera acabado de patitas en la calle, sin saber donde ir ni nada que llevarme a la boca.

La vida, en cualquier caso, es muy traidora y fue una de esos vicios –el más vergonzante de todos- el que me ilumino la puerta de salida: Mercedes, Merce, Merceditas tenía la manía persistente de hurgarse la nariz y eso, a la postre, fue su perdición. Lo hacía sin contención ni recato: comenzaba masajeándose las aletillas para a continuación introducir un dedo –índice o meñique, dependía de la dificultad del moco- como una sonda a la busca de tesoros escondidos. Aquel instinto, clara herencia de nuestros ancestros los monos, se volvía irreprimible cuando se detenía en algún semáforo o en mitad de un atasco: extraía un moco, jugaba con él, lo convertía en pelotilla y lo lanzaba, a través de la ventanilla, en cualquier dirección.

Sus largas uñas eran como catapultas pelotilleras. Se las limaba ella personalmente, con perfecta regularidad, todos los lunes por la noche mientras escuchábamos ópera; generalmente Verdi o Motzart, sus preferidos; recuerdo con claridad diáfana su expresión mientras miraba desde varios ángulos el anverso extendido de su mano: los ojos entornados, orgullosos y fijos en aquellas palas perfectamente esculpidas para un único cometido: sacar los mocos con óptima eficiencia. Las dejaba finísimas en su punta de manera que asemejaban un puñal. Unas semanas antes de perpetrar el asesinato, mientras la Calas acometía la mamma morta -¿no es una señal divina?-, vino la idea a mi cabeza, como un fogonazo. Fue entonces cuando comencé a pergeñar un plan que a la postre resulto ser perfecto.

La noche de autos, volvíamos a la mansión del lago de Como -la misma desde la que escribo- después de uno de sus conciertos de temporada en la Scala. Ella conducía su coche y yo, como era habitual, la seguía en el mío, otra de sus extrañas manías. Dejé que tomara la distancia suficiente y cuando vi como se detenía ante la luz roja del semáforo de acceso a la piazza Duomo, aceleré y estampé el guardabarros de mi todo terreno contra el culo de su elegante Jaguar de colección, ese al que nunca me permitió subir, a dios gracias, vayan ustedes a saber porque extraño mecanismo mental.

Como era de esperar uno de sus dedos -luego supe que era el índice- se encontraba en plena excavación, de manera que cuando sufrió el impacto súbito, aquel puñal que era su afilada uña se le hundió violentamente en el cerebro, produciéndole una muerte instantánea. No la embestí a demasiada velocidad por lo que todo se interpretó como un fatídico accidente fruto de un despiste, como cualquier de los cientos que se suceden cada día en las calles de cualquier ciudad del mundo.

Sé que me juzgarán con dureza cuando todo esto se sepa pero, ¿acaso no fue perfecto?





sábado, 6 de septiembre de 2008

Blues del pescador

Quisiera ser el pescador que se revuelca en el mar, lejos de la tierra firme y de los sueños amargos. Tiro el sedal con dejadez y amor y no encuentro nada, excepto ese cielo estrellado, que me limite. Con la luz sobre mi cabeza y tú en mis brazos


A veces desearía ser el hombre del freno, en un tren que se conduce desbocado que choca sin recato contra el corazón de la tierra, como un cañón a través de la lluvia; Sintiendo a los que duermen y el calor del carbón; atravesando la noche y contando ciudades que parpadean y desaparecen. Con la luz sobre mi cabeza y tú en mis brazos.

Estoy seguro que todas estas cadenas que me atan, que todos los vínculos, por fin van a caer. Y cuando llegue ese día magnifico y fatídico, te cogeré la mano, te montaré en mi tren y seré tu pescador. Con la luz sobre mi cabeza y tú en mis brazos.

Letra original de Mike Scott (The Waterboys) “Fisherman’s blues”. “Adaptación” libre al castellano y foto por el que firma.

La grabación de Fisherman's Blues llevo tanto tiempo y fue el resultado de tantas sesiones y tomas alternativas que, cuando se mudaron de los estudios Windmill de Dublín a Ringsend Road, tuvieron que alquilar un camión para transportar todo el material grabado.




jueves, 4 de septiembre de 2008

El fantasma de mi lugar

Llevo conviviendo con él desde hace más de quince años. Concretamente desde la primera noche que pasé en esta, mi casa, que no siempre fue mía.

