miércoles, 18 de febrero de 2009

Dos mariposas blancas

El agua de la ducha cae templada sobre su cabello ralo. En la radio, monótona como las gotas que ahora le golpean el rostro, suena la voz del locutor. Habla sobre un nuevo tsunami económico. Al ritmo de la lluvia artificial, inicio de cada uno de sus días, Juan trata de recomponer el sueño que tuvo, justo antes de abrir los ojos:

Un niño de rasgos orientales ríe y corre por un campo recién florecido. Con los brazos extendidos, que bate como alas, persigue mariposas. Cientos de ellas, que con vuelo, en apariencia errático, festejan la primavera en una explosión de colores —verdes, azules, morados, lilas, amarillos— bajo un sol que deslumbra.

Trata de agarrar alguno de los vistosos insectos pero siempre se le adelantan, cambiando su trayectoria en el último momento... hasta que una de ellas se posa sobre un junco que se balancea leve. Entonces, el niño, ya no la quiere coger, sólo acerca sus ojos rasgados para poder apreciar su fisonomía, el suave batir de las alas blancas como la espuma del mar, que no paran quietas. Sobre una de las alas, dibujados con fino trazo, se pueden leer unos signos de color púrpura.

Juan se seca y el espejo le devuelve un rostro que ya hace tiempo que dejó de ser lozano. Su cuerpo flácido refleja la vida sedentaria de un contable que ha estado aferrado a una silla más de ocho horas al día, durante los últimos veinticinco años. El locutor sigue hablando de índices y cifras. Con tono catastrofista predice un futuro nada halagüeño en el que el desempleo se cebará con la población, en el que la estrechez volverá a ser la protagonista en las vidas de muchos. Juan apaga la radio.

Al salir de casa, gira la cabeza y se despide. Una costumbre de cuando aún había alguien a quien decir adiós, un uso que se le ha quedado tan impregnado que le resulta imposible deshacerse de él… aunque sabe de sobra que cuando regrese todo estará en el mismo lugar en el que lo dejó, que tampoco habrá nadie que le dé la bienvenida.

Se acomoda en el tren —siempre el mismo vagón, siempre a la misma hora, de lunes a viernes, camino del mismo trabajo, ruta inquebrantable de rutina implacable—. Despliega el periódico y se detiene interesado en un artículo de opinión titulado “El efecto mariposa”. No termina de leerlo, más de lo mismo: nuevas teorías sobre el origen de la crisis y sus consecuencias. Recostado sobre su butaca, se queda pensativo mirando la lluvia de mayo que empaña la ventanilla. No se puede sacar el sueño de la cabeza…

…Ese niño y el vuelo de las mariposas traen al recuerdo de Juan los días felices en los que su padre le llevaba, el primer domingo de primavera, al concurso de cometas. Juntos construían el artilugio volador con el que participarían. Cada año diseñaban uno nuevo; dibujaban el boceto, compraban los materiales y ensamblaban las piezas, con paciencia artesana. Al terminar su trabajo, a modo de ritual sólo por ellos conocido, firmaban satisfechos su trabajo, sobre una de las esquinas; en color púrpura y con caracteres finos cada uno escribía su nombre: Juan y Juan.

Antonio, el jefe de departamento, su compañero desde hace más de quince años le ha llamado al despacho. Al parecer, según le ha explicado, la empresa tiene problemas, las ventas han bajado de manera drástica y, ya se sabe, la crisis, que no perdona. Juan ya no escucha pero intuye. Su mirada se pierde, atónita en la lámina detrás de la mesa de Antonio. Nunca, hasta ahora, había reparado en ella.

