lunes, 12 de enero de 2009

Nostalgia (ruego me perdonen)

Aún recuerdo los días en que todo tenía su sitio, en los que los acontecimientos, -su sucesión-, no necesitaban de explicación porque todo encajaba sin fricciones. Nada chirriaba. Son recuerdos borrosos, prendidos del acantilado de mi memoria, recuerdos de infancia.

Mi hija se mira en el espejo de la habitación. Tiene cuatro años pero ya se mira como lo haría una mujer adulta. Una luz tenue ilumina la estancia, luz de hogar. Yo leo un cuento, recostado en la cama, y la observo furtivo, tratando de que ella no se dé cuenta. No lo sabe pero es ella la se ha encargado de ir rescatando muchos de esos recuerdos que yo creía perdidos. A veces, como ahora, la serenidad me encuentra observándola, los ojos perdidos en el acantilado y una sonrisa que se esboza tenue. La realidad se me escurre entre los dedos y, por unos instantes benévolos, se fusiona perfecta con mi pasado.

Añoro tanto, -tanto-, mis días felices de infancia, de despreocupación, que me duele. Porque yo ya no los siento como los siente ella.

Yo sólo los puedo recordar.

jueves, 8 de enero de 2009

Copenhague (La Vetusta Morla)

El corría, nunca le enseñaron a andar,
se fue tras luces pálidas.
Ella huía de espejismos y horas de más.
Aeropuertos. Unos vienen, otros se van,
igual que Alicia sin ciudad.
El valor para marcharse,el miedo a llegar.
Llueve en el canal, la corriente enseña el camino hacia el mar.
Todos duermen ya.Dejarse llevar suena demasiado bien.
Jugar al azar,nunca saber dónde puedes terminar... o empezar.
Un instante mientras los turistas se van.
Un tren de madrugada consiguió trazar
la frontera entre siempre o jamás.

Ella duerme tras el vendaval.
No se quitó la ropa.
Sueña con despertar
en otro tiempo y en otra ciudad.




martes, 9 de diciembre de 2008

Recurrencia

Leo acababa de tocar con los nudillos sobre la puerta metálica y esperaba, en mitad de un callejón en penumbra, encogido de frío, a que Berni abriese. Golpeaba rítmicos los pies en el suelo mientras exhalaba aliento vaporoso sobre sus manos enguantadas. Últimamente las cosas no le estaban funcionando muy bien. Había arriesgado demasiado en las últimas partidas. Se encontraba en esa espiral que comienza cuando uno se percata de que ha perdido demasiado y que ya no hay vuelta atrás. La razón se echa entonces a un lado y sólo el azar y la desesperación rigen los actos. Una sola idea ocupaba su mente, como la única salida posible:

-Dar la campanada – repetía para si mismo como una gastada letanía

El pensamiento de que sólo necesitaba ganar lo suficiente como para salir a flote y comenzar de cero, pasó fugaz por su cabeza. No era la primera vez que atravesaba este desierto. Conocía cada uno de sus espejismos y ya no se engañaba; se había repetido demasiadas veces la milonga: sabía de sobra que si el azar volvía a guiarle por el camino correcto, si permitía que ganara aquella noche, pagaría a los prestamistas y seguiría su travesía por aguas plagadas de remolinos, lejos del remanso.

De lo contrario acabaría sus días en algún callejón maloliente, maldiciendo su estupidez. No le asustaban ni el dolor ni la muerte. Lo que le producía temor era su propia imagen, inerte entre contenedores de basura y orines de mendigo, mordisqueado por las ratas. Un cadáver deteriorado y anónimo que nadie reclamará como suyo pues nadie notará su ausencia.

-¿Qué pasa, Leo? ¿A quemar el último cartucho? –la voz aflautada sale desde un agujero cuadrado, grotescamente disimulado sobre la puerta.

-Veo que las noticias vuelan... anda, abre que se me están congelando las pelotas.

-¿Qué quieres, tío?, debes pasta a media ciudad, incluido mi jefe –dijo Berni mientras descorría cerrojos. Asomó entonces su figura encorvada, apenas sí cabía por el marco de la puerta.

Berni era un tipo de aspecto temible pero si charlabas un rato con él llegabas a olvidar que podía partirte el cuello con sólo dos dedos. Podía, incluso resultar afable si uno era capaz de olvidar ese rostro romo, de rasgos difusos, demasiado golpeado por la vida y por oponentes de piernas y puños más rápidos que los suyos.

Leo se llevaba bien con él, procuraba reírle las gracias, aunque no se engañaba, tenía claro que podía hacerle papilla con sólo una insinuación de Tatín, amo y señor de aquel feudo de inmundicia.

