domingo, 13 de septiembre de 2009

Viento del Este - Carlos

Con los ojos muy abiertos, redondos como planetas, clavados en el techo, Carlos hace ya un rato que perdió la esperanza de poder conciliar el sueño. Otra noche en blanco sin nadie que consuele su soledad. Sin levantarse enciende un cigarrillo y su pensamiento se escapa entre las volutas del humo de la primera calada.

El mecanismo del insomnio de Carlos es sencillo: Cena en algún restaurante de moda, con o sin compañía, una o dos botellas de vino y, tras el postre, al calor de un orujo de hierbas, un susurro viperino en el oído que le hace olvidar la última noche de ojos en techo. Sólo tiene que marcar el teléfono del Chanca. En media hora estará esnifando en el cuarto de baño y su percepción del mundo cambiará como por ensalmo. El camarero que le ha mirado altivo durante toda la velada pasará a ser un ser insignificante y ridículo cuya mirada ya no resistirá el brillo de su pupila al sacar la visa oro y pagar la abultada cuenta.Como el de papá cuando les lleva a comer al Horcher y el camarero no para de hacerle reverencias desde que entran.

--Carlos, Carlitos, deja ya en paz a tu prima que no te ha hecho nada –-el niño Carlos persigue a una niña pelirroja con el terror pintado en el gesto. Corren sobre la fina arena, el mar al fondo se presenta encrespado. Él Lleva en la mano, que alza en lo más alto, un rata muerta que agita sobre su cabeza a la vez que profiere gritos como los de un indio enloquecido.

--Este niño -–dice su madre con cara de resignación -–es como el mar cuando sopla levante, que se agita… no vayas a creer que siempre es así, no, normalmente es muy tímido, casi autista. Nos preocupa, chica.

--No te preocupes, querida, en el internado lo enfilarán. Conmigo lo hicieron, y mira dónde estoy ahora --el padre abre una sonrisa diabólica, sencillamente diabólica, en su cara y guiña un ojo en un gesto tan estudiado que parece natural.

Valiente gilipollas su padre, que se creía que tener un buen puesto de ejecutivo en una multinacional y un par de mercedes aparcados en el garaje de su chalet en la moraleja, le daban derecho a ir arrasando por la vida, a dar lecciones al mundo sobre cuál era el mejor camino hacia el triunfo ¿Triunfo lo tuyo, hijodeputa, si no me hiciste caso en tu vida; si no era más que un número en tu pizarra… suficiente, insuficiente, notable, bien… si estoy aquí esnifando sobre el wáter de un restaurante chic porque es lo único que me llena, que me hace sentir realizado; si cada vez que te miro el careto ese de hijoputra que gastas es porque me he metido una loncha de medio kilometro antes? Vergüenza debería darte tener un hijo yonki ¿Eso es triunfar? Cualquier día voy y lo confieso en medio de una de tus fiestas sólo por ver la jeta de imbécil que se te iba a quedar.

Carlos se pone en cuclillas de nuevo y aspira hondo una segunda raya que había permanecido, inmutable al discurso, posada sobre la blanca tapa del wáter. La mandíbula se tensa y el calor comienza a agobiar en el cuello. Se deshace parcialmente el nudo de la corbata. Se baja la cremallera y comienza a mear

Valiente gilipollas su madre. Piensa en ella con una mano en la polla, la otra en la nariz, los ojos entornados, la cabeza hacia atrás y el polvo entrando directo al celebro, como el puto gusano del anuncio, ese que tanto asco daba a su madre, que se tapaba la cara cada vez que salía en la tele y comenzaba a dar grititos medio histéricos de pija desfasada. Luego un lingotazo de güisqui, dos o tres orphidales y a olvidar que existes. Pero no un gusano entrando en la nariz, que no es nada chic, todo lo contrario, es repugnante.¿Tienes que ir maquillada hasta para ver el telediario?

Carlos, Carlitos, abre la puerta del wáter con las pupilas dilatadas y picor en la nariz. Mientras se moja el pelo en el lavabo, puede ver, reflejado en el espejo, a un tipo de aspecto siniestro, enfundado en un largo abrigo negro, que bloquea la puerta de salida al restaurante. Si quitarse el pitillo de la comisura de los labios Lucio agita la pistola que estaba disimulada entre los pliegues del abrigo. Con un leve movimiento de cabeza, que acompaña con un movimiento del cañón de su Beretta, le indica que vuelva a entrar en el pequeño cajón de madera y que se siente en el wáter. Apura el cigarro mientras con el rostro ladeado, clava sus ojos de tiburón en el muchacho que no tiembla, no tiene miedo. Le gusta.

--Tu padre me ha dicho que estás suspenso, que no quiere hijos yonkis en la familia, no es nada personal. ¿Algo que decir?

--Sí, dile que es un hijoputa y que me la pela vivir o morir, que hace mucho que sopla levante en mi vida, hace demasiado que sufro de insomnio.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La paradoja

Llevo casi toda mi vida luchando contra el miedo, que no da tregua, que habita dentro de mí. Se asienta perpetuo en la boca de mi estomago y allí permanece vigilante, urdiendo planes de conquista. Para él no existen ni el tiempo ni el cansancio. Ataca en la vigilia y en el sueño, perpetra sus incursiones, plaga mi alma de angustias y regresa victorioso a su atalaya desde donde observa su reinado y vigila para que nunca haya paz.

Tiene facciones monstruosas y cicatrices que le recorren todo el cuerpo. Su sonrisa es de hielo y su espada de fuego. En su cinto, atados con gruesa soga, porta los trofeos de sus victorias: mis fracasos en la vida; se jacta vanidoso de que gracias a él yo no soy nada. Me dice jocoso que soy un ser anodino incapaz de dar un paso sin antes consultarle. Y tiene razón.

