viernes, 11 de julio de 2008

Rutina implacable

Ricardo tiene la manía -persistente- de dejarse engañar por Aurora.

La pasada noche, después de una agradable cena con amigos, durante una sobremesa de confesiones al albur de las copas, se encontró con la certeza de frente: aquella mujer de aspecto resoluto y feroz carácter con la que estaba compartiendo su vida, no era la que él hubo creído. La realidad parpadeó por un instante, diáfana, de una evidencia hiriente y desesperada. En un instante, la inocencia impostada, el artificio de precario equilibrio que había sido su amor, bajó el telón y la obra que hasta entonces se había representado encima de aquel escenario que era su existencia compartida, acabó, sin más… aunque el aún no lo sabía, o quizás sí.

Se acomoda en el tren -siempre el mismo vagón, siempre a la misma hora, de lunes a viernes, camino del mismo trabajo, recorrido inquebrantable de rutina implacable - y su pensamiento se pierde a través de la ventanilla empañada de lluvia de mayo. Tras ella, borroso, se despliega un paisaje monótono de suburbio madrileño: la autopista atascada, al fondo; antenas sobre edificios monocordes, graffitis sobre muros semi derruidos, en primer plano… todo se jaspea entre esa mezcla de gris y ocre que son las riberas de la vía del tren de cercanías que une Parla con Madrid. Todo quiere ser lo mismo pero ya nada es igual para él, para Ricardo, que trae a su pensamiento, frente a aquel paisaje invisible -como invisible había sido, hasta el pasado sábado- la verdadera realidad de su amor.

-Tú sabes que yo siempre estaré a tu lado, que nunca te fallaré. Sabes que te quiero más que a nada en este mundo.

-¿Qué mundo? –se pregunta.

Las palabras de Aurora resuenan frescas en su memoria deshilachada. Se las había dicho tantas veces que había llegado a creerlas, se habían convertido en una letanía a la que aferrarse cuando ya no quedaba otra, cuando a Aurora se le escapaba algún ramalazo que hiciera palpable que él no le importaba lo más mínimo, que no era más que otra pieza de un puzzle que ella había ido construyendo en sus horas libres; pieza solitaria en mitad de una composición que nunca acabaría de comprender en su totalidad; hechos desechados, relegados hasta un estante de complicado acceso dentro de su memoria… por cobardía… por temor a que lo que allí pudiera encontrar desviara para siempre el cauce trazado, que es el que tiene que ser, que no puede ser otro.

Hasta la pasada noche, en la que una risa cruel reflejada en el rostro de Aurora, un comentario desafortunado que busca el absurdo lucimiento de la embriaguez, una mirada cómplice a otro que no es él, a otro que no es él, a otro que no es él…con el que era su compañero de trabajo, su amigo, acabó por desbordarlo; datos que anegan crueles su consciencia.

Ahora, frente a la ventanilla del tren, ha comenzado a colocar todos esos recuerdos abyectos, uno tras otro, y su propio puzzle ha terminado de cobrar forma.El cristal empañado sirve como base sobre la que ir completándolo, la lluvia fina lo enmarca. Puede ver la cara de la certeza, que le sonríe cruel y que muestra con su gesto que hasta este instante había estado huyendo de la evidencia.

Como una señal del cielo, suena el teléfono móvil y en la pantalla luminosa aparece el nombre de Aurora, que parpadea rítmico y sin emoción. Ricardo contesta con su voz apocada, apenas audible:

-¿Sí?

-¿Cariño?... no me esperes hoy a cenar que me ha surgido una reunión en el trabajo.

-¿Otra?... vale, no te preocupes

-Acuérdate de dar de cenar a los niños, puedes prepararles unos huevos fritos con patatas, que hace mucho que no los comen y a ti te salen de maravilla- y ríe hueca .

-Eso esta hecho, cielo, ya me encargo yo, tú levanta España.

-Bueno, casi seguro que llegaré tarde así que no hace falta que me esperes despierto.

-Vale, chao

-Chao

Son las nueve de la mañana y todo sigue igual que siempre… recorrido inquebrantable de rutina implacable.

jueves, 26 de junio de 2008

Operación Tufo (Gracias Olive)

Hace algún tiempo que vi “Pequeña Miss sunshine”, una película sublime en la que con fino humor, agridulce -como a mí me gusta- se parodia la sociedad en que vivimos y sus valores. Siempre he sentido deseos de escribir algo sobre ella pero por unas u otras causas, quizás por pereza existencial o por temor a enfrentarme a la realidad que me envuelve, que no es tan diferente a la que la película retrata, no me he decidido hasta ahora, que me encuentro hilvanando temas en mi cabeza y me han venido a la memoria algunas de sus secuencias.

El argumento es sencillo. La casualidad -la puta casualidad- consigue juntar a seis miembros de una misma familia en una destartalada furgoneta Volkswagen, confabulados sin quererlo, en la consecución de un mismo objetivo: Llegar hasta California, desde el Este, para que la pequeña de la familia, Olive, una adorable y regordeta niña, de enormes gafas y sonrisa mellada, vea consumado el sueño de asistir a un prestigioso concurso de belleza para preadolescentes. En realidad ninguno de ellos, excepto Olive, tiene ganas ni intención de hacer el viaje, pero es la puta casualidad la que consigue, a través de diferentes circunstancias en cada caso, que se embarquen en una aventura que acabará por convertirse en una suerte de viaje iniciático, en el que cada cual encontrará su respuesta. Si no la definitiva, sí esa que les ayudará a dar algo de sentido a sus respectivas existencias.

Pierdo mi mirada en el televisor mientras mis pensamientos vuelan lejos, justo en dirección opuesta…

…pensamientos al hilo de lo que el hipnótico aparatuelo despliega ante mis ojos. Todavía no he encontrado mejor método para divagar que fumarme un canuto y poner un programa absurdo, de esos a los que se le puede sacar punta sin demasiada esfuerzo. Me escapo a lomos de mis pensamientos porque de lo contrario correría serio riesgo de quedar lobotomizado -más aún, si cabe- ante tanta sandez junta. Hoy ha tocado ver Operación Triunfo. Hace miles de años que no veía ninguna de las galas, creo que desde que Rosa (esa que estaba en la cola de gargantas cuando dios repartía cerebros) ganó el concurso. En general ninguno de estos concursos me despierta la más mínima curiosidad, aunque hay que reconocer que todos ellos son la perfecta expresión del vacío en el que vivimos la mayoría de nosotros. Casi, más que vacío, debiera decir desamparo.

