miércoles, 29 de abril de 2009

Pintor de nubes

Las nubes flotan tenues sobre el horizonte. Son galeones espumosos que sobrevuelan rasantes sobre la línea de mi vida. Son lo que yo quiera que sean, en ellas dibujo los rostros de los que están y de los que ya se fueron. Gigantes y enanos, muescas en mi culata, simples retazos de lo que fui, resumen de lo que ahora soy. Imagino un poema y sólo me sale prosa. Pinto sobre ellas tu rostro pero el viento, el muy cabrón, lo hace desaparecer… y lo vuelvo a dibujar, una vez más, con paciencia de artesano.

La línea del horizonte… ¿De mi horizonte?... ¿Eres tú? ¿Acaso eres tú, sin rima, sin el ritmo necesario, ese que no encuentro desde que te fuiste, latidos de mi corazón herido? ¿Qué fue lo que se nos perdió más allá de esa raya que supone el final del mar, justo debajo de las nubes de tu rostro? ¿Qué fue de ti, mi amor? Planeo como una gaviota errática sobre el mar embravecido de nuestra convivencia y no me reconozco. Atravieso como un kamikaze la nube de tu rostro y no hallo lágrimas, ni bendición, ni piedad. Sólo la soledad de un pintor de nubes que mira el mar, embobado, arrítmico, que, como siempre, vuela sin rumbo y demasiado bajo.





miércoles, 18 de marzo de 2009

Ave Fénix

—No deberías hacerlo, Berni, y los sabes… esta mano no está bien, podrías terminar de jodértela para siempre. Además estás muy mayor para estas historias.

—Necesitamos la pasta, Ernesto.

—Habla por ti, a mí no me metas… que yo prefiero seguir comiendo lentejas- Ernesto termina de poner el vendaje en la mano derecha de Berni. Escupe en los dorsos de ambas antes de calarle los guantes. Un viejo ritual, tan viejo como ellos, cien veces repetido.

—Pues vale, es cosa mía, yo echo de menos los chuletones del Chistu— Berni esboza una mueca que pretende ser una sonrisa y muestra su dentadura incompleta. Su rostro erosionado de golpes se asemeja a una meseta castigada por un clima extremo. La nariz roma, rota por varias partes, apenas repunta sobre su cara, que es redonda como un planeta. Bajo sus ojos, hundidos como simas, una sombra amoratada delata el exceso de cansancio.

Sentado en la camilla con los ojos semi entornados Berni gira su cuello de toro, a un lado y a otro. Trata de acompasar la respiración para conseguir concentrarse; quiere aislarse del mundo al menos un par de minutos antes de salir camino del cuadrilátero. El griterío del público, tras la puerta, llega hasta el vestuario amortiguado, como el sonido lejano de un grifo mal cerrado. El fogonazo de un recuerdo acaba por aislar a Berni y el murmullo desaparece del todo; tampoco escucha las palabras de Ernesto, que sigue dale que te pego, dándole los últimos consejos: “Tú, al tercero, si ves que te ha dado suficiente, te tiras y ya no te levantas”

El recuerdo de los días de gloria, del clamor de la sangre temblando en sus oídos mientras el campeón de los pesados yace sobre la lona, a sus pies. Nadie lo esperaba, en realidad fue un golpe de suerte, nunca mejor dicho. Berni jamás ha sido un gran púgil pero sabe aguantar todos los golpes que sean necesarios y tiene una derecha demoledora. Aquel campeón se confió demasiado y cuando quiso darse cuenta de su error yacía con la boca pegada a la lona y los ojos mirando a la Meca. Intentó levantarse pero fue inútil. Su cuerpo había dicho basta. Los brazos en alto, el clamor que arrecia hasta alcanzar el paroxismo y la gloría, siempre efímera, tintineando como una moneda de dos caras. En aquellos días Berni todavía tenía todos los dientes en su sitio y comía carne a diario.

