No era un viaje de placer, viajaba acompañando a un grupo de veterinarios que habían sido invitados por un poderoso laboratorio en pago por sus inestimables prescripciones. Así funciona la cosa, no vayan a creerse otra cosa. El viaje se componía de tres etapas: Ames (Iowa), Las Vegas y San Francisco.
La primera parada, Ames, cerca de Des Moines, también conocido como Death Moines, quién sabe por qué, era el aparente motor del viaje ya que en este lugar, perdido de la mano de dios, se celebraba por esas fechas una feria que versaba sobre el siempre interesante tema de los cerdos. Los veterinarios daban palmas con las orejas pero lo cierto es que no dejaban de pensar en Las Vegas y en el cacho de pedo que se iban a pillar en cuanto llegaran. Muy probablemente cogerse un pedo en Ames era el equivalente a un suicidio, así que nadie lo intentó y todo el mundo pasó el trámite de la mejor de las formas posibles, serenos y con paciencia.
En Estados Unidos, como es de sobra conocido, todo es a lo bestia, eso quiere decir que si eres veterinario y quieres entorno rural, vacas, cerdos, paja, legumbres o campos de avena, por ejemplo, te vas a Iowa y te das cuenta de inmediato que todo lo que viste antes en tu pueblo era una mariconada comparado con lo que allí se puede observar. Grandes y extensos campos en un clima extremo, un paisaje natural y humano tal y como uno lo pudo haber intuido viendo la siempre maravillosa Una historia verdadera de Lynch, que es la primera que me viene a la cabeza, entre otras cosas por retratar con exactitud impecable los campos de Iowa y, de paso, la América rural y profunda, la que no aparece en ningún póster turístico.
El hotel en el que nos alojamos, y del que yo prácticamente no me moví, se llamaba Country inn & suites. Lo de country es imposible que pueda ser más cierto; lo de suites no dejaba de ser un elemento retórico de esos que tanto gustan por aquellas latitudes; el marketing, ya se sabe, es implacable con los matices y ya que te pones a ello, si haces algo, lo haces bien; y aunque el producto (en forma de inn) esté en el culo del mundo y no vaya a ser utilizado más que por parejas en busca de desfogue ocasional o veterinarios extraviados cumpliendo un trámite, también ocasional, como buen vendedor de sueños debes adornar el nombre con algún que otro elemento que pueda introducir glamour; y así quedas en paz contigo mismo, con el implacable marketing y con Hollywood. Nadie se quejará… ¿alguien vio alguna vez a una pareja furtiva o a algún veterinario quejarse?
Durante los dos días que me tocó pasar en tan glamoroso lugar, acudí a desayunar, comer y cenar siempre al mismo sitio. Me fascinó tanto la primera vez que le puse el ojo encima que ya no quise probar otro. Era el típico local de carretera con ventanales a un amplio parking para unos tres mil coches y en el que sólo había cinco o seis; no faltaban las camareras cuarentonas y yo no podía dejar de imaginarlas, con morbo enfermizo y calenturienta imaginación, follando en la despensa, con la falda subida y el escote entreabierto, entre latas de frijoles y botes de mostaza Heinz. Desayunaba, comía y cenaba, con esa inevitable visión, huevos con patatas y bacon, hamburguesa o filete, cocacola, café infesto y donut o tarta del día. Era como si de repente me hubiese transportado, por azares inciertos del destino, a la mitad de un lugar que sólo hube imaginado a través de otros y que nunca soñé palparlo más allá de una canción o una imagen en una pantalla. Así como hay lugares que cuando los ves en un documental, o una película, o escuchas de ellos en la letra de alguna canción, te dices, “ahí tengo que ir yo”, del mismo modo, yo jamás hubiera imaginado, ni en el más remoto de mis pensamientos, que iba a acabar pasando un par de días de mi existencia en el inhóspito Ames y, mucho menos, liderando un grupo de veterinarios que acudían a una feria porcina, que en realidad les tocaba un pié porque a lo que iban era a pasárselo teta en Las Vegas y San Francisco. Pero así funciona el caprichoso destino.
Otro día, seguiré con el periplo, por hoy ya me he exprimido demasiado la memoria… demasiado, creánme.