Apoltronado en el sofá observo atónito como desfilan los cantantes uno tras otro, como clones a los que han ido modelando poco a poco, clase a clase, hasta convertirlos en caricaturas televisivas, en personas aptas para el show-bussiness. Antes de cantar, los entrevista un desgastado Jesús Vázquez, que despliega una simpatía tan natural que parece impostada, que sólo puede ser impostada, que coño. Después de cantar los juzga El Jurado… así, con mayúsculas. De entre los miembros de El Jurado despunta un tal Risto, que es sin duda mucho más listo que los demás. Al menos él debe de estar convencido de ello a juzgar por su actitud chulesca de malo malote cascabelote.

Todo es tan chachi piruli que estoy apunto de apagar la tele e ir a cortarme las venas. Menos mal que aún queda canuto por fumar porque de lo contrario, además de haberme suicidado inútilmente, me hubiera perdido la actuación de un giri negro que canta más que bien. “¿Qué hace este tipo aquí?” – me pregunto despertando de mi letargo y con toda la estupefacción de la que soy capaz a estas horas y tras dos horas de concurso. Antes de cantar habían puesto los típicos videos con las vicisitudes semanales en la academia, en las que el tipo había osado cuestionar (medio en español, medio en inglés) la mecánica del programa porque consideraba injusto que los factores extra-musicales influyeran a la hora de juzgar a los concursantes. “Music is important!” – se le ocurrió decir, con bastante indignación, gesticulando impotente... “¡No jodas!”- fue todo mi pensamiento.

Como ya he dicho, actuó muy por encima de la media mediocre del programa y le llegó el turno de ser juzgado por El Jurado. Risto comenzó a repartir estopa sin entrar a valorar la interpretación que acababa de presenciar (“¡Coño!, si va a tener razón el negro” -me dije). Parece ser que el hecho de que el muchacho hubiese osado pensar y, no sólo eso, sino también opinar, no le hizo demasiada gracia al Juez. De hecho comenzó su ataque diciendo que quien era él para opinar sobre la mecánica del concurso… ¿¿¿¿????.... a partir de semejante premisa construyó todo su ataque. El negro no debió enterarse de nada porque de español ni papa, pero a Risto le daba lo mismo porque a él no le interesa que le entendiese el muchacho sino el público. Fue un momento lamentable. No hay nada más patético que ver a un tipo que se supone inteligente (es Juez) y que además entiende de música, defendiendo un formato como el OT y crucificando al único que parece saber cantar con algo de personalidad, por algo tan normal como es pensar por uno mismo. Hasta que grado hemos llegado cuando el público aplaude a un tipo que cuestiona la opinión individual de una persona… viendo este tipo de cosas a uno no le extraña que Hitler llegase a ganar unas elecciones…

…les comentaba lo de “Pequeña Miss Sunshine” porque el final de la película, la última media hora, está dedicada a la participación de la pequeña Olive en el concurso de belleza. La llegada de la familia hasta el hotel en donde se celebra y todo el periplo posterior, son dignos de pasar a los anales de la historia del cine. Esa familia, atípica, con todas sus expectativas puestas en un concurso absurdo, que para ellos representa, simplemente, la consecución de un reto… y el tremendo choque contra esa realidad distinta, que desconocen completamente y en la que no se saben desenvolver, que son ese tipo de concursos en donde el triunfo es lo primordial, en donde todos los valores y todos los principios se desintegran y la superficialidad humana afora sin contemplaciones. Ese tipo de concursos en los que pensar y tener opiniones propias está prohibido por ser contraproducente y dañino. Esos concursos que son la metáfora perfecta de esta nuestra sociedad, en la que la fama (nimia y efímera) es el mayor de los logros. En los que alcanzar el triunfo justifica perder los principios más elementales, prostituirse por una causa. En la película es aún más triste porque el objeto del triunfo son los hijos, niños pequeños que se convierten en simples proyectores de toda la frustración acumulada de unos padres que creyeron que para ser algo en esta vida hay que triunfar. Y yo me pregunto ¿Qué coño es triunfar?

Sólo me resta dar las gracias a Olive, esa niña maravillosa cuya esencia deberíamos guardar todos dentro, por siempre jamás. Y a toda esa familia de perdedores que, si se mira bien, son en realidad, los únicos que ganan, los verdaderos triunfadores.

miércoles, 18 de junio de 2008

Fisterra

Es esta la historia de un tipo que, según decía, sólo se equivoco una vez a lo largo de su extensa vida. Siempre tomó las mejores decisiones, las más apropiadas en cada momento, para avanzar con notable éxito; no se sabe bien si por suerte o simplemente porque le resultaba imposible equivocarse, que era lo que a él le gustaba decir. Gracias a ello -a la suerte o lo atinado de su criterio- su devenir fue como navegar con suave brisa por un mar siempre en calma... hasta que la tempestad irrumpió inesperada y violenta, y descompuso su mundo sin piedad.

La historia de, llamémosle J., podría parecer increíble a los ojos del común de los mortales. Nosotros -el resto- dudamos y nos equivocamos, así que es lógico que creamos imposible que pueda existir en el mundo alguien que no lo haga o, al menos, que crea no hacerlo. Además, resulta imposible poder medir algo tan subjetivo como son los errores o aciertos de alguien, con un mínimo de objetividad.

Pero no se trata de creer o medir sino de vivir; y yo no les estaría contando nada de esto si no hubiese convivido durante más de cuatro meses -su último invierno- con él; si esta historia me hubiese llegado de cualquier otro que no fuera él mismo. En las largas conversaciones que mantuvimos nunca encontré resquicios que me hicieran sospechar de la veracidad de sus palabras. No sé si era por la seguridad con la que exponía todo, por la seductora manera que tenía al narrar o por el timbre suave de su voz, pero todavía, hoy en día, mientras escribo estas palabras y recuerdo, sigo convencido que todo lo que me contó es rigurosamente cierto y me atrevo a afirmar que J. nunca se equivocó, tan sólo una vez.