Me mudé a este caserón, semi asilado en mitad de la peña de Francia, cerca de un pequeño pueblo llamado La Alberca, en busca de reflexión y pausa. Iban a ser sólo unos meses, de bálsamo contra el estrés, de fuga a lo bucólico, pero este lugar me atrapó y, ante la incomprensión de propios y extraños, ya no he podido regresar a Madrid. He seguido trabajando como consultor freelance pero ya apenas acepto trabajos, ya apenas me llaman; mi teléfono se ha ido apagando poco a poco y confieso que sólo he sentido alivio, cada vez más claro y evidente. Lo poco que gano me permite vivir sin grandes lujos, aunque es cierto que con mucho más, en Madrid, sólo sobrevivía… un sucedáneo para los no iniciados pero ¿quién se lo explica?

Julián –ahora sé que se llamaba así, o ese fue su nombre cuando vivía- aparece cada noche para sentarse en el sofá de mi salón. Se queda horas con la mirada perdida en escenas de un pasado que ya sólo existe para él, sin siquiera reparar en mi presencia. Se marcha al despuntar el alba; sale de la habitación con paso cansado y desaparece entre la oscuridad clareada del amanecer. Lo cierto es que es un fantasma bastante aburrido, no produce desasosiego, ni congela el aire cuando pasea, ni nada parecido a todo aquello que uno se imagina cuando piensa en seres venidos del más allá o que no llegaron a abandonar del todo el más acá.

Hace ya años, al principio de estar aquí, consulté los archivos del municipio para saber de aquellos que habían vivido en mi casa antes que yo. No tuve que remontarme demasiado porque, aunque la casa tenía más de cien años, el inquilino que buscaba había vivido en ella hacía apenas quince. En la hemeroteca pude encontrar su foto en un articulo de prensa local: Julian sonreía satisfecho junto a una enorme calabaza que según rezaba el titular había pesado más de quince kilos. Sin duda era él.

Preguntando aquí y allá averigüé que su vida había transcurrido sin sobresaltos. Fue agricultor, se casó joven, tuvo dos hijos y pocas veces se alejó de su casa. Quisiera poder decir algo más de él pero su existencia fue de lo más vulgar, como lo es su fantasma… un auténtico coñazo.


sábado, 30 de agosto de 2008

Hojas en blanco (simultaneo)

No sé si fue antes o después de que yo tuviera conciencia de que la juventud hacía tiempo de que me había abandonado y que ya había entrado de pleno en esa edad indefinida que transcurre lentamente y en la que pocas cosas tienen ya la capacidad de producir sorpresa. Lo que sí tengo claro es que había pasado con amplitud de los cuarenta y, ahora que lo pienso con más detenimiento, es posible que todavía tuviera cierta conciencia de juventud, como si una parte de mí se negara a admitir que la madurez me había atrapado sin temblar. Como en esa canción de Bob Seger, Agaisnt the wind, que retrata con nostalgia como tuvo y perdió… porque por mucho que nos empeñemos en ir contra el viento todos perdemos con los años. Queremos escudarnos en la experiencia y en las vivencias acumuladas, que quizás parezcan lo mismo pero que no lo son en absoluto. Pero esas vivencias, que uno puede convertir en experiencias mediante la reflexión, ya están vividas, ya están quemadas… páginas desvirgadas, tachadas y reescritas, plagadas de enmiendas y notas al costado. Desde el momento en que la vida escribió sobre ellas ya nunca serán lo mismo.

El amor era para mí un folio demasiado escrito y se me antojaba imposible pensar que alguien pudiera encontrar nuevos espacios en él. Podía fingir, cuando conocía a alguna mujer, que todo aquello me sorprendía, que sentía la pasión, podía engañarme y engañarla durante unos meses -nunca más de tres o cuatro- pero al final el hastío de lo ya vivido, de lo mil veces repetido copaba mi pensamiento y todo acababa por derrumbarse sin remisión. Se trataba de ver cuando llegaría ese momento porque, aunque viviera las situaciones como nuevas, íntimamente sabía que aquello no era más que una impostura. La vida no es más que una repetición de ciclos, una falsa renovación de momentos y de nosotros depende saber si queremos engañarnos o no.