La puerta del vestuario se abre y una cabeza asoma: “Dos minutos, campeón”. A Ernesto le suena a coña lo de campeón y se caga en los muertos del tipo, pero la cabeza ya no está allí para escucharle. Berni levanta sus noventa y dos kilos de carne y músculo, da unos saltitos y unos puñetazos al aire; sale del vestuario y encara el pasillo que conduce al mismo centro del sufrimiento. Respira, Berni, respira. Mientras avanza a pequeños brincos mueve la cabeza a los lados dentro de la capucha del batín. Respira, Berni, respira. Ernesto le precede con la baqueta —su banqueta— en una mano y la escupidera con sus herramientas para las curas en la otra. El público le recibe tibio cuando recorre los últimos metros hasta el cuadrilátero. Ya han visto otros tres combates antes pero saben que en este habrá sangre, saben que Berni no tiene ninguna oportunidad, que esta pelea no es más que un entrenamiento para el campeón. Las apuestas están veinte a uno y casi nadie ha pronosticado que el viejo púgil, por muy fajador que sea, vaya a durar más de cinco asaltos. Berni pasa entre las cuerdas y se queda en su rincón sin parar de saltar. Mientras Ernesto le quita el batín puede oír como el público enloquece con la entrada del campeón pero él no se gira, no quiere mirarle hasta que lo tenga delante de su nariz roma. Respira, Berni, respira.

—A mi derecha, con un peso de noventa y dos kilos, calzón blanco y raya negra, el aspirante al título nacional de los pesados, el Toro de Albacete, Beeeeerni Sáááánchez… —Berni da unos golpes al aire y gira un par de veces sobre si mismo.

—A mi izquierda, con un peso de noventa y un kilos, calzón amarillo y raya azul, el actual campeón nacional de los pesos pesados, el Cholo de Hortaleza, Vaaaaalerio Péééééérez— el público que acaba de enloquecer mientras el Cholo, con chulería, hace genuflexiones en todas las direcciones, norte, oeste, sur y este.

Tras los habituales consejos por parte del árbitro suena la primera campanada y el Cholo sale como una exhalación desde su rincón. Berni trata de esquivar la primera avalancha de golpes pero no puede zafarse. Ese cabrón es más joven, más rápido, mejor preparado y, además, come carne todos los días. Muévete, Berni, muévete. Sube la guardia, cuida su derecha. Los tres minutos parecen tres horas y cuando Berni regresa al rincón tiene el rostro congestionado y el alma en un vilo. “Me va a matar, Ernesto”. “Tú calla y aguanta por lo menos tres asaltos, luego te tiras y mañana nos vamos al Chistu”. Berni muestra su sonrisa mellada antes de que Ernesto le coloque el protector.

En los siguientes asaltos siempre lo mismo: El Cholo que golpea como un martillo neumático y Berni que encaja, uno tras otro, todos los golpes. De vez en cuando se agarra a su contrincante para arañar unos segundos al cronómetro, para conseguir recuperar la respiración. Mediado el cuarto asalto el Cholo encadena una secuencia de golpes, jab de derecha a las costillas, directo de izquierda que le roza una oreja y gancho de derecha a la mandíbula. Berni dobla las piernas y se queda enganchado a las cuerdas en posición grotesca. Una sucesión de imágenes inconexas pasa por delante de sus ojos pero una, sólo una, se le queda grabada en la retina: el Cholo dando saltitos ante él mientras el árbitro cuenta… cuatro, cinco… el hijoputa del Cholo encoge los hombros con mirada burlona y saluda al público seguro de su victoria… seis, siete… Ernesto en la esquina que le hace gestos para que se quede donde está… ocho… nueve… y Berni que se levanta. Se toca la cara con los guantes, trata de quitarse la sangre y el sudor, que le escuecen en los ojos como un millón de cristales al clavarse. Una nueva andanada del Cholo y suena la campana.