—Hice todo lo que pude por ti, Juan… pero ya sabes que en la empresa los números mandan y todo aconsejaba que tú entrases en el paquete del expediente de regulación...
—¿De quién es esa lámina? —pregunta Juan con calma, como si nada de lo que le acaba de decir Antonio le importase lo más mínimo
—¿Cómo?
—Sí… que quién es el autor del cuadro de las mariposas –y lo señala.
—Es la reproducción de un Van Gogh: Dos mariposas blancas, se llama. Mi mujer se empeñó en comprarlo cuando estuvimos en Ámsterdam, durante las últimas vacaciones… Juan, ¿estás bien?... ¿has comprendido lo que te acabo de decir?...
—Sí, sí… de Van Gogh… es precioso…

De regreso a casa, Juan sólo puede pensar en las cometas de su infancia, en como su padre le enseñaba que hay que ser sutil, para con un suave giro de muñeca, tan leve como el aleteo de un mariposa, alterar la trayectoria; siempre le insistía en lo maravilloso que era poder cabalgar sobre el viento con un simple cordel, ocho palos, algo de tela y un poco de habilidad.

*****

El Sr. Murakami bebe té frente al enorme ventanal que preside el salón de su casa de campo. Observa a su hijo en el jardín, que corre y ríe mientras persigue una nube de mariposas. Como alto ejecutivo de una poderosa firma de automóviles carga sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de miles de trabajadores. Los tiempos no marchan como debieran, el tsunami les ha alcanzado de lleno y este hecho le ha obligado a tomar desagradables decisiones. Si no fuera por estos momentos en los que todo encaja, en los que puede disfrutar viendo como su hijo crece sano y feliz, la vida no tendría sentido.

Ya lo tiene decidido. Le costó encontrar el regalo adecuado porque el niño tiene de todo. En el próximo cumpleaños del pequeño Haruki le regalará una preciosa cometa que vio el otro día en el escaparate de una lujosa tienda. Fue como si le hubiese hipnotizado y entró a comprarla. Una serie limitada firmada por el artesano que la ensambló. Tiene forma de mariposa y esta tejida en seda noble. Algo cara, pero seguro que Haruki disfrutará mucho con ella.

jueves, 12 de febrero de 2009

Larga vida al R&R

Inclinado sobre el water vomito hasta la primera papilla. Sólo pienso en que quiero que la tierra me trague, que se dé un festín con mi alma canalla. El espejo devuelve un rostro demacrado mientras me enjuago la cara con agua fría. Mis greñas antaño de fuego son ahora del color de la ceniza. Mi faz hace mucho que se pobló de surcos profundos, al compás de una vida improvisada, como un blues cantado con voz rota. Me recojo el pelo en una coleta, miro fijamente a mis ojos y me impongo un gesto de convicción, de fiera convicción. “you are the champion”, mascullo. Enciendo un pitillo mientras alcanzo el vaso que reposa sobre la cisterna. El clamor llega mitigado por la distancia, como un susurro de victoria.

De vuelta al habitáculo que han habilitado como camerino, sobre el sofá deshilachado, puedo ver mi vieja guitarra, eterna compañera de viaje, como el güisqui, como la bendita farlopa. Dos enormes rayas descansan sobre un pequeño espejo. Me esperan impacientes. Apuro el último trago y escucho el tintineo de unos hielos que ya no tienen donde nadar. Observo el espejo y la pequeña montañita blancuzca sobre el cristal de la mesa; parece como si las pequeñas motas que la conforman se moviesen con lentitud hasta dibujar brazos que me llaman, que quieren abrazarme… casi puedo escuchar su voz. La puerta se abre y la cabeza de un joven con auriculares asoma tímida, el clamor arrecia:

—Sr Ritchard, cinco minutos —y desaparece

No recordaba esta sensación —en realidad no me acuerdo de casi nada de lo que me sucedió entre los dieciocho y los treinta y cinco—: el estomago se encoge y la bilis sube hasta el gaznate con un sabor amargo mezcla de excitación, nausea y alcohol; el cerebro se embota y mis pensamientos son como un disparo errático. Vértigo. Miedo. Sudor. Una arcada.

Hacía demasiado tiempo que yo mismo había caído en el olvido, que el público enfervorizado no clamaba mi nombre en estadios llenos hasta la bandera, que no me traían la coca y el alcohol en bandeja de plata… Hasta que ese productor encorbatado, insultantemente joven, se presentó en el tugurio infesto donde yo purgaba mi vida de excesos, cada noche, de ocho a tres de la mañana, cantando para borrachos más borrachos que yo, camareras de rictus imperturbable y rameras de medio pelo que todavía sueñan con que algún día la oportunidad pasará por su puerta, que un golpe de suerte las sacará de allí. Una cloaca.

