miércoles, 28 de enero de 2009

Tasunka witko

Profecía del Búfalo Valiente. Nación Sioux (extracto)
El Sagrado Aro muestra cómo todas las cosas entran en un círculo. Lo viejo se vuelve nuevo; lo nuevo se vuelve viejo. Todo se repite.

La cultura tiene sus raíces en la Tierra. Las personas sin cultura no existen por mucho tiempo porque la Naturaleza es Dios. Sin una conexión a la naturaleza, las personas flotan, crecen negativas, se destruyen.

El Gran Espíritu esta en todas las cosas, esta en el aire que respiramos, y La tierra es nuestra madre, lo que nosotros damos a la tierra, ella nos lo devuelve.”


El hombre blanco quiere que abandonemos la tierra de nuestros ancestros, las colinas que me vieron nacer, que nos observan imperturbables desde que el primero de los Oglala cazó búfalo bajo su viento. Hostigan a nuestro pueblo, humillan nuestra cultura.

Makhpyia-luta* ha perdido su fuerza, no quiere más guerra y da por buenas las palabras del rostro pálido. Ya no recuerda Sand Creek; enterró el recuerdo junto con su hacha. Envejecerá confinado en el lugar que otros decidieron. No sabe que para el blanco la pipa nada significa, que él mismo no es más que un viejo sin patria.

La codicia es insaciable y cruel. Fue un metal amarillo lo que les trajo hasta las colinas negras, nuestro último reducto. Quieren profanarlas como profanaron nuestra caza y nuestras llanuras, sin dar nada a cambio, sólo nuestra sangre. Un metal no vale una vida del mismo modo que una vida no vale un metal. El Gran Espíritu grita, la madre tierra gime. Si yo no escucho a aquel que me alimenta y me cobija, ¿quién soy? Si dejo que la codicia prevalezca y no escucho a mi madre ¿dónde reposará mi espíritu cuando mi hora llegue?


Cuando apenas era hombre soñé que montaba sobre un caballo salvaje, que giraba nervioso, que me guiaba a la batalla. Un rayo de fuego y granizo surcaba mi cara y mi lanza de guerra se alzaba hacia las nubes. Fue cuando mi padre me dio su nombre, Tasunka witko**, cuando me dijo que nunca sería vencido en la batalla. Muchas lunas han pasado y mucha sangre ha corrido pero el aro sagrado todavía no se ha cerrado.


El día es tibio y mi sueño ha sido plácido. La visión regresó anoche desde el fuego de mi hogar: un caballo salvaje que galopa a la batalla, que guía a todo un pueblo, inyectado de valor, orgulloso de la sabiduría que no está escrita, esa solo prevalece en nuestra memoria y que morirá cuando el último de nosotros haya caído o se haya rendido.


Los rastreadores han regresado y hablan de rostros pálidos hasta donde la vista se pierde. Una nueva batalla se avecina. Sobre la loma se recorta la figura de un blanco de largos cabellos. Que el Gran Espíritu nos ayude, que la madre tierra nos dé fuerza, que el aro sagrado se cierre otra vez.


****

El veinticinco de Junio de 1876, Tasunka witko, al mando de tres mil quinientos guerreros (hunkpapas, sans arc, pies negros, miniconjou, brule, cheyennes, oglala, y un grupo pequeño de indios two-kettles y arikara), ayudado por la codicia y el ansia de gloria de un joven teniente coronel llamado George Armstrong Custer, venció en la batalla de Little Big Horn, masacrando al Séptimo de Caballería e infligiendo a los rostros pálidos la mayor derrota conocida a manos de unos ¿salvajes?.

* Red Cloud (Nube Roja)
** Crazy Horse (Caballo Loco)




lunes, 26 de enero de 2009

Gregory Colbert - Ashes and Snow










miércoles, 14 de enero de 2009

Recurrencia (II)

—Ya nadie daba un euro por Leo —Berni hablaba con su mirada de sonado clavada en la pared. Plantaba sus ciento veinte kilos sobre la banqueta de madera de la entrada al garito, que gemía con cada movimiento —no es sólo que debiese pasta a media ciudad, es que, el muy hijo de puta, se había estado follando a la hermana del jefe… ¡y pretendía dejarla! Ella estaba muy enamorada, ¿sabes?

—Ya entiendo —a Lucio le importaba un carajo lo que aquel trozo de carne y músculo pudiese pensar o decir, que sin duda no era mucho. Le daba igual que Leo se hubiese estado tirando a la hermana de Tatín, que la hubiese dejado o que le hubiese transmitido la sífilis. Él hacía su trabajo y lo cobraba, por supuesto —¿Está tu jefe? Tengo un asunto con él.

—Está abajo pero no sé si podrá recibirte, tiene visita —dijo el portero con una voz gangosa que rompía toda la fiereza de su rostro romo —Te advierto que está cabreado de cojones. Baja si quieres, puedes esperar en la barra, tomando algo —sacó un pañuelo de papel y se sonó los mocos con estrépito —puto trancazo.