Conocí a J. en el ocaso de sus días. Llegué a Fisterra para trabajar como su enfermero particular y acabé siendo su amigo y confidente. Nadie quería aceptar aquel trabajo, las condiciones económicas eran atractivas pero requería aislarse en un caserón de la costa, en pleno invierno, a ver morir a un viejo que se había ganado, entre alguno de mis compañeros del hospital, la fama de déspota intratable. Yo era joven y estaba necesitado así que decidí no hacer caso de las habladurías; la inconsciencia y un grueso fajo de billetes se convirtieron en la corriente que me acerco hasta su orilla.

La primera vez que le vi fue en la lejanía; atardecía sobre la playa en la que recalé a bordo de un pequeño bote pesquero, único modo de llegar hasta aquel lugar inhóspito en donde J. decidió pasar sus últimos días. Él me esperaba de pie más arriba, en los jardines del pazo. Mantengo esa primera imagen en mi retina como la de una postal en la que solo desencaja su figura a contraluz: un hermoso pazo rústico sobre el acantilado; sobre el verde, el mar, un faro y el cielo preñado de oscuras nubes a media altura; y J. recortando el horizonte plomizo, apoyado en su bastón; su largo abrigo ondea leve y él se encuentra tan ladeado que parece que vaya a desplomarse en cualquier momento. Una estampa de ocaso, asolada de fin pero esplendida.

Tenía un cáncer de pulmón terminal y se había retirado –en contra de la opinión de su médico- a donde el considero más oportuno, su pazo de Fisterra. Decidió que necesitaba de aquel aire, frío y húmedo, pero sobre todo de los lluviosos atardeceres del invierno de su infancia. No pretendía más compañía que la sus pensamientos, el mar, su perro Dyck, y aquel desapacible invierno en el que no paró de llover; el doctor -que era además un buen amigo- le exigió que al menos se llevara a un enfermero, alguien que pudiera atenderle cuando el dolor arreciara.

Sería muy largo, mucho más de lo permitido, contarles a ustedes todo lo que hablamos durante las tibias mañanas de paseos por aquella playa solitaria; durante esos atardeceres de frío, en los que sentados en el banco frente al mar y arropados con una manta, nos quedábamos mirando el infinito del horizonte, unas veces callados y melancólicos, otras locuaces… y el sol imperturbable que se escondía tras un mar de bravura, dejando que, una noche más –tal vez la última- un manto de oscuridad nos envolviera leve.

Sí les puedo contar que, a pesar de que podría haberse dedicado a lo que quisiera, se decidió por la inversión en bolsa, que no requería estudios y le pareció el camino más sencillo para alcanzar holgura económica. Comenzó con muy poco -lo poco que consiguió ahorrando la paga como estibador en los muelles de su Vigo natal- pero jamás se equivocó en inversión alguna, así que en pocos años alcanzó una posición más que desahogada.

Antes de cumplir los veinticinco años ya había ganado su primer millón. Conoció a Clara, la que luego sería su esposa y que resultó ser la mujer adecuada para él. Tuvieron dos hijos, Alfredo y Lucia, que si bien no heredaron el don de J., sí se beneficiaron de su influjo… al menos mientras él vivió. Era la de ellos una existencia sin fricciones, más parecida al argumento de un anuncio que a la realidad que vivimos las personas que cometemos errores. Vivían como si nada de lo que pasara en el mundo pudiera contaminarlos.

Clara, había fallecido cuatro años antes de que yo le conociera. Al parecer se atragantó con el hueso de la aceituna de su último Martíni, durante un crucero por las islas vírgenes. Me contó que él no podía viajar y que insistió para que ella no viajara sola. Pero esta vez no le hizo caso y se alejó demasiado.

-Fue -me dijo- cuando la mala suerte -siempre al acecho, siempre sedienta de venganza- aprovechó la oportunidad y entró de lleno en nuestras plácidas existencias. Lo hizo por la puerta falsa, cuando ya nadie la esperaba, la muy hija de puta. Estaba esperando a que me equivocase y aprovechó su única oportunidad.

Fue efectivamente, a partir de ese momento, cuando su mundo comenzó a dislocarse. Aquel hecho había representado tal perturbación que era imposible que no se produjeran réplicas. La muerte de Clara le afectó tanto que ya no quiso saber nada más del mundo ni de sus hijos, que también entraron en una extraña deriva que les alejo para siempre, aunque esto es otra historia que no viene al caso contarles.

A los pocos meses le diagnosticaron el cáncer y tras un rosario de pruebas e ingresos hospitalarios decidió aceptar los nuevos designios y se exilió en su pazo de Fisterra. Quería mirar de frente su destino y morir sereno, quería saber, antes de morir, si aquel error era inevitable o, por el contrario, hubiera podido seguir esquivando a la mala suerte, hasta el fin de sus días. Yo le ayudé a rebobinar, me convertí en una especie de confesor al que pudo contar su vida, paso a paso, sin omitir detalles.

J. murió a los sesenta y cuatro años, frente al mar, durante un atardecer en el invierno de 1999. Estábamos sentados en nuestro banco y los últimos rayos de sol enrojecían la línea del horizonte; le sobrevino entonces un acceso de tos que me obligó a acostarle en la cama sin siquiera cenar; le suministré calmante y antes de dormir para siempre me dijo:

—Nunca debí dejarla sola.

domingo, 8 de junio de 2008

Winston ama a Chopin

Winston era sordo aunque no de nacimiento. Un accidente jugando, un balonazo fortuito cuando apenas contaba los diez años, le dejó sordo del oído derecho. Más tarde -hasta ahora nadie ha sabido explicar aún el por qué- fue perdiendo, de manera paulatina, la audición en el otro, hasta quedar completamente sordo. Cuando esto sucedió ya había cumplido los doce años y desde entonces dejó de ser el niño risueño que encandilaba a propios y ajenos para convertirse en un adolescente taciturno y ensimismado.

Walter y Allie, sus padres -una pareja acomodada cuya única prole era él- lo intentaron todo. Winston, arrastró inútilmente su recién adquirida sordera de consulta en consulta, de camilla en camilla; una cara tras otra, todas doctas y sonrientes al principio y luego apesadumbradas, tras semanas de pruebas -quince especialistas y un único rostro en su retina-. Me contaba que soltaban el dossier sobre la mesa mientras se sentaban, se ajustaban las gafas de leer, miraban fugazmente hacia él y se dirigían a sus padres. El médico en su recuerdo le miraba por encima de las gafas, justo antes de soltar la única respuesta que recibieron, Walter y Allie, tras casi cuatro años de recorrer medio mundo: “Incurable”. Ninguno reconocía abiertamente su ignorancia -se excusaban en la inoperancia de las pruebas o en la falta de recursos de la ciencia que profesaban- pero todos cobraban la gruesa factura a través de enfermeras de gesto compungido que daban a firmar boletas de importes exorbitantes. Walter y Allie, ya se encontraban al borde de la bancarrota cuando finalmente desistieron y, tras una larga conversación de madrugada desesperada, decidieron asumir su nuevo destino, algo que consideraban toda una tragedia.