Berni cae y se levanta en el sexto, en el séptimo y en el noveno. Pierde a los puntos pero da igual... ya ha conseguido encandilar al público que ahora, en el último asalto, jalea su bravura, sus cojones, su nombre, que vuelve a resonar como en los días de gloria: “Toooooro, Tooooooro, Tooooro” El Cholo se muestra desesperado, nunca antes le habían aguantado más de ocho asaltos y el puto viejo sigue en pie en el último, con el rostro deformado por la paliza, pero en pie y con una mueca en su cara que asemeja una sonrisa de triunfo. Valiente gilipollas. "Teeeeeermina el combate"

Los jueces declaran ganador a los puntos a Cholo pero nadie corea su nombre, en las bocas de las tres mil y pico personas que han asistido a la velada sólo queda espacio para el Toro de Albacete, que sabe que mañana no podrá comer un chuletón en el Chistu con la boca hecha papilla como la tiene pero le da igual porque puede escuchar, de nuevo, el tintineo de una moneda de dos caras chocando contra el suelo.

lunes, 16 de marzo de 2009

Blanca Navidad

Fuera de Internet su mundo se reducía a una pequeña habitación de la que sólo salía para realizar las funciones básicas de subsistencia, mear, cagar y comprar. Es una fría mañana de Diciembre y ha salido a comprar veinte paquetes de Donetes, ocho tetrabricks de Don Simón, siete botellas de dos litros de cocacola y un cartón de Fortuna. Mueve alegremente sus ciento diez kilos al subir los escalones con las bolsas en las manos. Regresa feliz y silbando a su refugio porque el cargamento adquirido supondrá no tener que moverse de delante de la pantalla durante al menos un par de días.

Ha cazado a una gachí de catorce en un chat de admiradoras de Jonas Brothers, Selena17#, a la que es seguro que podrá tirarse —virtualmente, se entiende— esa misma tarde, víspera de nochebuena. Él, escondido tras la máscara de Castigador373, una de tantas, había desplegado todas sus artes durante varias jornadas y por fin ella había accedido a conversar en privado. Es un asunto hecho. Ya sólo piensa en su semen caliente derramándose sobre la cara adolescente de Selene17# mientras la llama perra inmunda —en virtualidad, entiéndame—. Nota, con felicidad, como su pequeño miembro presiona con levedad sobre sus muslos grasientos al abrir la puerta pero el gesto le cambia de manera abrupta cuando al cerrar repara en la silueta sentada en el sofá de orejas de su difunto padre. Un par de ojos negros brillando en la penumbra como los de una pantera en la jungla y un pitillo humeante que muestra una sonrisa siniestra tras cada calada.

-Hola Castigador 3-7-3 ¿ese eres tú, no? –Lucio indica con la punta de su beretta, el tresillo delante de él. Castigador suelta las bolsas y se sienta. Todavía está confuso –estás más gordo de lo que decías en el chat pero ya lo imaginaba, siempre se miente…

-Sí… sí –balbucea el gordo con timidez…

-¿Sí… sí? ¡Y una mierda, hijo de puta! ¡Tú no haces más que mentir! ¿Dónde está tu cuerpo atlético, tu 1,90? –Lucio sube intencionadamente el volumen de su voz, disfruta viendo como el castigador se va haciendo cada vez más pequeño, como comienza a sudar, como en sus ojos aparece el terror, un terror que luego serán lágrimas –repite conmigo… soy una bola de sebo inmunda.

-Soy… soy…-el hombre comienza a llorar -¿Qué… qué he hecho?- acierta a decir entre gemidos.

-Soy… soy… -repite Lucio impostando la voz mientras le golpea el rostro con la culata de la automática- ¡si vuelves a preguntar que has hecho te pego un tiro!... repite conmigo –Soy una bola de sebo inmunda

-¿Qué…qué he hecho, por Dios? – Gime mientas se toca la sangre fresca que comienza a inundar su rostro. Un tiro que zumba amortiguado por el silenciador y una bala que roza el hombro del castigador virtual. Cae sobre el suelo. Lucio se agacha y le coloca una mordaza que mitigue los gritos agudos.