-Seguro, Berni, que ya me lo has oído decir un montón de veces, pero noto que esta noche la diosa Fortuna me va a ser proclive.

-Claro, Leo, como no... –Berni no sabía muy bien el significado de proclive, ni tampoco sabía que Fortuna fuera una diosa, si bien no le importaba demasiado. Cerró todos los cerrojos, se sentó en su banqueta, y con la mirada neutra, fija en la pared, añadió –... eso sí, ya puedes ganar.


*****


Despuntaba gélida la mañana cuando Leo salió del tugurio. Inclinó la cabeza hacía atrás y aspiró hondo; dejó que el aire, limpio de frío, le penetrara profundo. Tenía el rostro desencajado de cansancio y farlopa, llevaba más de cincuenta horas jugando sin parar. No había tenido ni una buena mano. Fortuna le había vuelto a dar la espalda, la muy zorra. Supuso que ya se había cansado de sacarle de todos los atolladeros, que ya había agotado su cupo.

No podía pensar con demasiada claridad porque decenas de rostros se colaban en su pensamiento, como fogonazos, y todos decían lo mismo, unos severos, como el de su padre, otros resignados, como el de su ex mujer, otros entre risas borrachas, como los de sus ex compañeros de trabajo y alguna que otra puta: “Te lo dijimos” –repetían como martillos neumáticos de mañana cabreada. Y entre todos sólo uno sereno, el de Sara, la última mujer que le supo comprender... tanto que tuvo que abandonarla.

Debía volver a la partida pero algo le detuvo en el último momento. Miró en su cartera. Apenas le quedaban trescientos euros y lo que dieran de sí las tarjetas de crédito, que no sería mucho, mil o mil quinientos más. Salió con paso apresurado del callejón, comprobando cada poco que nadie le seguía. Paró un taxi: “A la estación de Atocha”. Compró un billete hasta Altea, con enlace en Alicante, que pagó con tarjeta. Se alojó en un pequeño hotel que, encaramado en la montaña, ofrecía unas magníficas vistas de la bahía y el pueblo.

-¿Va a quedarse mucho tiempo, señor? –preguntó la recepcionista con marcado acento británico

-Unos días, quizás semanas... no lo sé aún.

-¿Sin equipaje? –preguntó extrañada.

- Así es.

-Necesito que me deje su tarjeta de crédito y que firme aquí.

-¿Podría ser la 205? –preguntó Leo con voz cansada y apenas audible.

-No está disponible, señor, le puedo dar la 204, es justo la de al lado. Son iguales, las vistas también son esplendidas.

-Gracias, estará bien pero… ¿podría avisarme cuando la 205 quede libre? –trató de fingir cordialidad.

-Por supuesto, no hay problema con eso.

-De nuevo gracias –la muchacha sonrió cortés mientras Leo cogía la llave y se dirigía con paso desencajado a su habitación.

Fue en la 205 en donde pasó el último verano con Sara, hacía ya tanto de eso que le pareció que fue otro el que lo vivió… y quizás así fuera pues él ya no se sentía el mismo de entonces.

Fue un impulso, –eterno guía de su desfiladero-, lo que le llevó hasta aquel lugar. Como un perro que acude a morir a la tumba de su amo, él había regresado al único recuerdo benévolo que le quedaba. Descorrió las cortinas, abrió la ventana que daba acceso al balcón y permaneció allí, quieto y mirando el mar embravecido de invierno, durante largo rato. La campana de la iglesia dio las ocho. Luego se acostó y durmió, acunado por las olas y el plácido recuerdo de Sara, durante tres días seguidos.


****


No tardaron demasiado tiempo en localizarle, apenas un par de semanas. Tampoco él había hecho nada para ocultarse. Sin dinero habría sido absurdo intentarlo. Lucio no se cebó con él a pesar de que le pidieron que fuera especialmente “meticuloso e incisivo” con aquel encargo. La puerta estaba abierta y lo encontró sentado en la terraza, fumando un pitillo. Estaba tan absorto en el profundo del mar que pareció no escuchar su nombre. Llevaba la derrota dibujada en el rostro y ni siquiera suplicó una vez. Se limitó a decir: “Haz lo que tengas que hacer”.

No se puede decir que haya algo en este mundo capaz de conmover a Lucio, pero tampoco se puede negar que, en su extraña escala de valores, en lo más alto de su admiración, se encontraban los que no suplican; aquellos que saben aceptar su destino con deportividad o alivio. Y en cierto modo, eso le volvía magnánimo, como a los dioses que marcan caprichosos nuestros designios.