A Winston, yo le conocí algunos años después, los dos habíamos terminado nuestros estudios de arquitectura y el destino quiso que coincidiéramos en el mismo estudio, trabajando como becarios, suspicaz al principio y codo con codo al final. La recuerdo como la mejor etapa de mi vida. Habíamos estudiado durante cinco años en la misma facultad y ni tan siquiera me era familiar su cara. Al principio llegué a dudar de su palabra, me resultaba impensable no haber reparado nunca en él, en la cafetería, en la biblioteca o por los pasillos de la facultad. Más tarde comprendí el por qué: Winston era una especie de espectro que se desplazaba por la vida sin levantar ninguna clase de expectación. Era como si el silencio de su mundo hubiese traspasado la frontera de su cuerpo y lo hubiera recubierto hasta volverlo invisible a los ojos de los demás. Sus puentes con el exterior no estaban del todo cortados, pero él, quizás como medida básica de subsistencia, había minimizado sus interacciones con la realidad de los demás, hasta lo imprescindible. Esto le permitía continuar transitando sin contratiempos por una existencia que a mí siempre me resultó demasiado profunda y solitaria, imagino que como el silencio que le acompañaba.

En cierta ocasión, en una de nuestras primeras conversaciones de índole personal –luego serían muchas más- le pregunté, con algo de torpeza, si no le resultaba demasiado molesta su sordera. Se quedó mirando algún punto del inexistente espacio, algún lugar encima de mi hombro derecho, y tras un prolongado silencio me contestó que no, que quizás lo fue un poco al principio, hasta que se acostumbró al silencio perpetuo -así lo dijo- …luego pasó a no importarle demasiado hasta que llegó al punto de encontrarle ventajas. Solía decirme, a modo de chascarrillo, que echaba de menos la música pero se había ahorrado tener que prestar atención a miles de conversaciones insustanciales.

-¿Sabes? -me dijo en otra ocasión tomando un café en el bar de la esquina-… imagina son las tres de la mañana y duermes -lo normal- y repentinamente, cinco horas antes de lo previsto, los primeros rayos de sol cruzan por tu ventana y te golpean en los ojos. Sentirías un aviso desde tu cerebro de que algo no encaja, mirarías con extrañeza el reloj y luego acabarías de abrir la persiana para observar asombrado el amanecer. Buscarías otros relojes en la casa e incluso enchufarías la televisión para cerciorarte de que realmente está sucediendo, que la trayectoria del planeta se ha alterado y que el sol ha comenzado a iluminar tu hemisferio cuando no debía, nunca debería -enfatizó esto último con un enérgico gesto de manos- …tú todavía no lo sabrás, solo lo intuirás, pero tu mundo, todos los conceptos, todos los asideros, todo lo que creíste referencia, habrán comenzado a caer… y ya nada volverá a ser lo mismo… porque el eje de tu planeta se habrá desplazado n grados alterando su órbita irremediablemente.

Fue en un amanecer de madrugada cuando Winston empezó a congeniar con el silencio; fue cuando lo supo perpetuo; mucho antes de que sus padres hubieran desistido de curarle, apenas tres meses después de oír el ultimo de los sonidos, algunos acordes de un nocturno de Chopin que su padre puso en una soleada mañana de domingo, como era su costumbre; ese nocturno que aún le prendía en el recuerdo, como un tesoro insondable, la última vez que le vi.

martes, 3 de junio de 2008

Autista

Puede que sea desidia… puede que esté cansado de tanto bregar en el día a día, levantarme temprano, acudir al trabajo, regresar tarde, atender a mi familia… nada que se salga de lo común, siquiera estoy seguro de si hago todo esto bien.

Si quiero escribir -que es de las cosas que más me gustan, porque me liberan, porque consigue evadirme de esta rutina justiciera- tengo que trasnochar o robarle horas al trabajo (aunque no estoy muy seguro quien le roba horas a quien)… esto al final redunda es que aún estoy más cansado porque lo cierto que habitualmente al único que le robo horas es al sueño. Cuando consigo terminar un cuento, cuando de entre las tinieblas de la inspiración aparece el cordel que conduce a una idea y consigo desmadejar con éxito una trama, me acuesto cansado pero feliz. Puede que a muchos les parezca absurdo e incluso contraproducente… mucha gente no lo entiende pero a mí me llena… me cansa… me llena.

No siempre que me acuesto tarde escribo… no soy de producción compulsiva sino más bien lenta porque la inspiración suele aparecerse cuando le viene en gana. Hay veces que me enroco ante la pantalla del ordenador, navegando -que gran expresión, que acertada y descriptiva- por la enorme red, escuchando música, dejándome llevar de un sitio a otro en busca de una historia o de una palabra que abra la puerta, que me dé esa primera frase a partir de la cual todo parece distinto. Hay veces que no aparece… y me quedo en la cama, cansado, pensando, dándole vueltas a alguna idea, buscando un enfoque, buscando una primera frase… pero casi nunca aparece cuando sólo pienso en ello.