—Eso haré, Berni, cuídate ese catarro —Lucio se encaminó a través del estrecho pasillo de paredes descascarilladas, mustias de humedad. Al final, una angosta escalera bajaba hasta una puerta de chapa, similar a la que custodiaba Berni. Tras de ella se abría un enorme espacio diáfano en el que se desperdigaban mesas de juego por doquier. Sobre ellas aún quedaban los restos de la noche anterior: vasos vacíos, ceniceros repletos y cartas amontonadas sin ningún orden concreto. Eran las cuatro de la tarde y aún olía a vicio reseco. Al fondo había una barra. Detrás, una camarera adormilada pasaba una bayeta, tan desgastada como ella, por la pegajosa superficie y maldecía por lo bajo. Debía tener unos cincuenta. Eso o estaba demasiado perjudicada por la vida nocturna, implacable con la salud y la frescura. En su rostro cansado y demasiado maquillado se podían leer varias vidas juntas. Lucio avanzó hasta ella y, sin quitarse el abrigo ni los guantes, se sentó en un taburete metálico, tapizado con una tela indefinible que simulaba la piel de un leopardo.

—¿Qué se te ha perdido, encanto? —dijo la mujer sin ápice de emoción, casi de carrerilla. Miró a Lucio a los ojos, por un instante, y luego bajó la vista hacia la barra. Era como si el instinto de miles de noches de lumpen la hubiese puesto en guardia, advirtiéndola que mirar directamente a esos ojos sólo podía traer problemas.

—Vengo a ver a Tatín. Pon un café con leche —Mientras hablaba, Lucio recorrió con la mirada todo el espacio hasta detenerse en una puerta disimulada en el dibujo incierto de un mural de escaso valor artístico, dibujado sobre la pared, al otro extremo de la sala. Encendió el pitillo y miró de reojo a la mujer. No era ninguna jovencita despampanante pero Lucio la hubiera cabalgado con gusto. “La experiencia es un grado y seguro que la chupa como los ángeles”, fue todo su pensamiento

La camarera le sirvió el café y siguió puliendo la barra.

****

Tatín frisaba los cuarenta. Era tan bajito como robusto, de cabeza redonda, sin un solo pelo en ella; para compensar su alopecia, lucía un enorme mostacho, que se mesaba cuando pensaba y que le había hecho famoso. Golpeaba con fiereza la mesa de su despacho al tiempo que profería gritos al tipo sentado al otro lado, que permanecía imperturbable.

—No me toques los huevos, Felipe, los Minuesa aceptaron el trato y ahora soy yo el que controla esas discotecas, si hay que ir a la guerra iremos.

—Sinceramente, Tatín, no creo que merezca la pena. Son sólo un par de locales y los Minuesa todavía tienen mucho poder —Felipe había sido siempre un consejero tan fiel como precavido. Nunca le había gustado la guerra, demasiada sangre, demasiada pérdida absurda, pero esta vez se equivocaba.

—Me parece que no lo entiendes. No se trata de un par de locales, se trata de una cuestión ética, de principios. Es un trato, hay que cumplirlo. Además, si les dejo que se salgan con la suya, la próxima vez vendrán a arrebatarme lo que es mío. Joder, parece mentira que te tenga que explicar esto. No podemos mostrar debilidad.

—No somos débiles y no es malo que ellos lo piensen. Deberías leer “El arte de la guerra” de Sun Tzu. Tú no lo ves así porque piensas con las pelotas y lo enfocas todo desde ese extraño sentido ético que sólo entiendes tú. Cuando los Minuesa quieran venir a por lo que es tuyo lo harán sobre un cálculo equivocado y eso nos dará ventaja suficiente para acabar con ellos para siempre. Y si no vienen, podremos cogerles desprevenidos. Ahora sólo esperan que les ataquemos.

- Tú y tus putas lecturas, ¿Quién coño es Suzún, o como coño se diga? —Tatín se quedó pensativo y comenzó a mesarse el mostacho.

****

Lucio apuró el café, apagó el cigarro y llamó a la camarera.

—¿Es esa la puerta del despacho de Tatín? —acercó la boca hasta su oreja, como si fuese a hacerle una confidencia.

—Sí, ¿por qué? —Antes de que pudiese darse cuenta, Lucio la agarró por la nuca. Con un movimiento rápido pegó la boca contra su hombro y le clavó un punzón en el cuello, que le atravesó la yugular y la garganta. “A tomar por el culo el abrigo” pensó mientras la mujer trataba de zafarse de su muerte con grito mudo.

Se levantó, ajustó sus guantes en un gesto mil veces repetido, y se dirigió con paso firme a la puerta disimulada, al otro extremo del local. Sacó la Beretta, ajustó el silenciador y la abrió con una violenta patada.