Vimos juntos como mi mujer me abandonaba, como mi jefe me despedía, como mis amigos me daban la espalda… hasta que sólo quedamos él y yo, enzarzados en una pugna perpetua que yo siempre pierdo, metidos en una violenta rueda que no se ha roto hasta hoy.
El doctor ha entrado en la consulta y me ha mirado a los ojos.

- Tres meses, máximo seis –me ha dicho impostando la pena en su rostro.

Un súbito alivio me ha recorrido el cuerpo y al cerrar la puerta una sonrisa ha colonizado mi rostro. Luego una carcajada y las miradas de todos los que esperan su diagnostico fijas en mí. ¡Me ha dado igual! Hacía tanto tiempo que no reía que apenas he alcanzado a reconocerme. Andaba ligero, como cuando era un niño y nada me asustaba. La enfermedad y una muerte segura me han hecho vencer la guerra.

Es una paradoja, lo sé, pero todo acabará como comenzó: sin miedo a nada.

miércoles, 15 de julio de 2009

Estela y los elefantes

Estela era, a sus veinticuatro, esbelta como un junco de marisma. Tenía la piel del color de las aceitunas y los ojos de un felino a la caza. Cuando te lanzaba una mirada, desde la misma distancia sideral desde la que lo hacen las diosas mitológicas, pareciera como si te atravesara, de lado a lado del pecho, todo un iceberg. Pero, ¡ay!, todo cambiaba cuando te dedicaba una de sus sonrisas. Era como si el cielo redentor se abriera en mitad de su oscuro rostro, como si el mismo Dios te hubiese posado una de sus manos protectoras sobre el hombro.

Era una aspirante a actriz, una joven descocada que creía haber nacido de la pata de Buda, que pensaba que por el hecho de estar más buena que el chocolate caliente la vida se iba a abrir de patas para ella. Estaba convencida de que el mundo le tenía preparado un futuro deslumbrante como chica Almodóvar. Se veía como la nueva Carmen Maura o algo así. Acudía puntualmente a todos los casting soñando con esa oportunidad que por fin la sacara del trabajo de dependienta en la tienda de ultramarinos de tío Manolo, perdida en mitad del barrio de Usera. Era, sin duda, un escenario de lo más almodovariano.

Yo no era más que el repartidor, el último mono, el primer escalón de una corta escalera que comenzaba en mí, pasaba por Estela y terminaba en su tío, dueño y señor del reino en el que me toco trasegar durante aquel verano de 1984, el mismo en el cumplí dieciséis años y me hice hombre.

Estela, no quiero engañarles, era también algo cazurra. No era culpa suya, era simplemente que no tenía demasiadas luces. Siempre se equivocaba con las facturas y los clientes, que ya la conocían, la engañaban siempre que tenían oportunidad. Bastaba con distraerla con algo de charla, haciéndola hablar de si misma y de su prometedor futuro como nueva diva de la escena cinematográfica española, para que se le fuera el santo al cielo y se equivocara en veinte o veinticinco pesetas en una cuenta de cien. A mí aquello me parecía entonces de lo más sexi, era como un añadido de fiereza --o de animalidad, como ustedes prefieran-- que me resultaba irresistible; como sus ojos, su sonrisa y esos pechos generosos que marcaban un pezón grande y oscuro a través de cualquiera de los breves y vaporosos vestidos que gastaba en los meses de calor inclemente.

Recuerdo con nitidez eréctil sus bragas de algodón, culminación perfecta de unas piernas en apariencia infinitas, pegadas por el sudor, marcando con irreverencia la raja del culo, cuando encaramada a unas escaleras se dedicaba a colocar el género en los estantes superiores. Lo hacía con tanto esmero que ni siquiera reparaba en mi mirada lasciva cuando me colocaba justo debajo para ayudarla en su faena. O quizás sí lo hiciera y no le importara lo más mínimo. Al fin y al cabo yo era un muchacho bien formado con un irresistible olor a feromona adolescente y ella, si bien no le faltaban pretendientes en el barrio, me había dedicado desde siempre miradas de hielo y sonrisas de fuego, alternativamente, como le gusta hacer a las mujeres que tratan de desconcertarle a uno.

Una tarde de finales de agosto, cuando ya quedaba poco para que yo comenzara mis clases en el instituto y dejara mi eventul ocupación como repartidor, al ir a ayudarla a bajar la persiana metálica de la tienda, pude rozar su mano. Noté como se estremecía y nos quedamos frente a frente, sudorosos y sin decir palabra. Fueron unos segundos que parecieron prolongarse en nuestras miradas y en los que yo, dada mi inexperiencia de púber, no supe qué hacer. Sólo acerté a permanecer, quieto como una columna, con los brazos pegados al cuerpo mientras un ligero jadeo iba subiendo desde el mismo centro del deseo que había acumulado durante aquel bochornoso estío. Fue ella quien cogió mi mano y la acercó hasta su pecho. La agarré entonces por la nuca, como había visto que hacían los chicos duros en las películas, y comencé a besarla sin dejar de agarrar su teta, masajeándola como se hace con la masa fresca del pan. Notaba como mi polla, que era una trompa desbocada, luchaba por escapar del slip y presionaba con firmeza marcial contra su pubis. Recorrimos en nuestro beso toda la tienda, chocando como una manada de elefantes contra todos estantes que se interponían a nuestro paso irracional, tirando con cada golpe todo cuanto contenían. ¡Ay!, gritaba ella con cada embestida elefantina, no sé si de placer o porque sabía que luego le tocaría recoger todo. Pero no podíamos parar. Le arranqué las bragas de un tirón, la cogí por el culo y la subí al mostrador. Abrí sus piernas y pude, por fin, ver su coño, negro y tupido y muy rizado, como tantas veces lo hube imaginado en la soledad de mi dormitorio. La penetré sin sutilezas, un espadazo, directo y profundo, al centro de su húmedo deseo. Sentí su estremecimiento con cada arremetida. Escuché como su gemido ahogado acabó por convertirse en grito agudo e irreprimible. No duró mucho, apenas diez o doce embestidas, pero lo recuerdo como el mejor polvo que jamás he echado. Juraría que ella quedó plenamente satisfecha pero como en los días siguientes, muy a mi pesar, no volvimos a hablar del tema, nunca podré saberlo. Desde aquella tarde y hasta que emigré del barrio, en busca de mejores horizontes, ya sólo me dedicó miradas de iceberg.