Pero yo no había vivido –ahora, sí, ahora lo sé- el desamor… esa página estaba en blanco, impoluta e inaccesible. No lo estaba para aquellas que en algún punto de su vida compartieron conmigo la levedad de lo efímero, que lo sufrieron como me tocó a mí luego. Por eso me resultaba imposible llegar a comprender que veían de extraño en el final de nuestras historias, que yo estimaba inevitable, como lo es la muerte, como lo es el desamparo.

Paula entró en mi vida, como la madurez, con sigilo, y cuando me quise dar cuenta mis cimientos ya estaban devorados. Era mucho más joven que yo, con miles de páginas de su libro aún por escribir, con mil sufrimientos y alegrías por vivir e infligir. Caminaba por el mundo como si nada de todo aquello que la rodeaba fuera con ella. Era liviana pero su aspecto sólo podía conducir a engaños pues bajo ese cuerpo de apariencia frágil, tras esos ojos claros como un día de verano, había una férrea determinación que yo -incauto de mí- interpreté como inexperiencia.

Maldita fue la hora en que mi página del desamor fue escrita porque, aunque a muchos pudiera parecer que es la única manera de conocer que es el amor realmente, para mí sólo significó que el mundo que redacté nunca fue, que todo lo escrito en mi libro era equivocado, un garabato sin sentido ni razón, ni siquiera corazón.

Esa página en blanco, esa que me salté o que nadie supo emborronar hasta que ella se coló por la puerta de atrás, fue rayada demasiado tarde, cuando ya apenas quedaba tiempo para nada… demasiado tarde.

Maldita Paula… te quiero.

Este post está escrito en consonancia o concorcondancia o simultaneamente con otro que ha escrito LaLuz en su blog (dentro de la iniciativa Simultaneos a la que inevitablemente me prendí)








martes, 19 de agosto de 2008

Ciclos

Llega el momento de poner el cuenta kilómetros a cero, otra vez. Llega el momento de reponer el orden en mi existencia convulsa. El último tramo de carretera ha sido una locura, a bordo de mi bólido, corriendo como un kamikaze, desbocado y sin control... todo aparecía difuminado a mi alrededor... no existía claridad más allá del momento preciso.

Lucecitas de emergencia parpadean en la distancia. No son más que yo mismo que me alarmo de mi mismo. La ruptura de la rutina implacable, aceptada con agrado hace apenas un par de meses, es, otra vez, mi propia trampa... porque al fin, cuando ya he gastado los cartuchos, cuando ya he quemado toda la gasolina, me doy cuenta de que necesito la rutina, que no es otra cosa que orden... porque no sé volar sólo y en libertad... porque cuando la tengo no la sé utilizar como debiera... pero ¿quién sabe?... yo al menos lo intento... de vez en cuando...



Estaba solo y en caída libre, haciéndolo lo mejor posible para no olvidar
¿Qué nos pasa, qué me pasa, que pasa cuando dejo que se deslice?

Me confunden los poderes y olvido nombres y caras.
Los viandantes me miran como si pudieran borrarlos.

Cariño, ¿olvidaste tomarte tus medicinas?

Estaba sólo, paseando por el alfeizar, haciéndolo lo mejor posible para no olvidar
Toda esa diversión, todo ese regocijo y nuestra heroica promesa.

¿Cómo esto nos puede pasar a nosotros, me puede pasar a mí?
Y las consecuencias

Confundido por los árboles y las abejas, olvidando si lo comprendo

Cariño, ¿olvidaste tomarte tus medicinas?

Y el sexo, y las drogas y las complicaciones

Cariño, ¿olvidaste tomarte tus medicinas?

Estaba solo y en caída libre, haciéndolo lo mejor posible para no olvidar



jueves, 31 de julio de 2008

La soledad...

…soy un líder, un político, un caudillo, un guerrero: camino sobre la tenue línea que separa la locura de la cordura, pues ya no queda nadie con quien pueda compartir mi pesada carga, todo un imperio... ya no alcanzo a distinguir los amigos de los enemigos… hace tiempo que aprendí que todo tiene una causa... y que esta, raramente es noble, siquiera en los niños... cada vez son menos las personas en quien puedo confiar... en nadie ciegamente, eso es seguro... es lo más duro de sobrellevar... no la gloria, ni la segura posteridad... no la responsabilidad de las decisiones que atañen a todo un imperio...