A Felipe, el fiel consejero, no le dio tiempo a girar la cabeza. Recibió un tiro en la nuca y cayó, junto con la silla, con ruido seco. Tatín, que estaba mesando su bigote, sólo pudo esbozar una mueca absurda Quiso gritar pero Lucio le acertó con un disparo en la garganta, que le destrozó las cuerdas vocales. Se desangraba , con el gesto congelado en un grito, los ojos desorbitados y la boca muy abierta, cuando Lucio le dijo:

—¿Te creías alguien? —y disparó tres veces más, balas de ejecución: dos en la carótida y una en la base del corazón. Mientras se dirigía a la puerta, y sin mirarle, remató a Felipe que todavía acertaba a respirar. El despacho quedó en silencio. Cerró la puerta a su espalda y observó una vez más la sala. Seguía en calma. Subió por las escaleras, atravesó el angosto pasillo y antes de que Berni pudiese preguntar nada le atravesó el cráneo con un único disparo, a quemarropa. Berni no llegó a caer del taburete. Fue el taburete el que no pudo aguantar más su peso y quebró las patas, en una suerte de dimisión perpetua. Quedó con la cabeza apoyada en la pared, sobre su propio charco de sangre y vísceras, en una posición que a Lucio le pareció inverosímil Sus ojos parecían seguir clavados en el mismo punto del espacio y su rostro desencajado mantenía la expresión pasmada.

Ya en la calle, con mueca de asco, Lucio tiró el abrigo ensangrentado y los guantes en el primer contenedor por el que pasó, guardo su arma, subió las solapas de la americana, se ajustó la corbata y encendió un pitillo. Salió con paso decidido del callejón y subió al coche que estaba esperándole con el motor encendido.

—¿Todo bien? —le preguntó el menor de los Minuesa.

—Sin problema… —se quedó Lucio con la mirada perdida en la calle iluminada de Navidad mientras terminaba de murmurar entre dientes de rabia — …al menos Leo ha tenido una justa venganza, aunque él no lo sabrá nunca.

—¿Quién es Leo?



lunes, 12 de enero de 2009

Nostalgia (ruego me perdonen)

Aún recuerdo los días en que todo tenía su sitio, en los que los acontecimientos, -su sucesión-, no necesitaban de explicación porque todo encajaba sin fricciones. Nada chirriaba. Son recuerdos borrosos, prendidos del acantilado de mi memoria, recuerdos de infancia.

Mi hija se mira en el espejo de la habitación. Tiene cuatro años pero ya se mira como lo haría una mujer adulta. Una luz tenue ilumina la estancia, luz de hogar. Yo leo un cuento, recostado en la cama, y la observo furtivo, tratando de que ella no se dé cuenta. No lo sabe pero es ella la se ha encargado de ir rescatando muchos de esos recuerdos que yo creía perdidos. A veces, como ahora, la serenidad me encuentra observándola, los ojos perdidos en el acantilado y una sonrisa que se esboza tenue. La realidad se me escurre entre los dedos y, por unos instantes benévolos, se fusiona perfecta con mi pasado.

Añoro tanto, -tanto-, mis días felices de infancia, de despreocupación, que me duele. Porque yo ya no los siento como los siente ella.

Yo sólo los puedo recordar.

jueves, 8 de enero de 2009

Copenhague (La Vetusta Morla)

El corría, nunca le enseñaron a andar,
se fue tras luces pálidas.
Ella huía de espejismos y horas de más.
Aeropuertos. Unos vienen, otros se van,
igual que Alicia sin ciudad.
El valor para marcharse,el miedo a llegar.
Llueve en el canal, la corriente enseña el camino hacia el mar.
Todos duermen ya.Dejarse llevar suena demasiado bien.
Jugar al azar,nunca saber dónde puedes terminar... o empezar.
Un instante mientras los turistas se van.
Un tren de madrugada consiguió trazar
la frontera entre siempre o jamás.

Ella duerme tras el vendaval.
No se quitó la ropa.
Sueña con despertar
en otro tiempo y en otra ciudad.




martes, 9 de diciembre de 2008

Recurrencia

Leo acababa de tocar con los nudillos sobre la puerta metálica y esperaba, en mitad de un callejón en penumbra, encogido de frío, a que Berni abriese. Golpeaba rítmicos los pies en el suelo mientras exhalaba aliento vaporoso sobre sus manos enguantadas. Últimamente las cosas no le estaban funcionando muy bien. Había arriesgado demasiado en las últimas partidas. Se encontraba en esa espiral que comienza cuando uno se percata de que ha perdido demasiado y que ya no hay vuelta atrás. La razón se echa entonces a un lado y sólo el azar y la desesperación rigen los actos. Una sola idea ocupaba su mente, como la única salida posible:

-Dar la campanada – repetía para si mismo como una gastada letanía

El pensamiento de que sólo necesitaba ganar lo suficiente como para salir a flote y comenzar de cero, pasó fugaz por su cabeza. No era la primera vez que atravesaba este desierto. Conocía cada uno de sus espejismos y ya no se engañaba; se había repetido demasiadas veces la milonga: sabía de sobra que si el azar volvía a guiarle por el camino correcto, si permitía que ganara aquella noche, pagaría a los prestamistas y seguiría su travesía por aguas plagadas de remolinos, lejos del remanso.