Hace poco regresé al barrio para visitar a mi madre. La vieja tienda de ultramarinos de Manolo hace tiempo que cerró; abrieron un Hipercor justo al lado y eso acabó con la tienda y con Manolo. Bajé allí a comprar unos garbanzos para que mi madre me preparara uno de sus exquisitos cocidos y pude ver a Estela, después de tantos años. Estaba sentada en una de las cajas, pasando los artículos por el escáner con cara de aburrimiento. Tenía el pelo recogido en un moño inverosímil y se lo había teñido de rubio. La vejez había comenzado a nublar su rostro y trataba de disimularlo con varios kilos de maquillaje. Me miró y volvió a sus quehaceres, con cara de resignación. No me reconoció, de eso estoy seguro, es algo que se nota. Sentí el impulso de acercarme a preguntarle si gozó aquel a día, si el mejor polvo de mi vida significó algo para ella, pero finalmente me eché atrás. Supongo que fue porque prefiero guardar aquel momento en mi memoria tal y como se lo he contado, sin capítulos añadidos que lo enturbien. Además, su mirada ya no era la de un felino a la caza sino la de un animal de carga sepultado por la vida.

jueves, 9 de julio de 2009

El extraño caso de Tomasito

Tenía los brazos delgados y elásticos como un junco de marisma. Su padre siempre hizo bromas de ellos. Solía decirle que parecía un gorila que en su andar los arrastra. A Tomasito nunca le afectó aquella broma fruto de la ignorancia bestial de su progenitor. Él, que había ido comprando puntualmente y con devoción todas las fichas de animales de la colección de Planeta de Agostini en el quiosco de su pueblo, sabía de sobra que el gorila tenía unos brazos fuertes y gruesos; largos, eso sí, pero nada que ver con los suyos, que eran finos y elásticos. Los de él eran apéndices alargados como alas de águila imperial, majestuoso animal, rey de los cielos.

Comenzó a trabajar bien joven y siempre le gustó quejarse de lo dura que era la mina.

-Es lo que hay, hijo -solía decirle su padre con la voz en un hilo -yo ya no estoy para trabajar que ya se me jodieron los pulmones y alguien tiene que traer la comida al plato.

Quería estudiar. Sé de primera mano, porque fuimos compañeros de pupitre algunos años, que le gustaba la escuela; no como a la mayoría de nosotros, que pensábamos que aquello no servía para nada. Le ponía pasión y esfuerzo y aunque no tenía demasiadas luces, conseguía aprobar con buena nota todas las asignaturas. Un buen día ya no apareció más por la escuela.No nos resultó extraño porque entonces aquello era algo normal. Los chicos dejaban sus estudios sin más y comenzaban a trabajar. No existía transición entre la infancia y la edad adulta, no existía lo que ahora conocemos como adolescencia. De un día para otro uno dejaba de ser un alegre muchacho despreocupado para convertirse en minero o pastor o pescador, sin más. Se le seguía viendo por el pueblo, aunque cada vez cn menos frecuencia. Vivia con su padre en una casona semiderruida a las afueras y era raro que bajara a alternar a los bares. Acudía, eso sí, puntualmente a todas las proyecciones que se programaban en la plaza del pueblo en los días de verano. Se le podía ver comiendo pipas, sin perder ojo de todo lo que sucedía en la pantalla. Cuando acababa la sesión doble desaparecía en la oscuridad como un espectro. En realidad así es como le llamábamos los mozos del pueblo: el espectro. Y es que Tomasito hablaba poco con la gente. Era un muchacho melancólico, huidizo y solitario, sobre todo desde que murió su madre, de manera inopinada, cuando él apenas contaba los diez años.

Tenía extrañas aficiones. Todas las tardes, de regreso a casa desde la mina, bordeaba caminando el acantilado que, cortado a pico sobre el mar de sus ancestros, parecía invitarle a un vuelo rasante. A mitad de camino había un saliente. Sólo tenía que escalar un poco. Yo, que probé a subir en alguna ocasión puedo decirles que la sensación, cuando uno se encontraba en lo más alto era impresionante: parecía que el suelo desapareciera bajo los pies y se podía sentir cómo el cosquilleo del vértigo colonizaba desde la planta de los pies hasta la punta de los dedos de las manos mientras el viento preñado de salitre golpeaba la cara.

Así que imagino que Tomasito sentiría algo parecido cuando llegado al borde extendía los brazos y comenzaba a batirlos arriba y abajo, simulando el vuelo de un ave. Estrechaba mucho los ojos, fruncía el ceño y arrugaba los labios como si fuera a silbar, pero sólo emitía un leve susurro, como de viento. Durante algunos minutos permanecía en pie y dejaba que su mente se escapara a otro lugar, a alguno de esas ciudades que sólo pudo ver en las pantallas del cine de verano; algún sitio alejado, muy alejado de allí, quizás Nueva York o Chicago o Casablanca o París, daba lo mismo. Esto lo supongo porque las pocas veces que hablaba con él solía colarme siempre misma frase:

- ¿Sabes, Paco?, llegará el día en que vuele lejos de aquí. Estoy hasta los mismos cojones de esta mierda de pueblo.