-Ya que lo pides con insistencia, te lo voy a explicar –Lucio enciende un pitillo y aspira hondamente la primera calada –Verás… si hay una cosa que me repugne más que un jodido violador es un puto pederasta, como tú…

-Yof nof… nof… – mueve la cabeza y tose. Una arcada. Lucio le golpea otra vez.

-No vuelvas a interrumpirme, por favor…te decía que odio a los pederastas. Habitualmente cobro un pastón por hacer lo que estoy haciendo ahora pero todo el mundo tiene aficiones y la mía, para tu desgracia, es la caza... y como buena afición yo la disfruto a tope. Me dedico, por placer, a limpiar este mundo de chusma que no merece vivir. No creo en la ley, ¿sabes? No fun-cio-na muy bien. Fíjate, yo mismo… mi profesión es matar, he matado a docenas, y jamás he pisado ni el hall de una comisaría. Hay algo que no funciona ¿no crees?... —apura el cigarro y lo apaga sobre la alfombra raída y polvorienta antes de continuar—… no te voy a explicar como he llegado hasta a ti, además no creo que te interese saberlo, sólo te diré que del mismo modo que tu no eres un Adonis de ciento noventa centímetros, Selene17# no es una adolescente admiradora de los Jonas Brothers y, por supuesto, no está colada por tus huesos… Ahora ponte el abrigo y coge los donettes que nos vamos. Sólo te advertiré, antes de quitarte la mordaza y de que salgamos a la calle, que si gritas, si intentas huir, si haces cualquier movimiento extraño te perforaré el cráneo sin pestañear. Si haces lo que tienes que hacer te quedará la oportunidad de que no sea mi día de caza perfecto…

Castigador373 se limpia la sangre del rostro y sale renqueante del portal. El miedo le atenaza y el frío le perfora. En el oscuro callejón Lucio le ordena que se meta en el maletero del coche.

La sierra de Gredos está nevada como hace muchos inviernos. Lucio tuvo que parar a poner las cadenas pero, aún así, está de un humor excelente. Abre el maletero y saca de los pelos al castigador. Le ordena que se desnude y le mete cuatro donettes en la boca. Le golpea un par de veces más y le dice: “ahora corre”. Se apoya en su viejo chevy, enciende un cigarrillo y se queda mirando sonriente la grotesca figura del cazador cazado, que avanza desesperado y errático sobre la nieve fresca. “Hace frío, coño”, piensa.

Cuando termina de fumar se sube las solapas del abrigo, saca su pistola y comienza a silbar “White Christmas”, ¡Caray, cómo le gusta Bing Crosby!

miércoles, 4 de marzo de 2009

La inspiración de Chipi

Inspiración, espiración... inspiración, espiración. Crispín, o Crispi, o Chipi, como es conocido en el lupanar donde trabaja como camarero, se apoya con una mano en la pared. Encorvado trata de recuperar el resuello. “Puto tabaco”, maldice. Entre bocanada y bocanada dirige su mirada hacia atrás. Cree haber despistado a su perseguidor pero no las tiene todas consigo.

Los pensamientos fluyen desordenados por su cabeza: Abre la puerta de su casa, deja las llaves sobre la mesita del recibidor, se quita la cazadora, entra en el salón. Olor a humo. Una intuición. Un disparo zumba, una bala le roza el hombro y a correr como alma que lleva el diablo. Baja los escalones de cuatro en cuatro. Balas que silban su nombre. Trata de recomponer los acontecimientos, de serenar el pulso de su vertiginoso pensamiento. Supone —no está seguro de nada— que a alguien no le ha hecho demasiada gracia que se dedicase al negocio de la farlopa sin pasar la comisión correspondiente. Se lo habían advertido pero nunca pensó que lo suyo pudiera molestar a los que manejan el cotarro. Ni siquiera los conoce.