Leo murió de un único disparo en la base del cráneo, mientras respiraba mar, no sin antes dar gracias a la diosa Fortuna, por permitir que muriera allí, enroscado en su recuerdo, y no en un sucio y frío callejón anónimo, a manos del afable Berni.





martes, 2 de diciembre de 2008

A medio camino

Resido en el número 16 de la calle Olvido, justo a medio camino entre la memoria y ninguna parte. Vivo confinado en mi pequeña cámara de paredes oscuras, apenas iluminada por la luz de un candil minúsculo. Escribo día y noche, siempre sobre lo mismo, siempre sobre ese instante en el que nos encontramos a la orilla de un mar en calma: tú estás tumbada sobre mis piernas, contemplando las nubes. Surcan como galeones erráticos un cielo azul intenso de verano. Juegas a dibujar sus formas, como cuando eras una niña. Yo sólo pienso en nosotros, en lo imborrable de este momento. Entorno los ojos y dejo que el sol me golpee tibio.

No pienso en que llegará un día en el que el viento de la vejez me arrastrará al ostracismo, aquí, en el número 16 de la calle Olvido.

Mi nombre es Recuerdo y tú ya sólo existes dentro de mí.

jueves, 13 de noviembre de 2008

2 Ensaimadas

Desde el momento en que nos anunciaron que Claudia, su esposa, había muerto, supe –lo leí en sus ojos gastados de lágrimas- que Gabriel nunca volvería a ser el mismo.

Lo cierto es que intenté, por todos los medios a mi alcance, que Gabriel saliera del remoto lugar en el que sólo existían el dolor y la culpa. Traté de hacerle comprender que debía seguir adelante, que aquello era un bache que se podía superar, que volveríamos a disfrutar de todas esas cosas divertidas que nos gustaba hacer juntos.

Hasta el día en que me di cuenta de que mis palabras eran como peregrinos errantes sin un santuario al que llegar. Y es que Gabriel ya no atendía a las voces de los vivos, por lo menos no a las de aquellos que todavía habitábamos en un mundo de realidad al que él había renunciado sin dar explicaciones… supongo que porque no existían, igual que no existía un camino para mis palabras peregrinas. Se exilió en la soledad de una casa vacía de Claudia y en el alcohol. Se pasaba horas delante del ordenador, navegando por foros y salas de chat, construyendo a través de Internet una vida que no existía más que en su trastornada imaginación. Escribía poemas sin sentido, palabras de desgarro que habían acabado por convertirse en una espiral cuyo vórtice era el abismo.

La última vez que acudí a su casa, seis meses después del entierro de Claudia, tuve que decirle que la empresa había decidido prescindir de sus servicios. Cuando la dirección planteó, en una reunión ordinaria del consejo, el tema de su cese, me sentí tácitamente obligado de ser yo el que le comunicara la noticia. El presidente habló de mandarle un burofax, pero mi ética personal -o eso creía yo- me impedía escabullirme de una obligación que entendía como mía e ineludible. Intentaron, no obstante, persuadirme con argumentos que a mí me parecieron sólo propios de cobardes insensibles. Entendía el despido, entendía que en una gran corporación los buenos sentimientos tienen fecha de caducidad y que allí nadie consiente que un alcohólico, perdedor y sin ganas de vivir, siga cobrando una nómina. La productividad es un término que no admite matices en el mundo de las grandes corporaciones pero, en aquel caso, no se trataba de un frío número sino de mi amigo.

A pesar de que todo indicaba que aquello no podía salir bien, me presenté en su casa una fría mañana de domingo y llamé repetidamente al telefonillo hasta que abrió. Llevaba cuatro meses sin verle -no había aceptado recibirme hasta entonces- pero cuando lo encontré esperando en el rellano de la escalera me pareció que hubieran pasado dos siglos. Yo, que buscaba un remedio desesperado, un acto que lo cambiara todo, había comprado unas ensaimadas en Viena Capellanes, nuestras favoritas; quería hacer un último intento por comunicar con él, apelar a los tiempos en los que todo estaba bien. Todavía no había dejado de sentir que su fracaso se debía a mi prematuro abandono, a mi falta de insistencia, que yo era su último asidero y que le había fallado. Quise imaginar que nos sentaríamos, como tantas otras veces, a desayunar y charlar tranquilamente en la cocina, frente al enorme ventanal que la presidía. Recuerdo que a través de aquella ventana se podía disfrutar de una hermosa vista del parque del Retiro, sobre todo en mañanas soleadas de inverno incipiente, en las que el sol calentaba tibio y el parque aparecía cubierto por las últimas hojas secas del otoño. Ni siquiera llegué a mirar a través de ella porque no pude llegar hasta la cocina.