Al principio de comenzar con su ritual diario se imaginaba águila, por aquello de que a él le parecía el animal más perfecto que la naturaleza hubo creado. Pero después de ver Casablanca ya sólo quiso ser piloto. Tenía grabada esa última escena, esa en la que la realidad puede con el amor (o quizás sea al revés, ya dudo) pero no era eso lo que a él le importaba. Él solo tuvo ojos para el artefacto que, detrás de los protagonistas, comenzaba a mover sus hélices para después despegar con la desesperanza en sus entrañas. Fue entonces cuando dejó de emitir el sonido del viento y paso a, mediante el vibrar de sus labios, a simular el sonido de un biplano. De vez en cuando interrumpía el sonido del motor y solicitaba instrucciones por radio a la torre de control.

-Vuelo 505 aproximándose a pista. Brrrrrrrrrrr. Pip. Espero instrucciones para iniciar maniobra de aterrizaje. Brrrrrrrrrrr. Pip.

Tomasito desapareció una tarde de invierno y mar embravecido. No volvimos a saber nada de él. Hay quien dice, los más supersticiosos, que se lo llevó la Güestia; otros que se marchó a cumplir el sueño de casi todos y que emigró a las Américas, sin decir palabra pues así era él. Yo tampoco sé que pudo sucederle. Si he de ser completamente sincero les diré que yo le vi una sola vez batiendo los brazos y hablando con la torre de control, encaramado en su roca, la misma desde la que escribo estas palabras pensando que quizás no fuera tan torpe, ni tan extraño como pensaba.

El día en que le ví, él ni siquiera reparó en mi presencia, concentrado como estaba en su vuelo imaginario. No le llegué a preguntar por aquello ni tampoco conté nada a los paisanos. Tomasito me caía bien a pesar de que apenas le traté y nunca quise que le tomaran por loco. Así que sé, porque una vez lo ví, que gustaba de hacer excentricidades como la que les he contado pero casi todo lo demás lo imaginé para ustedes. Del mismo modo que quiero imaginar que lo que realmente le sucedió a Tomasito es que finalmente la torre de control autorizó la maniobra de aterrizaje para el vuelo 505.

viernes, 12 de junio de 2009

La pesadilla de Caron

Caron despierta súbitamente en mitad de la noche. Los ojos muy abiertos y la boca entornada y jadeante componen la mueca del horror que asalta en sueños. Siempre la misma pesadilla, en realidad.

Comienza en una tibia mañana de verano incipiente. El B-29 surca imperturbable un cielo despejado y el mar se extiende infinito y azul bajo su panza. En sus entrañas la muerte. No una muerte cualquiera, un relámpago que quema y asfixia, que arrasa y absorbe el aire, que fulmina miles de almas con un solo golpe. Desde su posición a la cola del aparato Caron se entretiene observando la estela vaporosa que el avión deja a su paso, a miles de kilómetros por encima del nivel del mar. Escucha los preparativos a su espalda, escucha al coronel cuando explica la realidad de su carga, pero no es capaz de imaginar la realidad que unas horas más tardes se dibujará indeleble en sus retinas y en su alma.

Todo en orden, el plan sigue su curso. Primer objetivo Hiroshima: despejado. El coronel Tibbets da unas breves instrucciones por radio y comienza la aproximación. Se acerca el momento para el que se habían estado preparando intensamente los últimos meses. El pulso se acelera y Caron agarra con fuerza la ametralladora de cola. Escucha a su espalada el lento engranaje del portón que se abre. Casi puede oír el sonido gutural que emite al reírse esa vieja dama que es la muerte. Rie porque hoy se dará un gran festín.

El B-29 se aleja del objetivo y de repente Caron puede ver desde la más privilegiada de las posiciones la primera e intensa deflagración del más grande instrumento de matar jamás inventado por el hombre. Y todas las explosiones sucesivas que, como las ondas sobre la superficie de unas aguas calmas que ha sido golpeadas por una piedra, van plagando de oscuridad, como un eclipse que no avisa, todo lo que encuentran a su paso. Y luego un hongo gigantesco conformado por nubes púrpuras que dibujan la nueva fisonomía de la muerte. Cegadora y asfixiante muerte que se pega indeleble a la retina y al alma. Caron, ametrallador de cola del Enola Gay, aún no lo sabe pero es el primer testigo del comienzo de una nueva era.

Bob Caron despierta aterrado en mitad de la noche con la única compañía de miles de rostros abrasados que le miran silenciosos con una interrogación dibujada en ellos.

martes, 12 de mayo de 2009

Sinnerman

Media la tarde y el viento arrecia enredándole el cabello. Lucio se sube las solapas del abrigo, se apoya en el viejo chevy y apura un pitillo que agoniza en sus labios. Las manos en los bolsillos, la boca entreabierta y la cabeza ligeramente ladeada para evitar que el humo le entre los ojos. Las cejas se le enarcan en un ángulo inverosímil, como si un hilo invisible tirara de ellas hacía arriba y las hiciera apuntar a un cielo que comienza a ennegrecer de tormenta. Con los ojos entornados, heridos de luz, otea el paisaje poderoso del atardecer primaveral sobre la Sierra de Gredos. Su gesto no denota emoción. Su rostro es un páramo en donde los gestos apenas florecen.