Un anuncio de la tele me ha devuelto a la palestra, un viejo éxito del que yo ya ni recordaba la melodía. Son cuatro acordes y un estribillo absurdo, compuestos tras tres días sin dormir. O eso dicen. Ni siquiera la letra es buena. ¿Qué más da si me sirve para reverdecer los laureles? El rock es un spot y yo soy la estrella del momento. Esnifo las dos rayas con una aspiración profunda, siento que la pupilas se dilatan y como el vigor me golpea en el cerebro. Cojo mi vieja estrato, me pongo las gafas de sol, abro la puerta y encaro el pasillo con paso firme. Palmadas en la espalda, gritos de ánimos y mi banda que espera sobre el escenario. El murmullo se hace victoria. Una multitud corea mi nombre y enloquece en un alarido cuando el foco se enciende sobre mi cabeza.

Soy un dios del rock y he vuelto.




viernes, 6 de febrero de 2009

Inacabado

Todo comenzó con una pequeña grieta, como casi todo lo que se acaba. Así, como una arruga que surca con timidez el rostro y advierte que la madurez ha comenzado su avance; así, como una hendedura que se dibuja sobre el muro e indica que la piedra comenzó a fatigarse; así, con una mentira, leve e inocente, comenzó a resquebrajarse la confianza entre Marta y Daniel.

Por supuesto que aquella mentira —que ya nadie recuerda— fue sólo el comienzo de una sucesión; una brecha angosta que poco a poco se agrandó hasta que ninguno de ellos pudo discernir donde empezaba y donde tenía su fin; de una profundidad que ya ningún emplaste, ninguna cirugía, podría arreglar.

Daniel espera en pie frente al enorme ventanal que preside el despacho del abogado. La tarde es oscura y la lluvia golpea el cristal. Las gotas se arrastran temblorosas por la superficie y el reflejo de su rostro envejecido se plaga de pequeños surcos acuosos. Esa lluvia espesa trae hasta su recuerdo la tarde en que por primera vez vio a Marta, cobijada bajo la marquesina de aquel café en el Retiro. A él, que como un galán de película se acercó para ofrecerle su chaqueta. Y una mirada fugaz —contenida en un segundo— que le dijo que aquello tenía que ser diferente.

Marta acaba de entrar en el despacho. Su reflejo en el cristal aparece detrás de su rostro acuoso y envejecido. Habla con el abogado y finge despreocupación, como si nada de lo que está sucediendo —porque está sucediendo— le afectara lo más mínimo. Diez años de convivencia son suficientes para distinguir la impostura. No como la noche en la que se sentaron en el sofá de la que fue su casa y pudo leer la determinación en sus ojos. “Ya no aguanto más” le dijo, y una profunda fosa se abrió bajo sus pies. No acudieron las palabras al rescate, como tantas otras veces. Su mirada se quedó perdida en la pared plagada de fotos, de rostros que sonríen ajenos al futuro de esa noche irremediable en que la brecha acabó por convertirse en insalvable.

—Dani, los papeles ya están listos, sólo queda firmar —la voz del abogado suena hueca y distante. Daniel se da la vuelta y esboza una sonrisa vieja y gastada. No sabe muy bien si dar un beso a Marta o estrechar su mano. Todo se queda en un gesto grotesco que comienza con un apretón de manos y termina con un beso inacabado. Como todo en su vida.

jueves, 5 de febrero de 2009

Antony and the Johnsons



Hope there's someone
Who'll take care of me
When I die, will I go

Hope there's someone
Who'll set my heart free
Nice to hold when I'm tired

There's a ghost on the horizon
When I go to bed
How can I fall asleep at night
How will I rest my head

Oh I'm scared of the middle place
Between light and nowhere
I don't want to be the one
Left in there, left in there

There's a man on the horizon
Wish that I'd go to bed
If I fall to his feet tonight
Will allow rest my head

So here's hoping I will not drown
Or paralyze in light
And godsend I don't want to go
To the seal's watershed