Últimamente me he convertido en una especie de autista cibernáutico y todo el entramado de relaciones que fui tejiendo, comentario a comentario, en blogs propios y ajenos, se ha desmoronado como si nada. Y me duele…. pero sé como funciona todo esto y tampoco esperaba otra cosa. Poca gente comenta en un blog si no es en respuesta a una llamada previa o espera que lo hagan en el suyo. Así funciona. A veces escribo un cometario en alguno de los blogs amigos y luego lo borro, siento como si no estuviera aportando nada, porque siempre se huye de la polémica, siempre se comenta en positivo, a veces pienso que suena forzado, que sólo se hace porque no hacerlo significa romper el cordón, dejar tu propio blog a la deriva no-comentario… pero no sería justo decir esto porque muchos habéis seguido comentando en este lugar, a pesar de todo, y comprendo que si no hay respuesta al otro lado de la línea es muy difícil establecer comunicación… y yo ya ni siquiera doy respuestas en este, mi espacio. ¡Qué falta de cortesía, por Dios!... Os pido disculpas por ello a todos los que, a pesar de todo, seguís transitando por aquí. Siempre tuve tendencia a la misantropía y los años no han hecho más que acentuar esa manía mía… además estoy cansado… relacionarme supone para mí un gasto de energía extraordinario, mucho más de lo que podáis imaginar, y las pocas fuerzas que me quedan (nunca fui muy activo) las utilizo en escribir o en buscar inspiración por entre libros, blogs y páginas de Internet. Espero que esta explicación sirva, al menos, como disculpa, nunca como excusa… no está mi intención justificarme… ni dejar de hacerlo.

domingo, 1 de junio de 2008

Sobre pájaros

- Más vale pájaro en mano que ciento volando… ¿no eras tú el que no paraba de repetir esa gilipollez, cuando todavía te creías alguien?, mal pájaro fuiste a cazar... ¿Sabes algo de aves?... Mientras me terminó este cigarro te contaré algo sobre halcones… se pueden adiestrar y se utilizan para la caza, aunque supongo que esa parte la conoces… son capaces de cazar aves en pleno vuelo, su habilidad, su dominio de las alturas, se lo permite. Expertos voladores con garfios en las patas y mirada kilométrica. Vuelan recto hasta la presa, que cuando quiere percatarse del peligro ya es demasiado tarde, luego es como una sinfonía, algo que no te lo puedo explicar, hay que verlo... pero me temo que tú ya no podrás… je je je… decía, el arte de la cetrería, sí, caza de volatería, disciplina ancestral, afición de reyes, amigo… una rapaz a tu servicio, como una prolongación de tu mano. Divisan su presa, vuelan recto y la atrapan entre sus garras. ¡Zas!, en un instante, si previo aviso, sin señales que los delaten. ¿Tú eres halcón o paloma, amigo?... je je je, no hace falta que contestes… je je je.


Lucio habla y ríe mientras pierde la mirada en un cielo de nubes espesas y ramas desnudas -mal día para morir- A sus pies, amordazado y atado al tronco de un castaño, yace ensangrentado y apenas consciente -acaba de volver en si- un muchacho bien vestido que no debe de tener más de veinticinco años. Trata de suplicar piedad pero la mordaza se lo impide; sólo es capaz de emitir, de cuando en cuando, con ojos muy abiertos y mueca de muerte, súplicas guturales de garganta que quema. Lucio no parece prestarle demasiada atención; su figura se recorta erguida al sol de atardecer del otoño; corre el viento frío y su abrigo ondea con levedad; con la espalda apoyada en el coche, fuma tranquilo mientras continúa con su perorata sobre halcones y cetrería:


- Hoy en día casi todos los halcones son de criadero pero aún hay quien los caza salvajes... hay que esperar que estén ahítos -¿Sabes lo que significa ahítos, Víctor?, bien comidos, sí-. Luego con una red es suficiente. Durante el adiestramiento, los tienen al menos un mes encerrados, a oscuras, para que se acostumbren a los nuevos olores y sonidos… ¿Imaginas el miedo que pasan los bichos, desprovistos de su mejor arma, de la vista, agarrados a una percha, único asidero?... seguro que ahora si eres capaz de imaginarlo… se les entrena en el miedo, hay que desorientarles, sólo pueden ver la luz cuando van a volar. Luego tienen que enseñarles lo más complicado, a regresar al amo. Hay que acostumbrarles a comer de tu mano, emitir un chasquido… tech, tech, tech… mientras lo hacen; un sonido que cada vez que lo oigan les haga regresar a tu puño, en busca de carne fácil. Tú no oíste el chasquido del amo, Victor…-Lucio acompaña su explicación con amplios movimientos de manos y cuerpo; aspira una calada prolongada, con rostro adusto y la mirada perdida entre las hojas secas, y tira, con gesto de desdén, la colilla candente sobre el pecho del joven- …por eso estás en esta situación.


Víctor comienza a gemir más fuerte ante la inminencia de su muerte. Él siempre había sido un buen chico, algo tarambana pero nada que pudiera despertar las alarmas en su acomodada familia. Había sabido medrar, sin apenas trabajar, dentro de la empresa del tío Fausto, todo un magnate de la construcción, uno de esos tipos hechos a sí mismo, de los que todavía piensa que nadie le ha regalado nada en la vida; Víctor creció a su sombra, aprendió rápido a moverse entre empresarios y políticos de medio pelo; vestía elegante, presentaba buenas maneras y era bien parecido; manejaba pasta, tenía un buen coche, una buena casa y follaba casi todos los días… pero quería más, quería agarrar todo lo que se pusiera a su alcance, quería sentir el poder, ejercerlo, aunque, a tenor de la circunstancia en que se encontraba, equivocó su ruta .


Lucio acaba de pisar la colilla, que ha caído rodando desde el pecho de Víctor hasta el lecho de hojas, se calza los guantes con gesto estudiado, e introduce su mano entre el abrigo y el cuerpo, para extraer la Beretta. La pasea ante los ojos desorbitados de su presa y observa sus reacciones, se recrea en cada gesto del pequeño amago de magnate. Así disfruta Lucio, en convivencia directa con el horror de los demás, con su mirada cuando descubren que ya no hay vuelta atrás, que es el fin. Con la pistola negra en la mano, no quiere terminar sin antes añadir un ingrediente más, la guinda de su sádica tarta:


-La chica, sí, la novia de tu tío, esa que te follaste en el despacho… va en el maletero. Se empeño en gritar y le tuve que rajar el cuello antes de lo previsto -abre el maletero del coche, carga un fardo ensangrentado al hombro, lo deposita al lado de Victor y sigue hablando con respiración entrecortada - …tu tío Fausto te manda saludos y dice que no es por la chica, que eso te lo podría haber pasado, que le importaba un carajo -como queda patente- …dice que no tenías que haber echado mano a la caja para llevarte esos documentos y los dos kilos... pájaro equivocado -esto último es mío, no lo he podido resistir- ¿Tienes algo que añadir en tu defensa?... je je je… ¡Ah no, que no puedes!, y parece que ella tampoco… je je je


El viento arrecia y las hojas, secas y doradas, se arremolinan por entre el sotobosque y los pies de Lucio. El sonido de la detonación se pierde en la inmensidad del bosque, sin ni siquiera un mísero eco que lo denuncie. Cesan los gemidos y aparece el ruido de un motor al encenderse, ruedas que patinan sobre el barro y los primeros acordes de un blues. La noche viene fría y ha comenzado a posarse sobre la Sierra de Gredos.

lunes, 19 de mayo de 2008

Cruce de caminos

Hoy, repasando los viejos artículos que escribí, durante la década y media en la que trabajé para el San Francisco Chronicle, como columnista de lo cotidiano y lo excepcional, he rescatado, de entre mis papeles, los apuntes de aquel viaje inolvidable que me llevó, en el curso del caluroso verano de 1938, hasta Greenwood, Missisipi.