…suenan frescas las palabras de Marco Tulio, sobremesa de una guerra: lo más complicado ahora será luchar, cada día, contra esta caterva de parásitos e inútiles que se arraciman a tu alrededor, esperando una ocasión, un tropiezo, una duda… deberás aprender a distinguir cual de ellos amasará la suficiente ambición como para intentar usurpar tu poder... haz en la política como en tus guerras: divide y conquista y ellos mismos se delatarán… luego aplasta al traidor sin levantar demasiado polvo… trata que acepte el noble gesto del suicidio... o un lejano destierro, si su muerte pudiera ser demasiado dolorosa para el pueblo o para ti... y, si no queda otro remedio, emplea la violencia contra el traidor y su familia, sin contemplaciones, arrasa sus campos y masacra su estirpe...

…me vienen al recuerdo la imagen de Vercingétorix: derrotado, deponiendo sus armas tras el asedio de Alesia... echo de menos ese olor, dulce mezcla de sudor, sangre y campos quemados... el aroma de la victoria... el placer de un enemigo postrado al que arrastraré hasta mi casa, como un trofeo, para que todo el mundo contemple el castigo de quien ose retarme, de quien ose retar a Roma...

…Roma que ruge: los cascos de mi corcel de guerra resuenan sobre el cuidado pavimento y el populacho me aclama enfervorizado... brillantes las armaduras y los correajes, relucientes los estandartes de mis legiones, que desfilan victoriosas... Vercingétorix, semidesnudo a mi grupa, con un collar y una soga que lo ata a mi montura, anda exhausto y desencajado, soporta la humillación de todo un pueblo... poder en estado puro… la plebe, patricios, senadores, magistrados, pretores y ediles que se encorvan sumisos ante lo que represento... el triunfo de Roma, que aplasta y conquista...

…en las campañas no hay matices: sabes quien es el enemigo, a quien debes masacrar... y lo haces sin dudar, hasta que el último de ellos haya caído, sin rehenes ni tribunales... pero aquí en Roma, todo es turbio e indefinido... las palabras son espadas y las conspiraciones, batallas cotidianas... los amigos, enemigos y los parientes, sanguijuelas ávidas de mi sangre... en apariencia todos quieren darme satisfacción pero a la más mínima ocasión cualquiera de ellos no dudaría en darme el golpe de gracia, si eso le permitiera medrar o enriquecerse aún más...

…siento que me fallan las fuerzas: no soy capaz de pensar con claridad… es como si me hubiera quedado atrapado en mi propia tela, esa que tejí para enredar a los parásitos que me rondan, que beben de mi poder... todos son y ninguno es... todos me complacen y todos traman a mis espaldas... me resulta tan complicado discernir...

… y ahora me convocan al Foro… quieren que devuelva el poder al senado… ¿Por qué habría de hacerlo?... ¿por qué, si el ejercito está de mi lado, si el poder es todo mío?...

miércoles, 30 de julio de 2008

Dessestressándo-me





Impresionante tema de los Pixies, interpretado estupendamente por el propio Frank Black (ex-lider de Pixies) y Placebo, durante un concierto en París de estos últimos. Se la recomiendo con fervor, porque por mucho que la escuche... sólo me transmite buen rollo.

miércoles, 23 de julio de 2008

Espuma y cenizas

La foto

La espuma de los días, de los meses e, incluso, la de los cientos de años, siempre igual, se deshace al pie del acantilado, con cada chasquido de ola sobre su lomo. A esta distancia, que se me antoja kilométrica, puedo ver los jirones de blanca espuma deshaciéndose, perpetuos. Es como si lo llevaran intentando durante siglos, sin conseguirlo. Una lucha de desgaste milenaria.

Desvío la vista del fondo del precipicio y me centro en Teresa. Sonríe para si mientras me mira; debe llevar un rato observando como pierdo mis pensamientos frente al mar, siempre me pasa igual. Sostiene entre sus brazos a Sara, que todavía no ha cumplido un año y ya clava la mirada como lo haría un adulto. Les saco unas fotos mientras bromeo, tratando de arrancar una sonrisa para mí.

No me di cuenta en ese momento pero había conseguido atrapar con mi cámara un momento certero de felicidad; casi nunca nos damos cuenta mientras nos sucede. Fue después, cuando revelé las fotos que hice aquel día de sol inclemente en el cabo de San Antonio. La mirada de Sara emergió desde fondo de la cubeta, como la de su madre, directa al objetivo, entornada por el sol, reflejando nítido el hilo de la inteligencia. Al fondo el faro y un trozo de mar azul, oscuro, jalonado de pequeñas olas que llegan ufanas al final de su viaje: jirones de blanca espuma.