Hoy no ha acudido hasta este lugar para dar muerte. Es probable que sea la primera vez que llega hasta aquí sin un paquete en el maletero. Simplemente cogió su coche y comenzó a conducir. Viajaban el coche en una dirección y sus pensamientos en otra. Cuando ha querido darse cuenta ya estaba allí, sentado al volante, con el motor aún encendido y Nina Simone desgarrando el silencio del bosque. Ni siquiera recuerda por qué eligió el CD de Nina, que yacía desterrado bajo el asiento desde hacía una eternidad. Su madre le hubiera dicho que aquello era una señal del destino. “El destino se lo forja uno a golpes, madre”. Tampoco sabe porque de repente ha comenzado a pensar en su madre.

—Eso es que tienes que ajustar cuentas con tu pasado —Apoyada en un pino, vestida con un camisón blanco que contrasta violentamente con su pelo rojizo y alborotado, Lucrecia, su madre, escupe las palabras con dificultad. Conserva intacta la traqueotomía que le practicaron en el hospital, cuando ya estaba en las últimas.

—No será contigo, madre, contigo nunca tuve problemas

—Eso es cierto, hijo, conmigo siempre te portaste bien.

—Pues mi único pasado eres tú, así que creo que te equivocas, como con lo del destino.

—¿Qué me dices de tu padre?

—Mi padre era un cabrón que no merecía vivir --Lucio enciende otro cigarrillo y traspasa a su madre, que parece no inmutarse, con el humo de la primera calada.

—Ya, pero estoy segura que matar a un padre con sólo quince años tiene que dejar secuelas.

—¿Secuelas?... la única secuela que ese mal nacido me dejó fue esta cicatriz —Lucio se señala la ceja con el pitillo —Nueve puntos me costó aquella hostia.

—Puede que tengas razón, hijo, la verdad es que nunca se portó bien con nosotros, el alcohol le podía.

—He conocido a alguien… me recuerda tanto a ti que me da miedo.

Lucrecia se queda mirando pensativa a su único hijo, advirtiendo que ya nada queda en él del adolescente que abandonó a su suerte porque quiso la vida poner punto y final a sus días de manera abrupta y dolorosa, más o menos como habían transcurrido.

—Ahora lo entiendo —dice

—Ahora entiendes qué, madre.

—Ahora entiendo porqué estoy aquí. Esa chica te ha removido un sentimiento que yacía tan profundo como mi fantasma. Probablemente ni te acuerdas pero siempre fuiste un niño cariñoso, Lucio… y protector. Luego la bestialidad de tu padre se encargó de sepultar tu sensibilidad, a base de palizas. Aún recuerdo la madrugada en que volví a casa y te encontré acurrucado en una esquina del salón. No llorabas. Mirabas fijamente el charco de sangre que tu ceja abierta dejaba sobre el suelo y mascullabas odio con las mandíbulas muy apretadas. Luego me miraste a mí y supe, por tus ojos, que ya nunca serías el mismo.

—Yo sólo sé de muerte, madre, no estoy hecho para otra cosa.

—¿No eras tú el que decías que el destino se lo forja uno a base de golpes?

—Sí ¿Qué tiene que ver eso con la chica?

—Es sencillo, Lucio. El amor también golpea. Y golpea tan fuerte que ni siquiera la muerte puede con él. Si no, ¿qué hago yo aquí, en mitad de la sierra de Gredos, apoyada en un pino, hablando contigo?

Lucio tira el pitillo, lo pisa con calma y sube al coche. Su madre se ha evaporado con los últimos rayos de sol. Enciende el motor y justo en ese instante Nina comienza a cantar “Sinnerman”





miércoles, 29 de abril de 2009

Pintor de nubes

Las nubes flotan tenues sobre el horizonte. Son galeones espumosos que sobrevuelan rasantes sobre la línea de mi vida. Son lo que yo quiera que sean, en ellas dibujo los rostros de los que están y de los que ya se fueron. Gigantes y enanos, muescas en mi culata, simples retazos de lo que fui, resumen de lo que ahora soy. Imagino un poema y sólo me sale prosa. Pinto sobre ellas tu rostro pero el viento, el muy cabrón, lo hace desaparecer… y lo vuelvo a dibujar, una vez más, con paciencia de artesano.

La línea del horizonte… ¿De mi horizonte?... ¿Eres tú? ¿Acaso eres tú, sin rima, sin el ritmo necesario, ese que no encuentro desde que te fuiste, latidos de mi corazón herido? ¿Qué fue lo que se nos perdió más allá de esa raya que supone el final del mar, justo debajo de las nubes de tu rostro? ¿Qué fue de ti, mi amor? Planeo como una gaviota errática sobre el mar embravecido de nuestra convivencia y no me reconozco. Atravieso como un kamikaze la nube de tu rostro y no hallo lágrimas, ni bendición, ni piedad. Sólo la soledad de un pintor de nubes que mira el mar, embobado, arrítmico, que, como siempre, vuela sin rumbo y demasiado bajo.





miércoles, 18 de marzo de 2009

Ave Fénix

—No deberías hacerlo, Berni, y los sabes… esta mano no está bien, podrías terminar de jodértela para siempre. Además estás muy mayor para estas historias.

—Necesitamos la pasta, Ernesto.

—Habla por ti, a mí no me metas… que yo prefiero seguir comiendo lentejas- Ernesto termina de poner el vendaje en la mano derecha de Berni. Escupe en los dorsos de ambas antes de calarle los guantes. Un viejo ritual, tan viejo como ellos, cien veces repetido.

—Pues vale, es cosa mía, yo echo de menos los chuletones del Chistu— Berni esboza una mueca que pretende ser una sonrisa y muestra su dentadura incompleta. Su rostro erosionado de golpes se asemeja a una meseta castigada por un clima extremo. La nariz roma, rota por varias partes, apenas repunta sobre su cara, que es redonda como un planeta. Bajo sus ojos, hundidos como simas, una sombra amoratada delata el exceso de cansancio.