Me detuve en el rellano de la escalera, estupefacto, y escondí la bolsa de ensaimadas en un bolsillo del abrigo, fue un acto reflejo. Todavía no acierto a entender como se me ocurrió semejante majadería., como pude pensar que iba a arreglar aquello con unas simples ensaimadas. En aquel momento me parecía mentira que Gabriel, siempre impecable, sonriente y cortés, hubiera llegado a semejante estado de deterioro personal. Cuando traspase el umbral y accedí hasta el salón, sentí ganas de vomitar. La estampa general, el conjunto de su figura enfundada en un sucio pijama, desaseado y maloliente, en aquel lugar que fue su hogar, parecía sacada de una novela de Henry Miller. Aquella casa, que fue lugar de luz, decorada con esmero, acogedora… aquel salón al que tantas veces había ido a cenar con mi mujer y con mi hijo, aquel pedazo de mi vida, en el que compartimos tan buenos momentos, parecía un estercolero, una de esas estaciones de autobús infecta y maloliente, plagada de botellas vacías, vómitos y orines de borrachos allá donde se mire. Sentí indignación y pena. Pensé que aquella era la peor de las formas para guardar la memoria de Claudia, aunque, quizás, era eso precisamente lo que Gabriel pretendía: lo más probable es que lo único que buscara era borrarla de su recuerdo… a ella y todo el dolor que traía consigo.

Me ofreció un trago de vodka directamente de su botella, tenía los ojos perdidos en una expresión de imbécil y siquiera daba muestras de saber quien era yo, quien había sido. Armado de mi indignación, de un modo abrupto y rayano en lo desagradable, di cuenta de mi parte en aquella penitencia que me había impuesto. Apenas alcanzó a articular algunas palabras, algo así como que se lo esperaba y que lo entendía y yo ya estaba saliendo por la puerta. Huí despavorido, y sin mirar atrás, aliviado y culpable, tiré la bolsa con las ensaimadas en una papelera del parque. Pensé que todos aquellos que me aconsejaron no ir, tenían razón.

Gabriel desapareció un par de semanas después de mi visita. Vendió su casa y borró su rastro. En estos últimos diez años, he oído todo tipo de rumores -desde que se hizo marinero hasta que dormía bajo un puente- pero cada vez que he intentado seguir su estela he llegado a lugares sin salida.

Anoche tocaron a mi puerta. Cuando abrí no había nadie, sólo una bolsa de papel de Viena Capellanes con dos ensaimadas en su interior. No sé que demonios querrá decir, si significará que me ha perdonado o si simplemente reclama venganza, pero al menos sé que vive... y que recuerda.

viernes, 31 de octubre de 2008

La Mamba

Era fea a rabiar. Me lo había comentado un compañero antes de que entrara por primera vez en su despacho, pero no fui capaz de imaginar que algo así fuera posible hasta que la tuve delante. Recuerdo que estreché su mano y miré a bocajarro a sus ojos, que no se sabía a ciencia cierta, si iban o venían. No les voy a decir que al estar en su presencia uno tuviera ganas de vomitar ni nada por el estilo, no soy amigo de las exageraciones. Simplemente resultaba difícil apreciar su fisonomía sin asombrarse de lo mal colocado que tenía todo.

Ese detalle condujo, en aquella primera reunión, a una situación incomoda ya que cuando me percaté de que el asombro que estaba experimentando podría traspasar más allá de mi pensamiento y adquirir rango de gesto, comencé a comportarme como un auténtico imbécil. Quiero decir, como uno de esos idiotas tipo Jerry Lewis, que llegada una situación no saben muy bien como actuar y se van poniendo más y más nerviosos cada vez, hasta que llegan al punto en que definitivamente parecen auténticos memos. Así de fea era la tía… capaz de descentrar al más templado sólo con su cara, sin esforzarse.

-¿Qué te dije? –preguntó el compañero cuando salí del despacho. Ni siquiera le contesté.

Quizás la mejor terapia hubiera sido soltar una enorme carcajada pero, por desgracia para mí, se trataba de mi jefa y aquel era mi primer día de trabajo. No fue el mejor de los comienzos pero me imagino que estaría acostumbrada a reacciones parecidas porque ni se inmutó ante mis muestras de anormalidad congénita. El ser humano es predecible hasta decir basta y si yo, que me considero hombre de nervios templados, reaccioné así, no quiero imaginar otros casos. Debía estar acostumbrada.

Había accedido a aquel trabajo de pasante, en un prestigioso bufete de Madrid, tras un duro proceso de selección en el que nos hicieron pruebas de todo tipo. Se trataba de una oportunidad para alguien recién licenciado como yo. Tenía un impecable expediente y aquel puesto significaba el espaldarazo necesario. Sólo se trataba de estar dos años trabajando como una animal por una mierda de sueldo y no pensar demasiado en ello. O eso creía yo. En realidad el precio a pagar por el billete al mundo de las buenas oportunidades, fue mayor que eso porque fui a caer en manos de la depravada Mercedes Carvajal, alias La Mamba, en su otra vida.