Hope there's someone
Who'll take care of me
When I die, Will I go

Hope there's someone
Who'll set my heart free
Nice to hold when I'm tired

sábado, 31 de enero de 2009

El valor de las chorradas (en dólares USA)

Resulta que me he metido en una página web que calcula el valor de tu blog en dólares USA. No te cobra nada por ello, lo cual es de agradecer, y mediante un sencillo procedimiento, que consiste en meter la URL del blog, realiza el cálculo y te devuelve la cantidad. También -incluso- te da la valiosa posibilidad de lucir orgulloso, en tu barra lateral, cuanto vale tu blog. En realidad no sé que algoritmo utilizará el invento para hacer el cálculo pero el caso es que es de una precisión que roza la ciencia ficción. Supongo que tendrá que ver con la cantidad de visitas que recibe el espacio en cuestión... aunque lo que no sé es de dónde sacará el dato.

Leía el otro día en el blog del Lagarto, que a decir de la cantidad de comentarios (visitas) debe valer un huevo y la yema del otro, un interesante artículo sobre el aburrimiento y las razones por las que los humanos tenemos la necesidad constante de permanecer activos, aunque sea a base chorradas, para huir de él. Aburrirse significa pensar y pensar es más que peligroso, por lo visto, porque se pueden llegar a conclusiones dañinas para uno mismo. Si se piensa demasiado se puede llegar a una conclusión a la que yo, sin discurrir demasiado, llegué hace muchos años: La vida carece de un sentido objetivo. así que nos inventamos divertimentos diversos para engañarnos vílmente.

Una clara prueba de ello es esta entrada. Mucho más que, por ejemplo, crear una herramienta que calcule el valor de los blogs (en dólares USA). Porque esta entrada no produce dinero y lo otro, indudablemente sí. Lo digo porque me imagino que el tipo que inventó el asunto recibirá miles de visitas de gente aburrida que, como yo, busca de algo que les ditraiga por un rato de su absurda existencia, y que esto incrementará el valor de su página de manera notable. Además utiliza las siempre útiles técnicas del marketing y, habilmente, mediante venta cruzada, ofrece la posibilidad de que te asesores de como ganar dinero con tu página. Menos que él, seguro, pero es que la idea es suya... y si no... pues que se te hubiera ocurrido a ti.

Mi blog, Renegando, vale la nada desdeñable cantidad de 2.258,16 $ (así de preciso es el invento que te calcula hasta los céntimos). En fin... que yo vendo... que la crisis no está como para desdeñar dos mil y pico pavos. ¿Alguien podría decirme quién va a ser el panoli que compre?

miércoles, 28 de enero de 2009

Tasunka witko

Profecía del Búfalo Valiente. Nación Sioux (extracto)
El Sagrado Aro muestra cómo todas las cosas entran en un círculo. Lo viejo se vuelve nuevo; lo nuevo se vuelve viejo. Todo se repite.

La cultura tiene sus raíces en la Tierra. Las personas sin cultura no existen por mucho tiempo porque la Naturaleza es Dios. Sin una conexión a la naturaleza, las personas flotan, crecen negativas, se destruyen.

El Gran Espíritu esta en todas las cosas, esta en el aire que respiramos, y La tierra es nuestra madre, lo que nosotros damos a la tierra, ella nos lo devuelve.”


El hombre blanco quiere que abandonemos la tierra de nuestros ancestros, las colinas que me vieron nacer, que nos observan imperturbables desde que el primero de los Oglala cazó búfalo bajo su viento. Hostigan a nuestro pueblo, humillan nuestra cultura.

Makhpyia-luta* ha perdido su fuerza, no quiere más guerra y da por buenas las palabras del rostro pálido. Ya no recuerda Sand Creek; enterró el recuerdo junto con su hacha. Envejecerá confinado en el lugar que otros decidieron. No sabe que para el blanco la pipa nada significa, que él mismo no es más que un viejo sin patria.