Sentado en la camilla con los ojos semi entornados Berni gira su cuello de toro, a un lado y a otro. Trata de acompasar la respiración para conseguir concentrarse; quiere aislarse del mundo al menos un par de minutos antes de salir camino del cuadrilátero. El griterío del público, tras la puerta, llega hasta el vestuario amortiguado, como el sonido lejano de un grifo mal cerrado. El fogonazo de un recuerdo acaba por aislar a Berni y el murmullo desaparece del todo; tampoco escucha las palabras de Ernesto, que sigue dale que te pego, dándole los últimos consejos: “Tú, al tercero, si ves que te ha dado suficiente, te tiras y ya no te levantas”

El recuerdo de los días de gloria, del clamor de la sangre temblando en sus oídos mientras el campeón de los pesados yace sobre la lona, a sus pies. Nadie lo esperaba, en realidad fue un golpe de suerte, nunca mejor dicho. Berni jamás ha sido un gran púgil pero sabe aguantar todos los golpes que sean necesarios y tiene una derecha demoledora. Aquel campeón se confió demasiado y cuando quiso darse cuenta de su error yacía con la boca pegada a la lona y los ojos mirando a la Meca. Intentó levantarse pero fue inútil. Su cuerpo había dicho basta. Los brazos en alto, el clamor que arrecia hasta alcanzar el paroxismo y la gloría, siempre efímera, tintineando como una moneda de dos caras. En aquellos días Berni todavía tenía todos los dientes en su sitio y comía carne a diario.

La puerta del vestuario se abre y una cabeza asoma: “Dos minutos, campeón”. A Ernesto le suena a coña lo de campeón y se caga en los muertos del tipo, pero la cabeza ya no está allí para escucharle. Berni levanta sus noventa y dos kilos de carne y músculo, da unos saltitos y unos puñetazos al aire; sale del vestuario y encara el pasillo que conduce al mismo centro del sufrimiento. Respira, Berni, respira. Mientras avanza a pequeños brincos mueve la cabeza a los lados dentro de la capucha del batín. Respira, Berni, respira. Ernesto le precede con la baqueta —su banqueta— en una mano y la escupidera con sus herramientas para las curas en la otra. El público le recibe tibio cuando recorre los últimos metros hasta el cuadrilátero. Ya han visto otros tres combates antes pero saben que en este habrá sangre, saben que Berni no tiene ninguna oportunidad, que esta pelea no es más que un entrenamiento para el campeón. Las apuestas están veinte a uno y casi nadie ha pronosticado que el viejo púgil, por muy fajador que sea, vaya a durar más de cinco asaltos. Berni pasa entre las cuerdas y se queda en su rincón sin parar de saltar. Mientras Ernesto le quita el batín puede oír como el público enloquece con la entrada del campeón pero él no se gira, no quiere mirarle hasta que lo tenga delante de su nariz roma. Respira, Berni, respira.

—A mi derecha, con un peso de noventa y dos kilos, calzón blanco y raya negra, el aspirante al título nacional de los pesados, el Toro de Albacete, Beeeeerni Sáááánchez… —Berni da unos golpes al aire y gira un par de veces sobre si mismo.

—A mi izquierda, con un peso de noventa y un kilos, calzón amarillo y raya azul, el actual campeón nacional de los pesos pesados, el Cholo de Hortaleza, Vaaaaalerio Péééééérez— el público que acaba de enloquecer mientras el Cholo, con chulería, hace genuflexiones en todas las direcciones, norte, oeste, sur y este.

Tras los habituales consejos por parte del árbitro suena la primera campanada y el Cholo sale como una exhalación desde su rincón. Berni trata de esquivar la primera avalancha de golpes pero no puede zafarse. Ese cabrón es más joven, más rápido, mejor preparado y, además, come carne todos los días. Muévete, Berni, muévete. Sube la guardia, cuida su derecha. Los tres minutos parecen tres horas y cuando Berni regresa al rincón tiene el rostro congestionado y el alma en un vilo. “Me va a matar, Ernesto”. “Tú calla y aguanta por lo menos tres asaltos, luego te tiras y mañana nos vamos al Chistu”. Berni muestra su sonrisa mellada antes de que Ernesto le coloque el protector.

En los siguientes asaltos siempre lo mismo: El Cholo que golpea como un martillo neumático y Berni que encaja, uno tras otro, todos los golpes. De vez en cuando se agarra a su contrincante para arañar unos segundos al cronómetro, para conseguir recuperar la respiración. Mediado el cuarto asalto el Cholo encadena una secuencia de golpes, jab de derecha a las costillas, directo de izquierda que le roza una oreja y gancho de derecha a la mandíbula. Berni dobla las piernas y se queda enganchado a las cuerdas en posición grotesca. Una sucesión de imágenes inconexas pasa por delante de sus ojos pero una, sólo una, se le queda grabada en la retina: el Cholo dando saltitos ante él mientras el árbitro cuenta… cuatro, cinco… el hijoputa del Cholo encoge los hombros con mirada burlona y saluda al público seguro de su victoria… seis, siete… Ernesto en la esquina que le hace gestos para que se quede donde está… ocho… nueve… y Berni que se levanta. Se toca la cara con los guantes, trata de quitarse la sangre y el sudor, que le escuecen en los ojos como un millón de cristales al clavarse. Una nueva andanada del Cholo y suena la campana.