De lo contrario acabaría sus días en algún callejón maloliente, maldiciendo su estupidez. No le asustaban ni el dolor ni la muerte. Lo que le producía temor era su propia imagen, inerte entre contenedores de basura y orines de mendigo, mordisqueado por las ratas. Un cadáver deteriorado y anónimo que nadie reclamará como suyo pues nadie notará su ausencia.

-¿Qué pasa, Leo? ¿A quemar el último cartucho? –la voz aflautada sale desde un agujero cuadrado, grotescamente disimulado sobre la puerta.

-Veo que las noticias vuelan... anda, abre que se me están congelando las pelotas.

-¿Qué quieres, tío?, debes pasta a media ciudad, incluido mi jefe –dijo Berni mientras descorría cerrojos. Asomó entonces su figura encorvada, apenas sí cabía por el marco de la puerta.

Berni era un tipo de aspecto temible pero si charlabas un rato con él llegabas a olvidar que podía partirte el cuello con sólo dos dedos. Podía, incluso resultar afable si uno era capaz de olvidar ese rostro romo, de rasgos difusos, demasiado golpeado por la vida y por oponentes de piernas y puños más rápidos que los suyos.

Leo se llevaba bien con él, procuraba reírle las gracias, aunque no se engañaba, tenía claro que podía hacerle papilla con sólo una insinuación de Tatín, amo y señor de aquel feudo de inmundicia.

-Seguro, Berni, que ya me lo has oído decir un montón de veces, pero noto que esta noche la diosa Fortuna me va a ser proclive.

-Claro, Leo, como no... –Berni no sabía muy bien el significado de proclive, ni tampoco sabía que Fortuna fuera una diosa, si bien no le importaba demasiado. Cerró todos los cerrojos, se sentó en su banqueta, y con la mirada neutra, fija en la pared, añadió –... eso sí, ya puedes ganar.


*****


Despuntaba gélida la mañana cuando Leo salió del tugurio. Inclinó la cabeza hacía atrás y aspiró hondo; dejó que el aire, limpio de frío, le penetrara profundo. Tenía el rostro desencajado de cansancio y farlopa, llevaba más de cincuenta horas jugando sin parar. No había tenido ni una buena mano. Fortuna le había vuelto a dar la espalda, la muy zorra. Supuso que ya se había cansado de sacarle de todos los atolladeros, que ya había agotado su cupo.

No podía pensar con demasiada claridad porque decenas de rostros se colaban en su pensamiento, como fogonazos, y todos decían lo mismo, unos severos, como el de su padre, otros resignados, como el de su ex mujer, otros entre risas borrachas, como los de sus ex compañeros de trabajo y alguna que otra puta: “Te lo dijimos” –repetían como martillos neumáticos de mañana cabreada. Y entre todos sólo uno sereno, el de Sara, la última mujer que le supo comprender... tanto que tuvo que abandonarla.

Debía volver a la partida pero algo le detuvo en el último momento. Miró en su cartera. Apenas le quedaban trescientos euros y lo que dieran de sí las tarjetas de crédito, que no sería mucho, mil o mil quinientos más. Salió con paso apresurado del callejón, comprobando cada poco que nadie le seguía. Paró un taxi: “A la estación de Atocha”. Compró un billete hasta Altea, con enlace en Alicante, que pagó con tarjeta. Se alojó en un pequeño hotel que, encaramado en la montaña, ofrecía unas magníficas vistas de la bahía y el pueblo.

-¿Va a quedarse mucho tiempo, señor? –preguntó la recepcionista con marcado acento británico

-Unos días, quizás semanas... no lo sé aún.

-¿Sin equipaje? –preguntó extrañada.

- Así es.

-Necesito que me deje su tarjeta de crédito y que firme aquí.

-¿Podría ser la 205? –preguntó Leo con voz cansada y apenas audible.

-No está disponible, señor, le puedo dar la 204, es justo la de al lado. Son iguales, las vistas también son esplendidas.

-Gracias, estará bien pero… ¿podría avisarme cuando la 205 quede libre? –trató de fingir cordialidad.

-Por supuesto, no hay problema con eso.

-De nuevo gracias –la muchacha sonrió cortés mientras Leo cogía la llave y se dirigía con paso desencajado a su habitación.