La codicia es insaciable y cruel. Fue un metal amarillo lo que les trajo hasta las colinas negras, nuestro último reducto. Quieren profanarlas como profanaron nuestra caza y nuestras llanuras, sin dar nada a cambio, sólo nuestra sangre. Un metal no vale una vida del mismo modo que una vida no vale un metal. El Gran Espíritu grita, la madre tierra gime. Si yo no escucho a aquel que me alimenta y me cobija, ¿quién soy? Si dejo que la codicia prevalezca y no escucho a mi madre ¿dónde reposará mi espíritu cuando mi hora llegue?


Cuando apenas era hombre soñé que montaba sobre un caballo salvaje, que giraba nervioso, que me guiaba a la batalla. Un rayo de fuego y granizo surcaba mi cara y mi lanza de guerra se alzaba hacia las nubes. Fue cuando mi padre me dio su nombre, Tasunka witko**, cuando me dijo que nunca sería vencido en la batalla. Muchas lunas han pasado y mucha sangre ha corrido pero el aro sagrado todavía no se ha cerrado.


El día es tibio y mi sueño ha sido plácido. La visión regresó anoche desde el fuego de mi hogar: un caballo salvaje que galopa a la batalla, que guía a todo un pueblo, inyectado de valor, orgulloso de la sabiduría que no está escrita, esa solo prevalece en nuestra memoria y que morirá cuando el último de nosotros haya caído o se haya rendido.


Los rastreadores han regresado y hablan de rostros pálidos hasta donde la vista se pierde. Una nueva batalla se avecina. Sobre la loma se recorta la figura de un blanco de largos cabellos. Que el Gran Espíritu nos ayude, que la madre tierra nos dé fuerza, que el aro sagrado se cierre otra vez.


****

El veinticinco de Junio de 1876, Tasunka witko, al mando de tres mil quinientos guerreros (hunkpapas, sans arc, pies negros, miniconjou, brule, cheyennes, oglala, y un grupo pequeño de indios two-kettles y arikara), ayudado por la codicia y el ansia de gloria de un joven teniente coronel llamado George Armstrong Custer, venció en la batalla de Little Big Horn, masacrando al Séptimo de Caballería e infligiendo a los rostros pálidos la mayor derrota conocida a manos de unos ¿salvajes?.

* Red Cloud (Nube Roja)
** Crazy Horse (Caballo Loco)




lunes, 26 de enero de 2009

Gregory Colbert - Ashes and Snow










miércoles, 14 de enero de 2009

Recurrencia (II)

—Ya nadie daba un euro por Leo —Berni hablaba con su mirada de sonado clavada en la pared. Plantaba sus ciento veinte kilos sobre la banqueta de madera de la entrada al garito, que gemía con cada movimiento —no es sólo que debiese pasta a media ciudad, es que, el muy hijo de puta, se había estado follando a la hermana del jefe… ¡y pretendía dejarla! Ella estaba muy enamorada, ¿sabes?

—Ya entiendo —a Lucio le importaba un carajo lo que aquel trozo de carne y músculo pudiese pensar o decir, que sin duda no era mucho. Le daba igual que Leo se hubiese estado tirando a la hermana de Tatín, que la hubiese dejado o que le hubiese transmitido la sífilis. Él hacía su trabajo y lo cobraba, por supuesto —¿Está tu jefe? Tengo un asunto con él.

—Está abajo pero no sé si podrá recibirte, tiene visita —dijo el portero con una voz gangosa que rompía toda la fiereza de su rostro romo —Te advierto que está cabreado de cojones. Baja si quieres, puedes esperar en la barra, tomando algo —sacó un pañuelo de papel y se sonó los mocos con estrépito —puto trancazo.

—Eso haré, Berni, cuídate ese catarro —Lucio se encaminó a través del estrecho pasillo de paredes descascarilladas, mustias de humedad. Al final, una angosta escalera bajaba hasta una puerta de chapa, similar a la que custodiaba Berni. Tras de ella se abría un enorme espacio diáfano en el que se desperdigaban mesas de juego por doquier. Sobre ellas aún quedaban los restos de la noche anterior: vasos vacíos, ceniceros repletos y cartas amontonadas sin ningún orden concreto. Eran las cuatro de la tarde y aún olía a vicio reseco. Al fondo había una barra. Detrás, una camarera adormilada pasaba una bayeta, tan desgastada como ella, por la pegajosa superficie y maldecía por lo bajo. Debía tener unos cincuenta. Eso o estaba demasiado perjudicada por la vida nocturna, implacable con la salud y la frescura. En su rostro cansado y demasiado maquillado se podían leer varias vidas juntas. Lucio avanzó hasta ella y, sin quitarse el abrigo ni los guantes, se sentó en un taburete metálico, tapizado con una tela indefinible que simulaba la piel de un leopardo.