Berni cae y se levanta en el sexto, en el séptimo y en el noveno. Pierde a los puntos pero da igual... ya ha conseguido encandilar al público que ahora, en el último asalto, jalea su bravura, sus cojones, su nombre, que vuelve a resonar como en los días de gloria: “Toooooro, Tooooooro, Tooooro” El Cholo se muestra desesperado, nunca antes le habían aguantado más de ocho asaltos y el puto viejo sigue en pie en el último, con el rostro deformado por la paliza, pero en pie y con una mueca en su cara que asemeja una sonrisa de triunfo. Valiente gilipollas. "Teeeeeermina el combate"

Los jueces declaran ganador a los puntos a Cholo pero nadie corea su nombre, en las bocas de las tres mil y pico personas que han asistido a la velada sólo queda espacio para el Toro de Albacete, que sabe que mañana no podrá comer un chuletón en el Chistu con la boca hecha papilla como la tiene pero le da igual porque puede escuchar, de nuevo, el tintineo de una moneda de dos caras chocando contra el suelo.

lunes, 16 de marzo de 2009

Blanca Navidad

Fuera de Internet su mundo se reducía a una pequeña habitación de la que sólo salía para realizar las funciones básicas de subsistencia, mear, cagar y comprar. Es una fría mañana de Diciembre y ha salido a comprar veinte paquetes de Donetes, ocho tetrabricks de Don Simón, siete botellas de dos litros de cocacola y un cartón de Fortuna. Mueve alegremente sus ciento diez kilos al subir los escalones con las bolsas en las manos. Regresa feliz y silbando a su refugio porque el cargamento adquirido supondrá no tener que moverse de delante de la pantalla durante al menos un par de días.

Ha cazado a una gachí de catorce en un chat de admiradoras de Jonas Brothers, Selena17#, a la que es seguro que podrá tirarse —virtualmente, se entiende— esa misma tarde, víspera de nochebuena. Él, escondido tras la máscara de Castigador373, una de tantas, había desplegado todas sus artes durante varias jornadas y por fin ella había accedido a conversar en privado. Es un asunto hecho. Ya sólo piensa en su semen caliente derramándose sobre la cara adolescente de Selene17# mientras la llama perra inmunda —en virtualidad, entiéndame—. Nota, con felicidad, como su pequeño miembro presiona con levedad sobre sus muslos grasientos al abrir la puerta pero el gesto le cambia de manera abrupta cuando al cerrar repara en la silueta sentada en el sofá de orejas de su difunto padre. Un par de ojos negros brillando en la penumbra como los de una pantera en la jungla y un pitillo humeante que muestra una sonrisa siniestra tras cada calada.

-Hola Castigador 3-7-3 ¿ese eres tú, no? –Lucio indica con la punta de su beretta, el tresillo delante de él. Castigador suelta las bolsas y se sienta. Todavía está confuso –estás más gordo de lo que decías en el chat pero ya lo imaginaba, siempre se miente…

-Sí… sí –balbucea el gordo con timidez…

-¿Sí… sí? ¡Y una mierda, hijo de puta! ¡Tú no haces más que mentir! ¿Dónde está tu cuerpo atlético, tu 1,90? –Lucio sube intencionadamente el volumen de su voz, disfruta viendo como el castigador se va haciendo cada vez más pequeño, como comienza a sudar, como en sus ojos aparece el terror, un terror que luego serán lágrimas –repite conmigo… soy una bola de sebo inmunda.

-Soy… soy…-el hombre comienza a llorar -¿Qué… qué he hecho?- acierta a decir entre gemidos.

-Soy… soy… -repite Lucio impostando la voz mientras le golpea el rostro con la culata de la automática- ¡si vuelves a preguntar que has hecho te pego un tiro!... repite conmigo –Soy una bola de sebo inmunda

-¿Qué…qué he hecho, por Dios? – Gime mientas se toca la sangre fresca que comienza a inundar su rostro. Un tiro que zumba amortiguado por el silenciador y una bala que roza el hombro del castigador virtual. Cae sobre el suelo. Lucio se agacha y le coloca una mordaza que mitigue los gritos agudos.

-Ya que lo pides con insistencia, te lo voy a explicar –Lucio enciende un pitillo y aspira hondamente la primera calada –Verás… si hay una cosa que me repugne más que un jodido violador es un puto pederasta, como tú…

-Yof nof… nof… – mueve la cabeza y tose. Una arcada. Lucio le golpea otra vez.

-No vuelvas a interrumpirme, por favor…te decía que odio a los pederastas. Habitualmente cobro un pastón por hacer lo que estoy haciendo ahora pero todo el mundo tiene aficiones y la mía, para tu desgracia, es la caza... y como buena afición yo la disfruto a tope. Me dedico, por placer, a limpiar este mundo de chusma que no merece vivir. No creo en la ley, ¿sabes? No fun-cio-na muy bien. Fíjate, yo mismo… mi profesión es matar, he matado a docenas, y jamás he pisado ni el hall de una comisaría. Hay algo que no funciona ¿no crees?... —apura el cigarro y lo apaga sobre la alfombra raída y polvorienta antes de continuar—… no te voy a explicar como he llegado hasta a ti, además no creo que te interese saberlo, sólo te diré que del mismo modo que tu no eres un Adonis de ciento noventa centímetros, Selene17# no es una adolescente admiradora de los Jonas Brothers y, por supuesto, no está colada por tus huesos… Ahora ponte el abrigo y coge los donettes que nos vamos. Sólo te advertiré, antes de quitarte la mordaza y de que salgamos a la calle, que si gritas, si intentas huir, si haces cualquier movimiento extraño te perforaré el cráneo sin pestañear. Si haces lo que tienes que hacer te quedará la oportunidad de que no sea mi día de caza perfecto…

Castigador373 se limpia la sangre del rostro y sale renqueante del portal. El miedo le atenaza y el frío le perfora. En el oscuro callejón Lucio le ordena que se meta en el maletero del coche.