Como digo, no dio muestras de sorpresa. Quizás porque tenía su venganza preparada desde mucho antes de que yo entrase en su despacho por primera vez. Con el tiempo descubrí que no sólo era fea, sino que era muy capaz de hacerme la vida imposible a pesar de que trabajaba como un cabrón. Además era una depravada sexual. ¡Qué paradoja, ser ninfómana y estar encerrada en semejante envoltorio! Me pregunto si sería así de hijadeputa y estaría así de salida si tuviera un rostro, ya ni digo guapo, pero al menos normal, del montón. Lo suyo parecía una venganza más que una actitud.

Me tenía cogido por los huevos porque, aparte que podía, cuando le viniese en gana, pegarme una patada en el culo sin tener que explicar nada a nadie, era ella quien tenía que escribir las cartas de recomendación al finalizar mis dos años de esclavitud. Sería ella la que daría referencias de mí a todo el que llamara. Tenía en sus manos el veredicto del que dependía mi futuro laboral. Era ella la que decidiría si yo acababa trabajando en algún prestigioso bufete o como asesor jurídico de una empresa familiar de Villaboyullos de Abajo.

Yo era, literalmente, su esclavo.

A La Mamba le gustaba vestirse de cuero y sentir que dominaba todo. Al menos, cuando me encadenaba al potro, enfundada en su traje negro de piel de serpiente y armada con una fusta, tenía el detalle de ponerse una máscara que cubría casi toda su horripilante fisonomía. Aún así, me resultaba muy difícil dejar de imaginar su mirada bizca, que se colaba sin permiso en todos mis amagos de fantasía, destrozándome la libido una y otra vez. Tenía que realizar esfuerzos ímprobos para excitarme ante semejante panorama, lo cual hacía que ella se excitara más, vayan ustedes a saber por qué extraño proceso mental. Lo que está claro es que nos movíamos en polos opuestos en lo que al asunto de sexo respecta. Cuando por fin conseguía mantener mi pene erecto, me cabalgaba y me azotaba con la fusta hasta alcanzar un éxtasis exterminador en el que se ponía a chillar todo tipo de barbaridades obscenas y en su mayoría ofensivas. Era como si se volviera loca de remate, una involución total a sus orígenes africanos. ¿Se lo imaginan? Como digo, un auténtico infierno que ni siquiera Dante hubiese atinado a describir fielmente, que decir yo.

En fin, amigos, que todo en esta vida pasa y yo conseguí atravesar firme (o casi) aquel mar proceloso en que se convirtió mi vida durante aquellos dos años. Apenas me han quedado secuelas, tan sólo alguna que otra pesadilla de vez en cuando, cada vez menos. No se pueden imaginar lo fea que era.

Quizás piensen que perdí mi dignidad en todo aquel asunto, pero yo les aseguro que siempre lo he considerado como una obra de caridad. Es una cuestión de óptica, como casi todo en mi profesión, ¿no creen?

lunes, 20 de octubre de 2008

Un último pitillo antes de partir

En esta habitación de hospital, me vienen al recuerdo los veranos de mi adolescencia, recorriendo España con mi padre, a bordo de un camión destartalado.

Le acompañaba en sus viajes porque él no se podía permitir dejar de hacer sus portes. Mi madre nos abandonó cuando yo todavía era un crío y mis tíos me acogieron en su casa. Durante el curso lectivo hacía una vida de familia normal, mis tíos ejercían de padres y mis primos de hermanos. Nunca me sentí mal, lo cierto es que me educaron como a uno más de sus hijos. En las vacaciones de verano, mientras ellos se iban al pueblo yo me iba a trabajar con mi padre.

- Así matamos dos pájaros de un tiro, David –me dice con la mirada fija en la carretera y el pitillo eterno en la comisura de los labios –aprendes lo duro que es trabajar y pasas algo más de tiempo con tu padre, que te viene bien… es bueno para ti, tú aún no lo sabes pero me lo acabarás agradeciendo, ya verás.

Hace unos días me llamó mi tío Julián para decirme que lo de papá era cuestión de días, que hasta el sacerdote le había dado la extrema unción. Supuse que si había permitido que un representante del clero se acercara a él es que la cosa era más que preocupante. Lo supuse porque hacía varios años que no lo veía, que apenas hablaba con él, y no es infrecuente que la gente cambie de creencia cuando comienza a verle los colmillos a la negra dama. Ahora que le acompaño en su recuerdo de los veranos a bordo del camión, me doy cuenta que ha sido una estupidez suponer que alguien como él fuera a dar su brazo a torcer, ni siquiera con el frío aliento de la muerte soplándole el cogote.