Fue en la 205 en donde pasó el último verano con Sara, hacía ya tanto de eso que le pareció que fue otro el que lo vivió… y quizás así fuera pues él ya no se sentía el mismo de entonces.

Fue un impulso, –eterno guía de su desfiladero-, lo que le llevó hasta aquel lugar. Como un perro que acude a morir a la tumba de su amo, él había regresado al único recuerdo benévolo que le quedaba. Descorrió las cortinas, abrió la ventana que daba acceso al balcón y permaneció allí, quieto y mirando el mar embravecido de invierno, durante largo rato. La campana de la iglesia dio las ocho. Luego se acostó y durmió, acunado por las olas y el plácido recuerdo de Sara, durante tres días seguidos.


****


No tardaron demasiado tiempo en localizarle, apenas un par de semanas. Tampoco él había hecho nada para ocultarse. Sin dinero habría sido absurdo intentarlo. Lucio no se cebó con él a pesar de que le pidieron que fuera especialmente “meticuloso e incisivo” con aquel encargo. La puerta estaba abierta y lo encontró sentado en la terraza, fumando un pitillo. Estaba tan absorto en el profundo del mar que pareció no escuchar su nombre. Llevaba la derrota dibujada en el rostro y ni siquiera suplicó una vez. Se limitó a decir: “Haz lo que tengas que hacer”.

No se puede decir que haya algo en este mundo capaz de conmover a Lucio, pero tampoco se puede negar que, en su extraña escala de valores, en lo más alto de su admiración, se encontraban los que no suplican; aquellos que saben aceptar su destino con deportividad o alivio. Y en cierto modo, eso le volvía magnánimo, como a los dioses que marcan caprichosos nuestros designios.

Leo murió de un único disparo en la base del cráneo, mientras respiraba mar, no sin antes dar gracias a la diosa Fortuna, por permitir que muriera allí, enroscado en su recuerdo, y no en un sucio y frío callejón anónimo, a manos del afable Berni.





martes, 2 de diciembre de 2008

A medio camino

Resido en el número 16 de la calle Olvido, justo a medio camino entre la memoria y ninguna parte. Vivo confinado en mi pequeña cámara de paredes oscuras, apenas iluminada por la luz de un candil minúsculo. Escribo día y noche, siempre sobre lo mismo, siempre sobre ese instante en el que nos encontramos a la orilla de un mar en calma: tú estás tumbada sobre mis piernas, contemplando las nubes. Surcan como galeones erráticos un cielo azul intenso de verano. Juegas a dibujar sus formas, como cuando eras una niña. Yo sólo pienso en nosotros, en lo imborrable de este momento. Entorno los ojos y dejo que el sol me golpee tibio.

No pienso en que llegará un día en el que el viento de la vejez me arrastrará al ostracismo, aquí, en el número 16 de la calle Olvido.

Mi nombre es Recuerdo y tú ya sólo existes dentro de mí.

jueves, 13 de noviembre de 2008

2 Ensaimadas

Desde el momento en que nos anunciaron que Claudia, su esposa, había muerto, supe –lo leí en sus ojos gastados de lágrimas- que Gabriel nunca volvería a ser el mismo.

Lo cierto es que intenté, por todos los medios a mi alcance, que Gabriel saliera del remoto lugar en el que sólo existían el dolor y la culpa. Traté de hacerle comprender que debía seguir adelante, que aquello era un bache que se podía superar, que volveríamos a disfrutar de todas esas cosas divertidas que nos gustaba hacer juntos.

Hasta el día en que me di cuenta de que mis palabras eran como peregrinos errantes sin un santuario al que llegar. Y es que Gabriel ya no atendía a las voces de los vivos, por lo menos no a las de aquellos que todavía habitábamos en un mundo de realidad al que él había renunciado sin dar explicaciones… supongo que porque no existían, igual que no existía un camino para mis palabras peregrinas. Se exilió en la soledad de una casa vacía de Claudia y en el alcohol. Se pasaba horas delante del ordenador, navegando por foros y salas de chat, construyendo a través de Internet una vida que no existía más que en su trastornada imaginación. Escribía poemas sin sentido, palabras de desgarro que habían acabado por convertirse en una espiral cuyo vórtice era el abismo.

La última vez que acudí a su casa, seis meses después del entierro de Claudia, tuve que decirle que la empresa había decidido prescindir de sus servicios. Cuando la dirección planteó, en una reunión ordinaria del consejo, el tema de su cese, me sentí tácitamente obligado de ser yo el que le comunicara la noticia. El presidente habló de mandarle un burofax, pero mi ética personal -o eso creía yo- me impedía escabullirme de una obligación que entendía como mía e ineludible. Intentaron, no obstante, persuadirme con argumentos que a mí me parecieron sólo propios de cobardes insensibles. Entendía el despido, entendía que en una gran corporación los buenos sentimientos tienen fecha de caducidad y que allí nadie consiente que un alcohólico, perdedor y sin ganas de vivir, siga cobrando una nómina. La productividad es un término que no admite matices en el mundo de las grandes corporaciones pero, en aquel caso, no se trataba de un frío número sino de mi amigo.