Debía cubrir la crónica de un concierto que resultó ser, a la postre, uno de los últimos que dio aquel bluesman que más tarde, el tiempo, se encargó en convertir en leyenda. Ya circulaba, por aquel entonces, de boca en boca, el rumor de que aquel tipo al que yo sólo conocía por un par de fotos y un EP grabado dos años antes -que adquirí para documentarme- había vendido su alma al diablo, en un cruce de caminos, a cambio de poder tocar el blues mejor que nadie. Una historia a todas luces increíble que yo intuía como un filón lleno de posibilidades. En realidad mi idea de entonces era la de llegar más allá… quería recorrer todo el delta del Missisipi, cuna y escenario de esa música que era llanto desconsolado de un pueblo largamente esclavo; un canto lleno de rabia y dolor que nos cuenta -a todos los que aprendimos a escucharla con atención- a través de los siglos y de los hechos más cotidianos, la historia de una injusticia manifiesta. Quería documentarme profusamente para intentar acometer luego un proyecto que nunca llegué a consumar: escribir un ensayo en el que se trazase la lucha de los esclavos americanos y cuyo hilo conductor sería su música, desde el tam-tam hasta el incipiente blues eléctrico.

Fue ese rumor sobre almas y diablos, cazado en medio de una conversación de bar al hilo de una sus canciones, el detonante de que el interés, que ya hacía algún tiempo venía fraguando en mi interior, tomará la forma del deseo incontrolado, de la obsesión irracional. Veía en él la oportunidad de poder convencer a mi jefe de que me permitiera emprender aquel viaje descabellado que me llevaría hasta lo más profundo de la América rural y paleta, en donde un negro valía lo mismo que el estiércol con el que abonaban los campos de algodón. Amplias extensiones de algodonales que, junto a los pantanos, eran casi el único paisaje que parecía vislumbrase a lo largo de kilómetros y más kilómetros.

Cuando por fin di con él, con Robert, ya llevaba casi tres semanas de rutas inverosímiles, en las que recorrí decenas de pueblos de miseria, en los que casi todos -blancos o negros- me miraban con recelo: nadie se explicaba que hacía un tipo del oeste rastreando la pista de un bluesman apenas conocido, que arrastraba tras de él, el estigma de haberse sometido a los designios del más negro de los vudús por una frivolidad tan evidente como era la de tocar la mejor música.

Recuerdo ahora con nitidez la estampa: el sol del tardío atardecer se filtraba tenue y oblicuo por entre las rendijas que dejaban los tablones mal colocados que componían, con precario equilibrio, aquel bar llamado Three Forks, situado, como no podía ser de otra manera, en mitad de un cruce de caminos. Las figuras de Robert y de su guitarra se recortaban fantasmales encima de un paupérrimo escenario que había sido improvisado con una tabla y seis cajas de cerveza. Apenas unos cuantos negros habían acudido aquella tarde a presenciar su actuación y él, ajeno a todo, sentado en un viejo taburete, de espaldas al público y fumando, elegantemente vestido con traje, corbata y un sombrero de fieltro, tocaba su guitarra y cantaba un blues que, desde su quejumbrosa y perfecta cadencia, se desperezaba con soltura por entre las mesas, esquivando los últimos rayos del sol y hechizando, a su paso, a todo los que lo escuchábamos.

Fue una experiencia arrebatadora en la que el tiempo y el espacio parecieron comprimirse en torno a aquel lugar mísero y decrépito, y tras la que puedo atestiguar, sin temor a equivocarme, que nací como un hombre distinto. Recuerdo que juré, en medio de la embriaguez de güisqui y blues, que seguiría la pista de aquel tipo hasta el mismísimo infierno para poder dar fe ante el mundo de que su historia era cierta, de que era del todo imposible tocar así sin que hubiese mediado la intervención de alguna fuerza sobrenatural, se llamase Belcebú o Ishu. Mis intenciones se disiparon, al día siguiente, con la resaca machacando mi cabeza y la amenaza de despido de mi jefe aún fresca en mis oídos.

Unos días más tarde, de regreso a San Francisco, escuché en un bar de carretera que Robert Johnson había muerto víctima de envenenamiento. Al parecer, poco tiempo después de aquel concierto al que tuve la suerte de asistir, el dueño del destartalado Three Forks había regado el güisqui de Robert con una buena dosis de estricnina ya que sospechaba, no sin base, que aquel hijodeputa, acólito del diablo, se estaba beneficiando a su bella esposa delante de sus mismísimos bigotes. “No hay nada más peligroso que un negro paleto y cornudo”, oí decir a un viejo desdentado sentado al fondo del bar en donde apuraba mi desayuno.

Fue entonces cuando la historia, la de Robert y su blues, se convirtió en leyenda.




lunes, 12 de mayo de 2008

Capitulo VIII

El día siguiente al segundo encuentro entre Julia y Lucio nevaba sin parar y aquel poblado marginal del extrarradio de Madrid se asemejaba a una tundra de podredumbre. Por entre las veredas de vertidos y chatarra deambulaban yonkis habituales y ocasionales en una extraña romería sin más virgen que la heroína o la santa farlopa. Muchos de ellos habían hecho suya alguna ruina, cualquier cosa que significase mínimo recogimiento, y sin más dilación se inyectaban o fumaban su dosis sin que pareciera importarles demasiado que alguien pudiera reparar en ellos. En realidad nadie lo haría porque a nadie interesaban, cualquiera que tuviera el valor de transitar por allí o se drogaba o vivía de los que se drogaban. Todo quedaba en casa.