Jirones de blanca espuma

La carretera se encarama, estrecha y sinuosa, a lomos del cabo. Sara, a mi lado, pierde sus pensamientos a través de la ventanilla; su mirada se mantiene fija en el horizonte y en los pedazos de mar que aparecen y desaparecen tras cada curva. Creí que se pasaría el viaje llorando, pero ha conseguido contenerse. Apenas ha hablado y yo tampoco he querido perturbar sus pensamientos. Es algo que debemos hacer, los dos lo sabemos, no hay mucho más que hablar. Ambos lo decidimos, desolados, el día que murió Teresa.

Sopla poniente y el pelo de Sara se enmaraña rabioso hacia el mar. Permanece erguida frente a una pequeña valla de madera que la separa de ese vacío cortado a pico que es el acantilado, sobre el que se posa el faro de San Antonio. Con la urna entre sus manos, pierde el pensamiento en la misma espuma en que yo lo hacía, siempre que veníamos aquí, casi cada verano, antes de la enfermedad de Teresa. Sara es idéntica a ella. Me mira y me sorprende en una sonrisa pausada. Ahora, a sus quince años, aún no parece comprender el por qué de mi gesto, pero estoy seguro que lo hará, tarde o temprano, no hará falta explicárselo, es inteligente.

Las cenizas de Teresa vuelan arrastradas por el viento hacia un horizonte discontinuo;.Quiero creer que van en busca de todos los pensamientos que perdí aquí, mientras ella me observaba y sonreía para si. Sobrevuelan un Mediterráneo que hoy se ha vestido de azul intenso y plata, como si recordara que es ese tu color favorito… azul, oscuro, jalonado de pequeñas olas que llegan ufanas al final de su viaje: jirones de blanca espuma.

domingo, 20 de julio de 2008

Treinta y siete grados

El termómetro en la ventana no para de subir. Apoltronado en el sofá trato de moverme lo menos posible. Cada movimiento es un esfuerzo insoportable. El calor sofocante ralentiza la realidad que me rodea y el tiempo parece dilatarse igual que el mercurio del maldito termómetro, que no para de subir. Me viene al recuerdo la canción de Radio Futura, “treinta y siete grados y un montón de huesos…” que empieza a sonar machacona dentro de mi cabeza. La tarareo para intentar que salga pero no hay manera. ”…con algo de pellejo alrededor…”

Mi vecina, la Juana, acaba de salir al patio, supongo que a tender la colada. Si no hiciera tanto calor iría hasta la ventana, como cada día, y la observaría a hurtadillas por entre las cortinas. La ventana está abierta de par en par así que puedo oír como canta mientras tiende los calzoncillos de su marido, que es un mierda, que no la merece. “Arde la calle al sol del poniente…”. Vaya casualidad… también le ha dado por Radio Futura. No sé si estamos conectados o si me oyó tararear antes. Preferiría lo segundo, significaría que está pendiente de mí, que le intereso más de lo que da a entender.

Canto un poco más alto para comprobar si mis deseos son reales o se trata de un delirio más producido por el calor pegajoso: “No tocarte, o quizás, podría devorarte…” De entre las cortinas silba una respuesta que se mezcla con humedad de mar de verano y llega hasta mí espesa: “Eres tonto Simón y no tienes solución...” Me quedo congelado por un instante… me escucha, y yo a ella… pero estoy tan abrasado que no sé interpretar que querrá: ¿Seré tonto por cantar, porque no la entiendo o porque realmente piensa que lo soy?

Cierro los ojos y rasco en mi mente calenturienta. Dibujo su cuerpo lozano desnudo sobre la playa de arena fina. El sol justiciero empapa su figura, el mar en calma chicha y las sombras violentas que destacan aún más sus senos prominentes. El vello de su pubis es azabache y rizado. La miro pero no la toco. Sólo acierto a tocar mi polla, erecta como el mástil del barco que cruza por el mar de mi imaginación.

En el clímax de mi fantasía, justo cuando voy a eyacular en las tetas de Juana, la lozana, el sonido del timbre de la puerta atraviesa por entre la espesura de la habitación. Con pereza rabiosa me levanto, con lentitud dejo escapar a la Juana y a mi playa; acudo hasta la puerta y allí está ella, con su vestido de flores pegado al cuerpo, los pezones que se marcan sin pudor y la melena larga, negra y rizada, como su pubis, suelta… cubriendo esos ojos de mar profundo que me quitan el sentido.