Trabajábamos como mulas, de ciudad en ciudad, transportando casi cualquier cosa, a bordo de un camión anacrónico que aguantaba como un jabato el paso de los años. Como él, que aún permanece en mi retina, joven y vigoroso, aunque ahora lo vea débil y enfermo, postrado y lleno de tubos en la cama de este hospital.

Surcábamos llanuras hasta el horizonte y franqueábamos puertos a través de carreteras de dibujo tembloroso.

Regreso con él hasta una calurosa mañana de agosto: Las ventanillas bajadas y el aire que golpea tórrido en mi cara. Las manos apoyadas en el borde de la ventanilla y mi barbilla sobre ellas. Aspiro hondo el olor de campo y gasolina mientras escucho el bronco ruido de un motor demasiado traqueteado. Suenan coplas en la radio y mi padre canta a pleno pulmón, como siempre que ponen a la Piquer.Detiene el camión en el arcén y me ofrece un pitillo. Nos quedamos fumando en silencio, cada uno con nuestros pensamientos. Señala el cielo y me golpea el brazo:

-Mira David, es un avión… ese llegará antes que nosotros. –exhala el humo de la última calada y me mira sonriente, supongo que mi cara de admiración tiene mucho que ver. Hasta ahora sólo los había visto en las películas que pasan en el cine de mi barrio y me quedo cautivado viendo como aquel pequeño punto surca veloz, suspendido en el cielo raso, dejando una estela de nubes en su cola.

- ¿Dónde llegará, papá? –pregunto mientras lo veo desaparecer en el azul pálido de la tarde.

-Que sé yo hijo, a París, a Roma, a Nueva York, lejos, muy lejos de aquí... –en su rostro se dibuja una sonrisa amarga mientras me acaricia la cabeza y vuelve a perder la mirada en las alturas –...ahora tenemos que continuar, que se nos va a echar la noche encima y aún queda trecho hasta Ávila.

Escucho Nueva York y me viene a la cabeza King Kong, atrapado en lo alto del Empire State Building, con la chica en sus manos y las avionetas disparando hasta darle muerte. Pienso que llegará el día en que sea yo el que cruce el océano a bordo de uno de esos pájaros de hierro, que podré ver y tocar el lugar donde dieron muerte al gorila, subir hasta la terraza del último piso y ver lo que él vio antes de caer al vacío.

-Aterriza, David, ya te lo he dicho mil veces –mi padre me mira entre severo e irónico –todas esas fantasías que tienes en la cabeza son como una carretera a ninguna parte, no te van a a dar de comer en el futuro… el trabajo es lo único que importa, eso y ser honrado, déjate de sueños que esos no te llenan el estómago.

La misma noche de la llamada de mi tío cogí un vuelo desde Nueva York, donde trabajo como agregado cultural en la embajada. He viajado con el temor puesto en que no iba a llegar para despedirme de él y sé que, a pesar de que el tiempo y el espacio se han encargado de distanciarnos, nunca podría perdonármelo. Después de varios años sin pisar Madrid, he llegado a tiempo pero ya no me reconoce: ha transportado su mente hacía un pasado que debe resultar más reconfortante que la realidad de esta habitación en donde lo único que se percibe con claridad es el aroma de la muerte, que flota denso en cada esquina.

Y ahora aquí estamos los dos, viendo atardecer sobre la Sierra de Gredos, aparcados en el arcén, fumándonos un último pitillo, en silencio.

sábado, 11 de octubre de 2008

Ser o no ser

Jadeante avanza por entre los árboles del bosque, sus pies desnudos van dejando rastro de sangre sobre las hojas secas y la nieve incipiente. A trompicones, con ojos desencajados que miran en todas las direcciones y no ven nada, que sólo sienten como el sudor y la sangre, que recorre desde la frente hasta el párpado, les penetra cegándolos.

Corre desesperado como sólo lo puede hacer alguien que huye de la muerte, que ha visto sus fauces y ha podido esquivar una primera embestida, negra y helada como nada nunca antes. Se detiene exhausto. Puede escuchar los pasos crujiendo tranquilos entre las hojas, no muy lejos. Y su risa…


- ¿No ves que no puedes ir a ningún lado, desgraciado? Descalzo, maniatado y medio ciego... hay que joderse... ¿Has llegado a atisbar esperanza o sólo ha sido tu instinto de supervivencia actuando autónomo?... es una gran pregunta, no creas...verás... yo tengo la teoría de que llegadas determinadas circunstancias, como las que nos ocupan... bueno, las que te ocupan a ti, para ser más exactos, decía... en determinadas circunstancias el ser humano deja de lado cualquier atisbo de racionalidad y retorna, inevitablemente, a un estado primigenio que creía olvidado pero que, ¡oh, sorpresa!... anida aletargado en su interior... sólo hace falta una dosis de adrenalina, como la que te ocupa, para despertarlo...