Había comenzado con poco, un par de gramos para amigos, alguna de las rameras que le pedía para los clientes... al principio nunca pillaba más de cincuenta gramos de una vez, pero el negocio comenzó a crecer y, coño, no se le pueden poner cercas al campo y mucho menos a los euros fáciles: medio kilo, un kilo, un par de chavales que la cortan y la gramean, que la mueven por las discotecas de la zona. Sobornos a los porteros. Poca cosa. Además siempre había sido discreto, nada de ostentar. Ni siquiera había dejado su trabajo de mierda porque le parecía la tapadera perfecta. Guardaba las ganancias en una caja de seguridad y soñaba con el día en que agarraría toda la pasta y se iría lejos de Madrid. Un pequeño hotel para buceadores en Costa Rica, en primera línea de una playa perdida. Esa era la idea que le rondaba desde que Pancho, el cholo que le pasa la mercancía, le habló de atardeceres en los que el último rayo teñía de verde el Pacifico.

Sigue avanzando, ahora más despacio. Le duele el hombro. Sangre que gotea. Mira atrás: tras la esquina aparece el tipo del piso. Sólo acertó a verle de refilón pero ahí está. Es él, seguro. Abrigo negro, guantes calados, mirada fiera. Le ha visto y avanza hacía él con decisión. Chipi aprieta el paso y tuerce en otra esquina. Ve una iglesia y entra, por intuición: nadie mata a nadie en una iglesia.

Lucio dobla la esquina y no ve a la presa. Observa el suelo. El imbécil del camello no se ha dado cuenta de que va dejando un leve rastro de sangre. Saca la Beretta de la funda bajo el sobaco y la disimula en el bolsillo del abrigo. Franquea la puerta del sagrado templo. Cuando sus ojos se acostumbran a la penumbra, observa: sólo una joven frente a un Cristo al que parece besar en las manos mientras murmura algo. Alguien más: el párroco que sale del confesionario y soliviantado grita a la chica que como se le ocurre besar al Señor Jesús nuestro Dios. “No está mal la ramera”- piensa Lucio– “Parece que le falta un tornillo pero la montaría con gusto”.

Ninguno de los dos se ha percatado de su presencia siniestra. Están a los suyo, discuten acalorados sobre sacrilegios y demás soplapolleces. Por el rabillo del ojo percibe una sombra que se abalanza sobre él. Es Chipi que se ha armado de valor y, desesperado, trata de jugar su última baza. A Lucio le da tiempo a sacar la automática del bolsillo pero el tipo le agarra la mano con fuerza.

Un disparo que se pierde: la María Magdalena que cae con grito ahogado sobre el cura, que la coge entre sus brazos y luego la suelta con un gesto de horror congelado en el rostro. Mira sus manos ensangrentadas, como las del Cristo, y luego a Lucio y a Chipi, que forcejean. No mucho. Lucio se zafa, le empuja y le apunta con calma. Lo ejecuta con un solo disparo en la frente. El cura no acierta a moverse cuando Lucio se acerca con rapidez hasta él. Nada de testigos inoportunos.

—Al menos usted sabe que irá al cielo —dice, y después dispara. Luego mira a la joven tendida en el suelo sobre su propia sangre. Se agacha y le toca la yugular con dos dedos. Está muerta —Dios no es justo, con lo buena que estaba —masculla, y le toca una nalga.

Antes de marcharse, como una sombra, mira a la cara doliente del Cristo, sólo por un instante. Se da la vuelta y encara la puerta del templo. “Juraría que esa estatua me ha guiñado un ojo”, piensa. Y esboza una sonrisa sádica mientras los rayos de sol le golpean tibios en la cara, deslumbrándolo. Gracias a un miserable camello acaba de ver la luz.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Dos mariposas blancas

El agua de la ducha cae templada sobre su cabello ralo. En la radio, monótona como las gotas que ahora le golpean el rostro, suena la voz del locutor. Habla sobre un nuevo tsunami económico. Al ritmo de la lluvia artificial, inicio de cada uno de sus días, Juan trata de recomponer el sueño que tuvo, justo antes de abrir los ojos:

Un niño de rasgos orientales ríe y corre por un campo recién florecido. Con los brazos extendidos, que bate como alas, persigue mariposas. Cientos de ellas, que con vuelo, en apariencia errático, festejan la primavera en una explosión de colores —verdes, azules, morados, lilas, amarillos— bajo un sol que deslumbra.