A pesar de que todo indicaba que aquello no podía salir bien, me presenté en su casa una fría mañana de domingo y llamé repetidamente al telefonillo hasta que abrió. Llevaba cuatro meses sin verle -no había aceptado recibirme hasta entonces- pero cuando lo encontré esperando en el rellano de la escalera me pareció que hubieran pasado dos siglos. Yo, que buscaba un remedio desesperado, un acto que lo cambiara todo, había comprado unas ensaimadas en Viena Capellanes, nuestras favoritas; quería hacer un último intento por comunicar con él, apelar a los tiempos en los que todo estaba bien. Todavía no había dejado de sentir que su fracaso se debía a mi prematuro abandono, a mi falta de insistencia, que yo era su último asidero y que le había fallado. Quise imaginar que nos sentaríamos, como tantas otras veces, a desayunar y charlar tranquilamente en la cocina, frente al enorme ventanal que la presidía. Recuerdo que a través de aquella ventana se podía disfrutar de una hermosa vista del parque del Retiro, sobre todo en mañanas soleadas de inverno incipiente, en las que el sol calentaba tibio y el parque aparecía cubierto por las últimas hojas secas del otoño. Ni siquiera llegué a mirar a través de ella porque no pude llegar hasta la cocina.

Me detuve en el rellano de la escalera, estupefacto, y escondí la bolsa de ensaimadas en un bolsillo del abrigo, fue un acto reflejo. Todavía no acierto a entender como se me ocurrió semejante majadería., como pude pensar que iba a arreglar aquello con unas simples ensaimadas. En aquel momento me parecía mentira que Gabriel, siempre impecable, sonriente y cortés, hubiera llegado a semejante estado de deterioro personal. Cuando traspase el umbral y accedí hasta el salón, sentí ganas de vomitar. La estampa general, el conjunto de su figura enfundada en un sucio pijama, desaseado y maloliente, en aquel lugar que fue su hogar, parecía sacada de una novela de Henry Miller. Aquella casa, que fue lugar de luz, decorada con esmero, acogedora… aquel salón al que tantas veces había ido a cenar con mi mujer y con mi hijo, aquel pedazo de mi vida, en el que compartimos tan buenos momentos, parecía un estercolero, una de esas estaciones de autobús infecta y maloliente, plagada de botellas vacías, vómitos y orines de borrachos allá donde se mire. Sentí indignación y pena. Pensé que aquella era la peor de las formas para guardar la memoria de Claudia, aunque, quizás, era eso precisamente lo que Gabriel pretendía: lo más probable es que lo único que buscara era borrarla de su recuerdo… a ella y todo el dolor que traía consigo.

Me ofreció un trago de vodka directamente de su botella, tenía los ojos perdidos en una expresión de imbécil y siquiera daba muestras de saber quien era yo, quien había sido. Armado de mi indignación, de un modo abrupto y rayano en lo desagradable, di cuenta de mi parte en aquella penitencia que me había impuesto. Apenas alcanzó a articular algunas palabras, algo así como que se lo esperaba y que lo entendía y yo ya estaba saliendo por la puerta. Huí despavorido, y sin mirar atrás, aliviado y culpable, tiré la bolsa con las ensaimadas en una papelera del parque. Pensé que todos aquellos que me aconsejaron no ir, tenían razón.

Gabriel desapareció un par de semanas después de mi visita. Vendió su casa y borró su rastro. En estos últimos diez años, he oído todo tipo de rumores -desde que se hizo marinero hasta que dormía bajo un puente- pero cada vez que he intentado seguir su estela he llegado a lugares sin salida.

Anoche tocaron a mi puerta. Cuando abrí no había nadie, sólo una bolsa de papel de Viena Capellanes con dos ensaimadas en su interior. No sé que demonios querrá decir, si significará que me ha perdonado o si simplemente reclama venganza, pero al menos sé que vive... y que recuerda.

viernes, 31 de octubre de 2008

La Mamba

Era fea a rabiar. Me lo había comentado un compañero antes de que entrara por primera vez en su despacho, pero no fui capaz de imaginar que algo así fuera posible hasta que la tuve delante. Recuerdo que estreché su mano y miré a bocajarro a sus ojos, que no se sabía a ciencia cierta, si iban o venían. No les voy a decir que al estar en su presencia uno tuviera ganas de vomitar ni nada por el estilo, no soy amigo de las exageraciones. Simplemente resultaba difícil apreciar su fisonomía sin asombrarse de lo mal colocado que tenía todo.