Lucio se queda mirando el horizonte de montañas cubiertas por las primeras nieves del invierno y enciende un pitillo; con la primera exhalación de humo y vaho, sigue hablando.

- ...a mi me gustaría sentirlo, ¿sabes?... a veces me digo que ese hecho, tan simple, es la razón por la que soy tan buen asesino... exterminador, diría yo. Consigo controlar mis dosis de adrenalina en cantidad suficiente para que mi cabeza no se descontrole y deje de pensar... si estuviera en tu posición, si por prédica divina cambiáramos nuestros papeles en este mismo instante, ya hace tiempo que hubiera asumido mi destino y estaría, más que probablemente, tranquilo y pensando... ¡qué te jodan! Pero esta claro que tú no eres de esa pasta y que el animal que llevas dentro te ha poseído y paraliza tu razón... pero bueno, esto es algo que carece de importancia en este momento ¿no crees?... nada va a cambiar el final del cuento



- ¡Qué te jodan! -acierta a balbucear aquel desecho de mediana edad, con sonrisa balbuceante y apenas perceptible- ¡Qué coño, hijoputa, tienes razón¡... ¡Me cagüen ti y en tos tus putos muertos! – quiere continuar pero no puede; comienza a toser mientras ríe con carcajada entrecortada.


Lucio carga su Beretta, no atiende a rituales y dispara a quemarropa en la frente de Paco Luciérnagas, de profesión contable, de afición desfalcador. Ni siquiera ha terminado su cigarro pero es que nadie se caga en sus muertos, que son suyos y de nadie más.


Nuevamente se queda mirando el horizonte con gesto de pensamiento y cae en la cuenta que esta vez le pudo la adrenalina. Una sonrisa se dibuja en su rostro destensando su gesto: hay que joderse, se dice, mientras tira su cigarrillo sobre el cadáver de Paco.




miércoles, 8 de octubre de 2008

Un oscuro pasajero

Al fondo del vagón, levemente recostado y difuminado por una oscuridad tenue, Lucio fuma con la mirada clavada en la negritud parpadeante de la noche. Las brasas del cigarrillo se avivan con cada calada e iluminan fugaces la comisura de sus labios y la punta de la nariz. Su rostro parpadea con cada haz de luz seca que entra a través de la ventanilla y los ojos se le reflejan fieros sobre el cristal empañado de invierno.

Sus pensamientos andan perdidos en su último trabajo, un ejecutivo de medio pelo que creyó poder llegar hasta lo más alto y que acabó por descubrir, entre las hojas secas de un bosque perdido, que su destino nada tenía que ver con el que había imaginado. Recuerda sus ojos de imprecisión, amoratados y difusos... esa mirada que es patrimonio de todos cuando son conscientes que ya no hay marcha atrás, que todo acaba allí, que da igual que supliquen o no. Una sonrisa aparece en su rostro tras las brasas de la última calada.

En el otro extremo del vagón un muchacho hace arrumacos con la que debe ser su novia. Se llama Juan y él aún no lo sabe pero esas serán las últimas tonterías que haga en este mundo. Dentro de unos minutos, cuando el tren atraviese el túnel que enlaza Chamartin con Atocha, Lucio se levantará, se enfundará sus guantes, sacará la beretta, colocará el silenciador, atravesará el pasillo con lentitud y acribillará a tiros a la feliz pareja. Luego desaparecerá entre la penumbra como un pasajero oscuro que nunca existió.

De Juan sólo conocía el nombre y su rostro sonriente en una fotografía recortada. De ella no sabe nada, pero da lo mismo, la vida es inoportuna en ocasiones. Él hubiera preferido raptarle y someterle a su peculiar juego, enseñarle bajo la sombra de un álamo alguno de los muchos misterios que tiene la vida, antes de darle muerte, consignar el rostro imberbe de aquel muchacho -sus ojos imprecisos- en su particular memoria de los muertos... pero la orden era clara, el asesinato debía ser público y sangriento, un escarmiento que abriese la sección de sucesos de todos los telediarios y periódicos. A veces pasa, se dijo.