Trata de agarrar alguno de los vistosos insectos pero siempre se le adelantan, cambiando su trayectoria en el último momento... hasta que una de ellas se posa sobre un junco que se balancea leve. Entonces, el niño, ya no la quiere coger, sólo acerca sus ojos rasgados para poder apreciar su fisonomía, el suave batir de las alas blancas como la espuma del mar, que no paran quietas. Sobre una de las alas, dibujados con fino trazo, se pueden leer unos signos de color púrpura.

Juan se seca y el espejo le devuelve un rostro que ya hace tiempo que dejó de ser lozano. Su cuerpo flácido refleja la vida sedentaria de un contable que ha estado aferrado a una silla más de ocho horas al día, durante los últimos veinticinco años. El locutor sigue hablando de índices y cifras. Con tono catastrofista predice un futuro nada halagüeño en el que el desempleo se cebará con la población, en el que la estrechez volverá a ser la protagonista en las vidas de muchos. Juan apaga la radio.

Al salir de casa, gira la cabeza y se despide. Una costumbre de cuando aún había alguien a quien decir adiós, un uso que se le ha quedado tan impregnado que le resulta imposible deshacerse de él… aunque sabe de sobra que cuando regrese todo estará en el mismo lugar en el que lo dejó, que tampoco habrá nadie que le dé la bienvenida.

Se acomoda en el tren —siempre el mismo vagón, siempre a la misma hora, de lunes a viernes, camino del mismo trabajo, ruta inquebrantable de rutina implacable—. Despliega el periódico y se detiene interesado en un artículo de opinión titulado “El efecto mariposa”. No termina de leerlo, más de lo mismo: nuevas teorías sobre el origen de la crisis y sus consecuencias. Recostado sobre su butaca, se queda pensativo mirando la lluvia de mayo que empaña la ventanilla. No se puede sacar el sueño de la cabeza…

…Ese niño y el vuelo de las mariposas traen al recuerdo de Juan los días felices en los que su padre le llevaba, el primer domingo de primavera, al concurso de cometas. Juntos construían el artilugio volador con el que participarían. Cada año diseñaban uno nuevo; dibujaban el boceto, compraban los materiales y ensamblaban las piezas, con paciencia artesana. Al terminar su trabajo, a modo de ritual sólo por ellos conocido, firmaban satisfechos su trabajo, sobre una de las esquinas; en color púrpura y con caracteres finos cada uno escribía su nombre: Juan y Juan.

Antonio, el jefe de departamento, su compañero desde hace más de quince años le ha llamado al despacho. Al parecer, según le ha explicado, la empresa tiene problemas, las ventas han bajado de manera drástica y, ya se sabe, la crisis, que no perdona. Juan ya no escucha pero intuye. Su mirada se pierde, atónita en la lámina detrás de la mesa de Antonio. Nunca, hasta ahora, había reparado en ella.