—¿Qué se te ha perdido, encanto? —dijo la mujer sin ápice de emoción, casi de carrerilla. Miró a Lucio a los ojos, por un instante, y luego bajó la vista hacia la barra. Era como si el instinto de miles de noches de lumpen la hubiese puesto en guardia, advirtiéndola que mirar directamente a esos ojos sólo podía traer problemas.

—Vengo a ver a Tatín. Pon un café con leche —Mientras hablaba, Lucio recorrió con la mirada todo el espacio hasta detenerse en una puerta disimulada en el dibujo incierto de un mural de escaso valor artístico, dibujado sobre la pared, al otro extremo de la sala. Encendió el pitillo y miró de reojo a la mujer. No era ninguna jovencita despampanante pero Lucio la hubiera cabalgado con gusto. “La experiencia es un grado y seguro que la chupa como los ángeles”, fue todo su pensamiento

La camarera le sirvió el café y siguió puliendo la barra.

****

Tatín frisaba los cuarenta. Era tan bajito como robusto, de cabeza redonda, sin un solo pelo en ella; para compensar su alopecia, lucía un enorme mostacho, que se mesaba cuando pensaba y que le había hecho famoso. Golpeaba con fiereza la mesa de su despacho al tiempo que profería gritos al tipo sentado al otro lado, que permanecía imperturbable.

—No me toques los huevos, Felipe, los Minuesa aceptaron el trato y ahora soy yo el que controla esas discotecas, si hay que ir a la guerra iremos.

—Sinceramente, Tatín, no creo que merezca la pena. Son sólo un par de locales y los Minuesa todavía tienen mucho poder —Felipe había sido siempre un consejero tan fiel como precavido. Nunca le había gustado la guerra, demasiada sangre, demasiada pérdida absurda, pero esta vez se equivocaba.

—Me parece que no lo entiendes. No se trata de un par de locales, se trata de una cuestión ética, de principios. Es un trato, hay que cumplirlo. Además, si les dejo que se salgan con la suya, la próxima vez vendrán a arrebatarme lo que es mío. Joder, parece mentira que te tenga que explicar esto. No podemos mostrar debilidad.

—No somos débiles y no es malo que ellos lo piensen. Deberías leer “El arte de la guerra” de Sun Tzu. Tú no lo ves así porque piensas con las pelotas y lo enfocas todo desde ese extraño sentido ético que sólo entiendes tú. Cuando los Minuesa quieran venir a por lo que es tuyo lo harán sobre un cálculo equivocado y eso nos dará ventaja suficiente para acabar con ellos para siempre. Y si no vienen, podremos cogerles desprevenidos. Ahora sólo esperan que les ataquemos.

- Tú y tus putas lecturas, ¿Quién coño es Suzún, o como coño se diga? —Tatín se quedó pensativo y comenzó a mesarse el mostacho.

****

Lucio apuró el café, apagó el cigarro y llamó a la camarera.

—¿Es esa la puerta del despacho de Tatín? —acercó la boca hasta su oreja, como si fuese a hacerle una confidencia.

—Sí, ¿por qué? —Antes de que pudiese darse cuenta, Lucio la agarró por la nuca. Con un movimiento rápido pegó la boca contra su hombro y le clavó un punzón en el cuello, que le atravesó la yugular y la garganta. “A tomar por el culo el abrigo” pensó mientras la mujer trataba de zafarse de su muerte con grito mudo.

Se levantó, ajustó sus guantes en un gesto mil veces repetido, y se dirigió con paso firme a la puerta disimulada, al otro extremo del local. Sacó la Beretta, ajustó el silenciador y la abrió con una violenta patada.