El tren abandona Chamartin y se adentra en el túnel con aullido nocturno. El traqueteo hace que el andar de Lucio parezca el de un borracho. Juan levanta el rostro a su paso pero apenas le da tiempo a percatarse del zumbido seco de la primera detonación… y luego más pero esas ya no las escuchará nunca, como tampoco ha escuchado el grito ahogado de la que Lucio supone que era su novia... la vida es tan inoportuna a veces.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Per saecula saeculorum

En vida fui un vago de relumbrón. Tenía la firme convicción de que ser vago era un artística manera de sobrevivir sin demasiadas aspiraciones, algo que al fin y al cabo es lo que hace la mayoría de los mortales con un derroche de energías, en mi opinión, a todas luces excesivo. Para ejercer la vagancia como yo lo hice, durante algo más de noventa y cinco años, sólo se precisa de reconocer en uno mismo ciertas aptitudes innatas y dejar que se desarrollen, a ser posible, solas.

La mayoría de la gente piensa que un vago es un ser en constante estado de inactividad pero se equivocan. Hacer de la vagancia un estilo de vida, disminuir la actividad motora y mental al mínimo imprescindible requiere de cuidada planificación y, en algunos casos, de esfuerzos puntuales que ayuden a alcanzar el supremo objetivo. Para ser un buen vago hay que estar perfectamente integrado en la sociedad y dar la impresión, en todo momento, de que se es uno más. Tener casa, préstamos, familia y un puesto de trabajo es parte del escenario requerido.

La selección del puesto de trabajo adecuado requiere de un cierto esfuerzo si no se quiere echar por tierra el plan trazado. Es de vital importancia que ofrezca posibilidades de diluirse en aras de pasar lo más desapercibido posible, Aparte de la administración pública, que es algo así como el súmmum de la perfección, el lugar ideal es una gran empresa en la que abunden ambiciosos mandos intermedios en lucha permanente por nimiedades tales como ascensos, mejoras salariales o ganarse a los superiores. Tratar de destacar o hablar más de lo estrictamente necesario son errores que hay que evitar a toda costa si se quiere perdurar en el feliz anonimato. No importa que los compañeros te consideren un cero a la izquierda o una persona sin aspiraciones en la vida. Son ellos los que se equivocan y tratar de sacarles de su error requeriría de un esfuerzo que va en contra de los principios de un buen vago, además de ponerlos sobre la pista de secretos que no conviene que conozcan. Como es lógico la suerte juega una baza importante pero si finalmente uno consigue un trabajo en el que sea sencillo pasar desapercibido habrá dado un gran paso en la creación del entorno idóneo y de este modo habrá contribuido de manera definitiva para que las aptitudes innatas, a las que ya he hecho referencia, se desarrollen de un modo óptimo.

Una vez consigues acallar los remordimientos de infamia y llegas al íntimo convencimiento de vivir desocupado es una opción tan válida como deslomarse de sol s sol por unos cuantos euros más, alcanzas la plenitud de espíritu y comienzas atisbar la virtud en tus actos. Yo me consideraba como un asceta que ha renunciado al las luces del éxito y se ha centrado en la consecución del noble objetivo de alimentar el espíritu con lo mínimo imprescindible. ¿No hay acaso virtud en ello?

Además puedo asegurarles que aunque la pereza está catalogada como uno más de los pecados capitales, no es algo que tenga un peso excesivo a la hora de saldar cuentas en el la otra vida. El infierno, tal y como lo concibió la biblia o Dante, no existe. Aquí, simplemente se establecen castas y cada cual paga su Karma –en esto tienen razón los hindúes- Los más afortunados, aquellos que durante sus existencias fueron ejemplo de abnegación y sacrificio, pacen a sus anchas en el paraíso en un estado de felicidad que yo todavía no he alcanzado, si bien tampoco puedo quejarme. A mí me fue encomendado el siempre noble cometido de cuidar de las almas candidas de los pobres mortales. En mi opinión asignar a un vago probado, como fui yo, el trabajo de ángel de la guarda son ganas de joder la marrana porque, entre que somos muchos y difíciles de controlar –esto parece un ministerio- y que yo tengo muy desarrolladas las dotes para el escaqueo, pocos van a ser los que estén seguros bajo mi invisible tutela.

Ahora me encuentro a los pies de la cama del hospital en donde ayer ingresaron a mi nuevo “asignado”. Ya he tenido unos cien desde que la palmé y ninguno a alcanzado los cincuenta - la última fue soprano y no iba mal encaminada pero, en uno de mis múltiples despistes, pereció en un extraño accidente de coche mientras se comía los mocos-. Este es un niño tierno de cuatro años que ayer, durante mi partida habitual partida de mus de los jueves, no se le ocurrió otra cosa que tragarse medio botiquín pensando que eran un cargamento de golosinas. Está rezando con su madre:

-Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares no de noche, ni de día, si me desamparas, que será de mí, Ángel de la guarda, pide a Dios por mí.

Casi me da pena, en serio, pero no querrán que renuncie a toda una filosofía a estas alturas de mi eternidad, ¿verdad?