-¿Eres tonto, Simón, o quieres que me ponga el disfraz de pecadora? -dice

Esta tarde, por fin, el termómetro va a reventar, el muy hijo de puta.




viernes, 11 de julio de 2008

Rutina implacable

Ricardo tiene la manía -persistente- de dejarse engañar por Aurora.

La pasada noche, después de una agradable cena con amigos, durante una sobremesa de confesiones al albur de las copas, se encontró con la certeza de frente: aquella mujer de aspecto resoluto y feroz carácter con la que estaba compartiendo su vida, no era la que él hubo creído. La realidad parpadeó por un instante, diáfana, de una evidencia hiriente y desesperada. En un instante, la inocencia impostada, el artificio de precario equilibrio que había sido su amor, bajó el telón y la obra que hasta entonces se había representado encima de aquel escenario que era su existencia compartida, acabó, sin más… aunque el aún no lo sabía, o quizás sí.

Se acomoda en el tren -siempre el mismo vagón, siempre a la misma hora, de lunes a viernes, camino del mismo trabajo, recorrido inquebrantable de rutina implacable - y su pensamiento se pierde a través de la ventanilla empañada de lluvia de mayo. Tras ella, borroso, se despliega un paisaje monótono de suburbio madrileño: la autopista atascada, al fondo; antenas sobre edificios monocordes, graffitis sobre muros semi derruidos, en primer plano… todo se jaspea entre esa mezcla de gris y ocre que son las riberas de la vía del tren de cercanías que une Parla con Madrid. Todo quiere ser lo mismo pero ya nada es igual para él, para Ricardo, que trae a su pensamiento, frente a aquel paisaje invisible -como invisible había sido, hasta el pasado sábado- la verdadera realidad de su amor.

-Tú sabes que yo siempre estaré a tu lado, que nunca te fallaré. Sabes que te quiero más que a nada en este mundo.

-¿Qué mundo? –se pregunta.

Las palabras de Aurora resuenan frescas en su memoria deshilachada. Se las había dicho tantas veces que había llegado a creerlas, se habían convertido en una letanía a la que aferrarse cuando ya no quedaba otra, cuando a Aurora se le escapaba algún ramalazo que hiciera palpable que él no le importaba lo más mínimo, que no era más que otra pieza de un puzzle que ella había ido construyendo en sus horas libres; pieza solitaria en mitad de una composición que nunca acabaría de comprender en su totalidad; hechos desechados, relegados hasta un estante de complicado acceso dentro de su memoria… por cobardía… por temor a que lo que allí pudiera encontrar desviara para siempre el cauce trazado, que es el que tiene que ser, que no puede ser otro.

Hasta la pasada noche, en la que una risa cruel reflejada en el rostro de Aurora, un comentario desafortunado que busca el absurdo lucimiento de la embriaguez, una mirada cómplice a otro que no es él, a otro que no es él, a otro que no es él…con el que era su compañero de trabajo, su amigo, acabó por desbordarlo; datos que anegan crueles su consciencia.

Ahora, frente a la ventanilla del tren, ha comenzado a colocar todos esos recuerdos abyectos, uno tras otro, y su propio puzzle ha terminado de cobrar forma.El cristal empañado sirve como base sobre la que ir completándolo, la lluvia fina lo enmarca. Puede ver la cara de la certeza, que le sonríe cruel y que muestra con su gesto que hasta este instante había estado huyendo de la evidencia.

Como una señal del cielo, suena el teléfono móvil y en la pantalla luminosa aparece el nombre de Aurora, que parpadea rítmico y sin emoción. Ricardo contesta con su voz apocada, apenas audible:

-¿Sí?

-¿Cariño?... no me esperes hoy a cenar que me ha surgido una reunión en el trabajo.

-¿Otra?... vale, no te preocupes

-Acuérdate de dar de cenar a los niños, puedes prepararles unos huevos fritos con patatas, que hace mucho que no los comen y a ti te salen de maravilla- y ríe hueca .

-Eso esta hecho, cielo, ya me encargo yo, tú levanta España.

-Bueno, casi seguro que llegaré tarde así que no hace falta que me esperes despierto.

-Vale, chao

-Chao

Son las nueve de la mañana y todo sigue igual que siempre… recorrido inquebrantable de rutina implacable.