La sierra de Gredos está nevada como hace muchos inviernos. Lucio tuvo que parar a poner las cadenas pero, aún así, está de un humor excelente. Abre el maletero y saca de los pelos al castigador. Le ordena que se desnude y le mete cuatro donettes en la boca. Le golpea un par de veces más y le dice: “ahora corre”. Se apoya en su viejo chevy, enciende un cigarrillo y se queda mirando sonriente la grotesca figura del cazador cazado, que avanza desesperado y errático sobre la nieve fresca. “Hace frío, coño”, piensa.

Cuando termina de fumar se sube las solapas del abrigo, saca su pistola y comienza a silbar “White Christmas”, ¡Caray, cómo le gusta Bing Crosby!

miércoles, 4 de marzo de 2009

La inspiración de Chipi

Inspiración, espiración... inspiración, espiración. Crispín, o Crispi, o Chipi, como es conocido en el lupanar donde trabaja como camarero, se apoya con una mano en la pared. Encorvado trata de recuperar el resuello. “Puto tabaco”, maldice. Entre bocanada y bocanada dirige su mirada hacia atrás. Cree haber despistado a su perseguidor pero no las tiene todas consigo.

Los pensamientos fluyen desordenados por su cabeza: Abre la puerta de su casa, deja las llaves sobre la mesita del recibidor, se quita la cazadora, entra en el salón. Olor a humo. Una intuición. Un disparo zumba, una bala le roza el hombro y a correr como alma que lleva el diablo. Baja los escalones de cuatro en cuatro. Balas que silban su nombre. Trata de recomponer los acontecimientos, de serenar el pulso de su vertiginoso pensamiento. Supone —no está seguro de nada— que a alguien no le ha hecho demasiada gracia que se dedicase al negocio de la farlopa sin pasar la comisión correspondiente. Se lo habían advertido pero nunca pensó que lo suyo pudiera molestar a los que manejan el cotarro. Ni siquiera los conoce.

Había comenzado con poco, un par de gramos para amigos, alguna de las rameras que le pedía para los clientes... al principio nunca pillaba más de cincuenta gramos de una vez, pero el negocio comenzó a crecer y, coño, no se le pueden poner cercas al campo y mucho menos a los euros fáciles: medio kilo, un kilo, un par de chavales que la cortan y la gramean, que la mueven por las discotecas de la zona. Sobornos a los porteros. Poca cosa. Además siempre había sido discreto, nada de ostentar. Ni siquiera había dejado su trabajo de mierda porque le parecía la tapadera perfecta. Guardaba las ganancias en una caja de seguridad y soñaba con el día en que agarraría toda la pasta y se iría lejos de Madrid. Un pequeño hotel para buceadores en Costa Rica, en primera línea de una playa perdida. Esa era la idea que le rondaba desde que Pancho, el cholo que le pasa la mercancía, le habló de atardeceres en los que el último rayo teñía de verde el Pacifico.

Sigue avanzando, ahora más despacio. Le duele el hombro. Sangre que gotea. Mira atrás: tras la esquina aparece el tipo del piso. Sólo acertó a verle de refilón pero ahí está. Es él, seguro. Abrigo negro, guantes calados, mirada fiera. Le ha visto y avanza hacía él con decisión. Chipi aprieta el paso y tuerce en otra esquina. Ve una iglesia y entra, por intuición: nadie mata a nadie en una iglesia.

Lucio dobla la esquina y no ve a la presa. Observa el suelo. El imbécil del camello no se ha dado cuenta de que va dejando un leve rastro de sangre. Saca la Beretta de la funda bajo el sobaco y la disimula en el bolsillo del abrigo. Franquea la puerta del sagrado templo. Cuando sus ojos se acostumbran a la penumbra, observa: sólo una joven frente a un Cristo al que parece besar en las manos mientras murmura algo. Alguien más: el párroco que sale del confesionario y soliviantado grita a la chica que como se le ocurre besar al Señor Jesús nuestro Dios. “No está mal la ramera”- piensa Lucio– “Parece que le falta un tornillo pero la montaría con gusto”.

Ninguno de los dos se ha percatado de su presencia siniestra. Están a los suyo, discuten acalorados sobre sacrilegios y demás soplapolleces. Por el rabillo del ojo percibe una sombra que se abalanza sobre él. Es Chipi que se ha armado de valor y, desesperado, trata de jugar su última baza. A Lucio le da tiempo a sacar la automática del bolsillo pero el tipo le agarra la mano con fuerza.

Un disparo que se pierde: la María Magdalena que cae con grito ahogado sobre el cura, que la coge entre sus brazos y luego la suelta con un gesto de horror congelado en el rostro. Mira sus manos ensangrentadas, como las del Cristo, y luego a Lucio y a Chipi, que forcejean. No mucho. Lucio se zafa, le empuja y le apunta con calma. Lo ejecuta con un solo disparo en la frente. El cura no acierta a moverse cuando Lucio se acerca con rapidez hasta él. Nada de testigos inoportunos.

—Al menos usted sabe que irá al cielo —dice, y después dispara. Luego mira a la joven tendida en el suelo sobre su propia sangre. Se agacha y le toca la yugular con dos dedos. Está muerta —Dios no es justo, con lo buena que estaba —masculla, y le toca una nalga.

Antes de marcharse, como una sombra, mira a la cara doliente del Cristo, sólo por un instante. Se da la vuelta y encara la puerta del templo. “Juraría que esa estatua me ha guiñado un ojo”, piensa. Y esboza una sonrisa sádica mientras los rayos de sol le golpean tibios en la cara, deslumbrándolo. Gracias a un miserable camello acaba de ver la luz.