Teodoro estaba harto de ese horizonte, su inquieta imaginación dibujo durante años otros paisajes pero hacía algún tiempo que había dejado de imaginar y ya sólo podía pensar en huir. Veía en los yonkis el último eslabón de una cadena demasiado larga, el motor invisible de una economía subterránea y floreciente que alimentaba a fieras suburbiales.

En el centro de operaciones de aquella composición fantasmagórica se arraciman las chabolas formando un núcleo económico que, con los años y la prosperidad del negocio, había ido creciendo y evolucionando, como si de una ciudad paralela se tratase, con sus propias leyes y costumbres, como un parásito inevitable que subsiste mediante una simbiosis perfecta, un equilibrio en el filo de la gran urbe. En todas las casuchas destacan poderosamente las enormes antenas parabólicas y las pesadas rejas cubriendo todos sus posibles accesos. En sus puertas conviven elegantes coches de alta gama con sucios camiones de chatarreros y traperos. El contraste se le antojaba a Teodoro grotesco e insoportable. La nieve caía constante y el tráfico de especias continuaba como cada día, como cada año, como en un enorme mercado en el que la actividad no parece acabar nunca. Ríos de personas encadenadas a su particular rueda de los acontecimientos, que se suceden con total naturalidad, como si todo aquello fuera algo normal.

Tal y como Teodoro supuso, hubo gran chanza entre familia y allegados cuando se enteraron de su percance en el tren. Intentó ocultarlo pero, en cuanto su hermano le presionó un poco, acabó confesando la pifia. Trató, ya nervioso, ya con ese medio tartamudeo que tenía la manía de traicionarle en los momentos más inoportunos, de justificarse diciendo que el olvido de las balas se debió a la falta de costumbre, que él no había matado nunca antes.

-¿Qué fa-fa-fa-fa-alta de co-co-co-costumbre ni que niño muerto?- le increpó con voz enérgica su hermano Miguel entre las risas indisimuladas de todos los primeros espadas de aquel clan vergonzante- ...avé si aprendes a chamuyar como las personas humanas y te dejas de haser el pargo… maricón, que hases que la gente nos mire raro y piensen que tos somos de la misma ralea.

Teodoro no paraba de pensar, apenas escuchaba, se acorazaba en sus pensamientos para no tener que oír otra vez lo mismo… inconexo, absurdo, mediocre: ¿Cómo explicar a semejante animal de bellota nada acerca de la naturaleza humana? ¿Cómo decirle que al único en la tierra al que mataría con gusto es a él, que el resto del mundo nada le había hecho? ¿Cómo hacerle entender que, en realidad, aquel frío día de invierno, meses atrás, en que Lucio atravesó el corazón de su viejo con la bala de un 45, él sólo sintió un reconfortante alivio, ninguna pena? No se sentía culpable por ello porque pensaba que el mundo había ganado mucho más de lo que había perdido con la muerte de su viejo, especialmente el suyo.

Dio media vuelta y encaro la salida mientras oía carcajadas y algunos insultos a su espalda. La voz de Miguel Minuesa se alzó potente entre el murmullo y le atravesó el orgullo, como un último puñal que, por inesperado, si alcanzó su objetivo.

-Sí, nojaté parguela… y si quieres volver por aquí, si quieres el parné no me valen los paripés, sólo dejaré que pases por esa puerta con la chola de ese Lucio en las manos- las voces se mitigaron y animado por la expectación creada se animó con otra de sus gracias–…y, bueno, bizco, que no se sabe si miras pa Cuenca o p’albacete, que no hase farta que traigas la cabesa dil nota, que con qui traigas una prueba de que le has dao mule será suficiente. No se puede pedir más a un calorro como tú… eres una deshonra, padre dibió haberte mandao matar sin darte oportunidad de ná. No vales ni pa tomar por culo.

Escuchó quieto y con la mirada clavada en la puerta, la cabeza ladeada y el oprobio apretando sin compasión dentro de su cráneo, justo a la altura de las sienes. No quiso mirarle más, sentía vergüenza, sólo quería salir de una maldita vez de aquel lugar apestoso para vomitar la rabia y el nervio en la primera esquina que encontrara, fuera ya de la vista de aquella caterva de analfabetos desaseados a los que cada noche deseaba la muerte.

Después de vomitar hasta el alma se quedó sentado en el suelo, sudoroso y con la espalda sobre un muro medio derruido, sollozaba con la cabeza metida entre sus palmas extendidas. Daba la estampa de cualquiera de los cientos de yonkis -paisaje de su infancia- que se podían ver a todas horas, pinchándose desesperados para luego caer, casi de manera instantánea, en el sopor del zombi. Así se sentía él en aquel momento lamentable de su existencia. Quedó quieto sollozando entre nieve sucia, restos de jeringas y papeles de plata abrasados; sintió entonces un fogonazo que fue como salir de su cuerpo para hacerse una fotografía de sí mismo, así como estaba, componiendo aquel cuadro surrealista y patético. Levantó su mirada hacia ninguna parte y notó, como no lo había hecho nunca antes, que la determinación se apoderaba de él y, por unos segundos, cruzo como una ráfaga entre sus pensamientos un boceto del que sería su plan. Entonces una sonrisa acudió dócil hasta sus labios para acabar convirtiéndose en una carcajada, que nadie parecía escuchar pero que a él, le resultó una suerte de liberación instantánea.

domingo, 11 de mayo de 2008

Dos funámbulos

Funámbulo, la.

(Del lat. funambŭlus, que anda sobre una cuerda).

1. m. y f. Acróbata que realiza ejercicios sobre la cuerda floja o el alambre.

2. m. y f. Persona que sabe actuar con habilidad, especialmente en la vida social y política.

La mayoría de la gente piensa que estar allá arriba, a varios cientos de metros sobre el suelo, pendiente tan solo de la búsqueda del equilibrio, de no errar el siguiente paso, sintiendo el cosquilleo del vértigo recorriendo la columna una y otra vez, con cada leve movimiento de la pértiga, con cada latido del corazón, difiere en algo a tener los pies depositados firmes sobre la tierra. Yo, que conozco las dos realidades, puedo asegurarles que no es tan distinto. La vida es igual de caprichosa e inconsistente en el suelo que allí arriba; en ambos lugares, cada paso -cada cien- es una extraña mezcla de habilidad, causa y azar.