Ese detalle condujo, en aquella primera reunión, a una situación incomoda ya que cuando me percaté de que el asombro que estaba experimentando podría traspasar más allá de mi pensamiento y adquirir rango de gesto, comencé a comportarme como un auténtico imbécil. Quiero decir, como uno de esos idiotas tipo Jerry Lewis, que llegada una situación no saben muy bien como actuar y se van poniendo más y más nerviosos cada vez, hasta que llegan al punto en que definitivamente parecen auténticos memos. Así de fea era la tía… capaz de descentrar al más templado sólo con su cara, sin esforzarse.

-¿Qué te dije? –preguntó el compañero cuando salí del despacho. Ni siquiera le contesté.

Quizás la mejor terapia hubiera sido soltar una enorme carcajada pero, por desgracia para mí, se trataba de mi jefa y aquel era mi primer día de trabajo. No fue el mejor de los comienzos pero me imagino que estaría acostumbrada a reacciones parecidas porque ni se inmutó ante mis muestras de anormalidad congénita. El ser humano es predecible hasta decir basta y si yo, que me considero hombre de nervios templados, reaccioné así, no quiero imaginar otros casos. Debía estar acostumbrada.

Había accedido a aquel trabajo de pasante, en un prestigioso bufete de Madrid, tras un duro proceso de selección en el que nos hicieron pruebas de todo tipo. Se trataba de una oportunidad para alguien recién licenciado como yo. Tenía un impecable expediente y aquel puesto significaba el espaldarazo necesario. Sólo se trataba de estar dos años trabajando como una animal por una mierda de sueldo y no pensar demasiado en ello. O eso creía yo. En realidad el precio a pagar por el billete al mundo de las buenas oportunidades, fue mayor que eso porque fui a caer en manos de la depravada Mercedes Carvajal, alias La Mamba, en su otra vida.

Como digo, no dio muestras de sorpresa. Quizás porque tenía su venganza preparada desde mucho antes de que yo entrase en su despacho por primera vez. Con el tiempo descubrí que no sólo era fea, sino que era muy capaz de hacerme la vida imposible a pesar de que trabajaba como un cabrón. Además era una depravada sexual. ¡Qué paradoja, ser ninfómana y estar encerrada en semejante envoltorio! Me pregunto si sería así de hijadeputa y estaría así de salida si tuviera un rostro, ya ni digo guapo, pero al menos normal, del montón. Lo suyo parecía una venganza más que una actitud.

Me tenía cogido por los huevos porque, aparte que podía, cuando le viniese en gana, pegarme una patada en el culo sin tener que explicar nada a nadie, era ella quien tenía que escribir las cartas de recomendación al finalizar mis dos años de esclavitud. Sería ella la que daría referencias de mí a todo el que llamara. Tenía en sus manos el veredicto del que dependía mi futuro laboral. Era ella la que decidiría si yo acababa trabajando en algún prestigioso bufete o como asesor jurídico de una empresa familiar de Villaboyullos de Abajo.

Yo era, literalmente, su esclavo.

A La Mamba le gustaba vestirse de cuero y sentir que dominaba todo. Al menos, cuando me encadenaba al potro, enfundada en su traje negro de piel de serpiente y armada con una fusta, tenía el detalle de ponerse una máscara que cubría casi toda su horripilante fisonomía. Aún así, me resultaba muy difícil dejar de imaginar su mirada bizca, que se colaba sin permiso en todos mis amagos de fantasía, destrozándome la libido una y otra vez. Tenía que realizar esfuerzos ímprobos para excitarme ante semejante panorama, lo cual hacía que ella se excitara más, vayan ustedes a saber por qué extraño proceso mental. Lo que está claro es que nos movíamos en polos opuestos en lo que al asunto de sexo respecta. Cuando por fin conseguía mantener mi pene erecto, me cabalgaba y me azotaba con la fusta hasta alcanzar un éxtasis exterminador en el que se ponía a chillar todo tipo de barbaridades obscenas y en su mayoría ofensivas. Era como si se volviera loca de remate, una involución total a sus orígenes africanos. ¿Se lo imaginan? Como digo, un auténtico infierno que ni siquiera Dante hubiese atinado a describir fielmente, que decir yo.

En fin, amigos, que todo en esta vida pasa y yo conseguí atravesar firme (o casi) aquel mar proceloso en que se convirtió mi vida durante aquellos dos años. Apenas me han quedado secuelas, tan sólo alguna que otra pesadilla de vez en cuando, cada vez menos. No se pueden imaginar lo fea que era.

Quizás piensen que perdí mi dignidad en todo aquel asunto, pero yo les aseguro que siempre lo he considerado como una obra de caridad. Es una cuestión de óptica, como casi todo en mi profesión, ¿no creen?

lunes, 20 de octubre de 2008

Un último pitillo antes de partir

En esta habitación de hospital, me vienen al recuerdo los veranos de mi adolescencia, recorriendo España con mi padre, a bordo de un camión destartalado.