A Felipe, el fiel consejero, no le dio tiempo a girar la cabeza. Recibió un tiro en la nuca y cayó, junto con la silla, con ruido seco. Tatín, que estaba mesando su bigote, sólo pudo esbozar una mueca absurda Quiso gritar pero Lucio le acertó con un disparo en la garganta, que le destrozó las cuerdas vocales. Se desangraba , con el gesto congelado en un grito, los ojos desorbitados y la boca muy abierta, cuando Lucio le dijo:

—¿Te creías alguien? —y disparó tres veces más, balas de ejecución: dos en la carótida y una en la base del corazón. Mientras se dirigía a la puerta, y sin mirarle, remató a Felipe que todavía acertaba a respirar. El despacho quedó en silencio. Cerró la puerta a su espalda y observó una vez más la sala. Seguía en calma. Subió por las escaleras, atravesó el angosto pasillo y antes de que Berni pudiese preguntar nada le atravesó el cráneo con un único disparo, a quemarropa. Berni no llegó a caer del taburete. Fue el taburete el que no pudo aguantar más su peso y quebró las patas, en una suerte de dimisión perpetua. Quedó con la cabeza apoyada en la pared, sobre su propio charco de sangre y vísceras, en una posición que a Lucio le pareció inverosímil Sus ojos parecían seguir clavados en el mismo punto del espacio y su rostro desencajado mantenía la expresión pasmada.

Ya en la calle, con mueca de asco, Lucio tiró el abrigo ensangrentado y los guantes en el primer contenedor por el que pasó, guardo su arma, subió las solapas de la americana, se ajustó la corbata y encendió un pitillo. Salió con paso decidido del callejón y subió al coche que estaba esperándole con el motor encendido.

—¿Todo bien? —le preguntó el menor de los Minuesa.

—Sin problema… —se quedó Lucio con la mirada perdida en la calle iluminada de Navidad mientras terminaba de murmurar entre dientes de rabia — …al menos Leo ha tenido una justa venganza, aunque él no lo sabrá nunca.

—¿Quién es Leo?



lunes, 12 de enero de 2009

Nostalgia (ruego me perdonen)

Aún recuerdo los días en que todo tenía su sitio, en los que los acontecimientos, -su sucesión-, no necesitaban de explicación porque todo encajaba sin fricciones. Nada chirriaba. Son recuerdos borrosos, prendidos del acantilado de mi memoria, recuerdos de infancia.

Mi hija se mira en el espejo de la habitación. Tiene cuatro años pero ya se mira como lo haría una mujer adulta. Una luz tenue ilumina la estancia, luz de hogar. Yo leo un cuento, recostado en la cama, y la observo furtivo, tratando de que ella no se dé cuenta. No lo sabe pero es ella la se ha encargado de ir rescatando muchos de esos recuerdos que yo creía perdidos. A veces, como ahora, la serenidad me encuentra observándola, los ojos perdidos en el acantilado y una sonrisa que se esboza tenue. La realidad se me escurre entre los dedos y, por unos instantes benévolos, se fusiona perfecta con mi pasado.

Añoro tanto, -tanto-, mis días felices de infancia, de despreocupación, que me duele. Porque yo ya no los siento como los siente ella.

Yo sólo los puedo recordar.

jueves, 8 de enero de 2009

Copenhague (La Vetusta Morla)

El corría, nunca le enseñaron a andar,
se fue tras luces pálidas.
Ella huía de espejismos y horas de más.
Aeropuertos. Unos vienen, otros se van,
igual que Alicia sin ciudad.
El valor para marcharse,el miedo a llegar.
Llueve en el canal, la corriente enseña el camino hacia el mar.
Todos duermen ya.Dejarse llevar suena demasiado bien.
Jugar al azar,nunca saber dónde puedes terminar... o empezar.
Un instante mientras los turistas se van.
Un tren de madrugada consiguió trazar
la frontera entre siempre o jamás.

Ella duerme tras el vendaval.
No se quitó la ropa.
Sueña con despertar
en otro tiempo y en otra ciudad.