La vida de Juan transcurrió por veredas de suaves pendientes en las que el horizonte siempre aparecía despejado. Hay personas que parecen inmunes a la mala suerte, a las que el éxito les encaja con tal naturalidad que no sorprende verlas triunfar; que se mueven por la vida con seguridad insultante, haciendo realidad todos sus sueños con tan sólo proponérselo. Juan era una de ellas, un auténtico caballo ganador. Me ha contado su vida tantas veces, desde que estamos aquí, que me la sé de carrerilla; estoy seguro de que si volviera a nacer podría seguir todos sus pasos sin miedo a equivocarme ni una sola vez. Porque Juan nunca se equivocó cuando todavía respiraba; tuvo siempre las cosas tan claras, era tan meticuloso, que cada vez que me lo vuelve a narrar -parece incansable-, recuerda con exactitud cada paso dado, cada decisión tomada, cada momento incandescente de su, a todas luces, corta existencia. No he sido capaz, a pesar del tiempo transcurrido, de la cantidad de veces que he oído las mismas frases, de encontrar contradicciones en su relato ni posibles fisuras en la persona que un día fue, dechado de perfección. Recuerda su vida de cabo a rabo, hasta en el más mínimo de los detalles. Quizás sea esa su penitencia.

En cuanto a mí podría decirse que no tuve elección, anduve por el alambre desde antes de tener uso de razón. Lo hacía con tanta naturalidad que cuando pisaba el firme de la tierra me sentía inseguro y quebradizo. Mi hogar eran las alturas, mi mejor amigo el vacío bajo mis pies. No puedo contar mucho más porque mi vida se reducía a entrenar y actuar. Sí les puedo decir que hubiera preferido conocer a Juan en otras circunstancias, presentarme ante él de otro modo, pero, como ya he dicho, el azar a veces se empeña en sorprendernos -a unos más que a otros- en el momento menos oportuno. Si dios hubiera existido -ahora puedo afirmar que no- me habría presentado ante él sólo para decirle que como cabrón jocoso no tenía igual y quién sabe si no le hubiese echado la culpa al diablo.

Quizás se pregunten acerca de mi penitencia. Es la continua monserga de Juan, su lloriqueo constante, este gemido lastimero que me perfora el tímpano, como un zumbido infinito que atraviesa el extraño silencio de esta noche que nos ha tocado compartir. Siempre dándole vueltas a lo mismo -a él y a su vida plagada de éxito-, pensando en lo que debió ser, repasando hasta la extenuación cada paso dado, cada decisión tomada, hacia delante y hacía atrás… buscando con habilidad meticulosa una explicación al azar a través de sus causas. Como si eso fuera posible. También tiene la fea costumbre de recriminarme que yo fui el artífice de todas sus desgracias, el causante de lo imposible. Yo suelo reír amargamente cada vez que lo escucho; soporto mi penitencia entre la culpa y el desamparo.

En realidad su única desgracia fue pasear por aquella calle, el día en que el circo llegó a su ciudad, y detenerse a mirar a una rubia despampanante que atendía a mi actuación, esa en la que anunciaba desde las alturas la feliz noticia de nuestra llegada. Fue el día en el que nuestros destinos quedaron ligados para siempre. Yo observaba a la multitud arracimada expectante bajo mis pies, a cientos de metros por debajo, cuando una gaviota decidió posarse en mi pértiga; sentí el leve cambio de peso e intenté retroceder sobre mis pasos pero ya era demasiado tarde porque acababa de emprender una nueva zancada sobre el alambre y aquel movimiento inacabado, acabó por convertirse en el gesto patético de aquel que sabe a ciencia cierta que acaba de traspasar el umbral de la muerte. Por unos segundos quedamos solos el vacío y yo, mirándonos fijamente por última vez. Tengo que reconocer que no se pareció en nada a como lo había imaginado o soñado: caí desde una altura de veinte pisos y ni tan siquiera pude gritarle a Juan que se apartara, el sonido quedo congelado en mi garganta y a pesar de que puse todo mi empeño en ello -el último de mis empeños- no lo conseguí. Juan se había detenido y se encontraba más pendiente -nunca lo ha reconocido- del culo de aquella hermosa muchacha que gritaba horrorizada mirando mi desplome, que de cualquier otra cosa que pudiera suceder a su alrededor. Si se hubiera molestado en levantar la cabeza, tan sólo unos segundos, yo no les estaría contando a ustedes nada de esto.

Los dos morimos en el acto. Nuestros cuerpos quedaron reventados sobre un charco de sangre durante más de ocho horas, fue una vergüenza. El juez que debía proceder al levantamiento de nuestros cadáveres había prometido a su hijo pequeño que aquella tarde le llevaría a ver a Ángel Cristo y sus leones, que acababan de llegar a la ciudad y que por aquel entonces se encontraban en el cenit de su fama, como aquel otro, ese joven prodigio del piano, medio chino medio austriaco… ¿cómo se llamaba?... ah sí…sí… Wan Helldemann. ¿Lo recuerdas, Juan?

jueves, 8 de mayo de 2008

Efímero (Fuera de programa)

Es seguro que muchos de ustedes aún recuerden a Wan Helldemann, el que fue niño prodigio del piano, ese que arrastró sus huesos por medio mundo, de platea en platea, de plató en plató, como un pequeño mono de feria, tocando piezas de otros ilustres avezados como Mozart, o Haendel. En una ocasión llenó el Wigmore Hall, acompañado por la Filarmónica de Londres; fue una calurosa tarde de julio del 73, cuando se encontraban en el cenit de su fama y su foto colgaba sonriente en las portadas de revistas de medio mundo. En aquel concierto -que luego se supo- legendario, acababa de cumplir doce años aunque lo cierto es que el azar de un oído prodigioso le había llevado a comenzar su particular periplo, de la mano de un padre severo, cuando apenas tenía seis. Tras el concierto su fama experimentó un fogonazo incandescente y a partir de entonces comenzó un suave declive hacía el gris anonimato, tan suave que nadie reparó en él, tan progresivo en su avance que pareció natural. Su foto fue desapareciendo de las portadas, apenas aparecía en las reseñas culturales, su nombre fue borrándose de los carteles iluminados. Había muerto el niño -la noticia-, había desaparecido sin que nadie se enterara, siquiera él mismo.