Le acompañaba en sus viajes porque él no se podía permitir dejar de hacer sus portes. Mi madre nos abandonó cuando yo todavía era un crío y mis tíos me acogieron en su casa. Durante el curso lectivo hacía una vida de familia normal, mis tíos ejercían de padres y mis primos de hermanos. Nunca me sentí mal, lo cierto es que me educaron como a uno más de sus hijos. En las vacaciones de verano, mientras ellos se iban al pueblo yo me iba a trabajar con mi padre.

- Así matamos dos pájaros de un tiro, David –me dice con la mirada fija en la carretera y el pitillo eterno en la comisura de los labios –aprendes lo duro que es trabajar y pasas algo más de tiempo con tu padre, que te viene bien… es bueno para ti, tú aún no lo sabes pero me lo acabarás agradeciendo, ya verás.

Hace unos días me llamó mi tío Julián para decirme que lo de papá era cuestión de días, que hasta el sacerdote le había dado la extrema unción. Supuse que si había permitido que un representante del clero se acercara a él es que la cosa era más que preocupante. Lo supuse porque hacía varios años que no lo veía, que apenas hablaba con él, y no es infrecuente que la gente cambie de creencia cuando comienza a verle los colmillos a la negra dama. Ahora que le acompaño en su recuerdo de los veranos a bordo del camión, me doy cuenta que ha sido una estupidez suponer que alguien como él fuera a dar su brazo a torcer, ni siquiera con el frío aliento de la muerte soplándole el cogote.

Trabajábamos como mulas, de ciudad en ciudad, transportando casi cualquier cosa, a bordo de un camión anacrónico que aguantaba como un jabato el paso de los años. Como él, que aún permanece en mi retina, joven y vigoroso, aunque ahora lo vea débil y enfermo, postrado y lleno de tubos en la cama de este hospital.

Surcábamos llanuras hasta el horizonte y franqueábamos puertos a través de carreteras de dibujo tembloroso.

Regreso con él hasta una calurosa mañana de agosto: Las ventanillas bajadas y el aire que golpea tórrido en mi cara. Las manos apoyadas en el borde de la ventanilla y mi barbilla sobre ellas. Aspiro hondo el olor de campo y gasolina mientras escucho el bronco ruido de un motor demasiado traqueteado. Suenan coplas en la radio y mi padre canta a pleno pulmón, como siempre que ponen a la Piquer.Detiene el camión en el arcén y me ofrece un pitillo. Nos quedamos fumando en silencio, cada uno con nuestros pensamientos. Señala el cielo y me golpea el brazo:

-Mira David, es un avión… ese llegará antes que nosotros. –exhala el humo de la última calada y me mira sonriente, supongo que mi cara de admiración tiene mucho que ver. Hasta ahora sólo los había visto en las películas que pasan en el cine de mi barrio y me quedo cautivado viendo como aquel pequeño punto surca veloz, suspendido en el cielo raso, dejando una estela de nubes en su cola.

- ¿Dónde llegará, papá? –pregunto mientras lo veo desaparecer en el azul pálido de la tarde.

-Que sé yo hijo, a París, a Roma, a Nueva York, lejos, muy lejos de aquí... –en su rostro se dibuja una sonrisa amarga mientras me acaricia la cabeza y vuelve a perder la mirada en las alturas –...ahora tenemos que continuar, que se nos va a echar la noche encima y aún queda trecho hasta Ávila.

Escucho Nueva York y me viene a la cabeza King Kong, atrapado en lo alto del Empire State Building, con la chica en sus manos y las avionetas disparando hasta darle muerte. Pienso que llegará el día en que sea yo el que cruce el océano a bordo de uno de esos pájaros de hierro, que podré ver y tocar el lugar donde dieron muerte al gorila, subir hasta la terraza del último piso y ver lo que él vio antes de caer al vacío.

-Aterriza, David, ya te lo he dicho mil veces –mi padre me mira entre severo e irónico –todas esas fantasías que tienes en la cabeza son como una carretera a ninguna parte, no te van a a dar de comer en el futuro… el trabajo es lo único que importa, eso y ser honrado, déjate de sueños que esos no te llenan el estómago.

La misma noche de la llamada de mi tío cogí un vuelo desde Nueva York, donde trabajo como agregado cultural en la embajada. He viajado con el temor puesto en que no iba a llegar para despedirme de él y sé que, a pesar de que el tiempo y el espacio se han encargado de distanciarnos, nunca podría perdonármelo. Después de varios años sin pisar Madrid, he llegado a tiempo pero ya no me reconoce: ha transportado su mente hacía un pasado que debe resultar más reconfortante que la realidad de esta habitación en donde lo único que se percibe con claridad es el aroma de la muerte, que flota denso en cada esquina.

Y ahora aquí estamos los dos, viendo atardecer sobre la Sierra de Gredos, aparcados en el arcén, fumándonos un último pitillo, en silencio.