—Hice todo lo que pude por ti, Juan… pero ya sabes que en la empresa los números mandan y todo aconsejaba que tú entrases en el paquete del expediente de regulación...
—¿De quién es esa lámina? —pregunta Juan con calma, como si nada de lo que le acaba de decir Antonio le importase lo más mínimo
—¿Cómo?
—Sí… que quién es el autor del cuadro de las mariposas –y lo señala.
—Es la reproducción de un Van Gogh: Dos mariposas blancas, se llama. Mi mujer se empeñó en comprarlo cuando estuvimos en Ámsterdam, durante las últimas vacaciones… Juan, ¿estás bien?... ¿has comprendido lo que te acabo de decir?...
—Sí, sí… de Van Gogh… es precioso…

De regreso a casa, Juan sólo puede pensar en las cometas de su infancia, en como su padre le enseñaba que hay que ser sutil, para con un suave giro de muñeca, tan leve como el aleteo de un mariposa, alterar la trayectoria; siempre le insistía en lo maravilloso que era poder cabalgar sobre el viento con un simple cordel, ocho palos, algo de tela y un poco de habilidad.

*****

El Sr. Murakami bebe té frente al enorme ventanal que preside el salón de su casa de campo. Observa a su hijo en el jardín, que corre y ríe mientras persigue una nube de mariposas. Como alto ejecutivo de una poderosa firma de automóviles carga sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de miles de trabajadores. Los tiempos no marchan como debieran, el tsunami les ha alcanzado de lleno y este hecho le ha obligado a tomar desagradables decisiones. Si no fuera por estos momentos en los que todo encaja, en los que puede disfrutar viendo como su hijo crece sano y feliz, la vida no tendría sentido.

Ya lo tiene decidido. Le costó encontrar el regalo adecuado porque el niño tiene de todo. En el próximo cumpleaños del pequeño Haruki le regalará una preciosa cometa que vio el otro día en el escaparate de una lujosa tienda. Fue como si le hubiese hipnotizado y entró a comprarla. Una serie limitada firmada por el artesano que la ensambló. Tiene forma de mariposa y esta tejida en seda noble. Algo cara, pero seguro que Haruki disfrutará mucho con ella.

jueves, 12 de febrero de 2009

Larga vida al R&R

Inclinado sobre el water vomito hasta la primera papilla. Sólo pienso en que quiero que la tierra me trague, que se dé un festín con mi alma canalla. El espejo devuelve un rostro demacrado mientras me enjuago la cara con agua fría. Mis greñas antaño de fuego son ahora del color de la ceniza. Mi faz hace mucho que se pobló de surcos profundos, al compás de una vida improvisada, como un blues cantado con voz rota. Me recojo el pelo en una coleta, miro fijamente a mis ojos y me impongo un gesto de convicción, de fiera convicción. “you are the champion”, mascullo. Enciendo un pitillo mientras alcanzo el vaso que reposa sobre la cisterna. El clamor llega mitigado por la distancia, como un susurro de victoria.

De vuelta al habitáculo que han habilitado como camerino, sobre el sofá deshilachado, puedo ver mi vieja guitarra, eterna compañera de viaje, como el güisqui, como la bendita farlopa. Dos enormes rayas descansan sobre un pequeño espejo. Me esperan impacientes. Apuro el último trago y escucho el tintineo de unos hielos que ya no tienen donde nadar. Observo el espejo y la pequeña montañita blancuzca sobre el cristal de la mesa; parece como si las pequeñas motas que la conforman se moviesen con lentitud hasta dibujar brazos que me llaman, que quieren abrazarme… casi puedo escuchar su voz. La puerta se abre y la cabeza de un joven con auriculares asoma tímida, el clamor arrecia:

—Sr Ritchard, cinco minutos —y desaparece

No recordaba esta sensación —en realidad no me acuerdo de casi nada de lo que me sucedió entre los dieciocho y los treinta y cinco—: el estomago se encoge y la bilis sube hasta el gaznate con un sabor amargo mezcla de excitación, nausea y alcohol; el cerebro se embota y mis pensamientos son como un disparo errático. Vértigo. Miedo. Sudor. Una arcada.

Hacía demasiado tiempo que yo mismo había caído en el olvido, que el público enfervorizado no clamaba mi nombre en estadios llenos hasta la bandera, que no me traían la coca y el alcohol en bandeja de plata… Hasta que ese productor encorbatado, insultantemente joven, se presentó en el tugurio infesto donde yo purgaba mi vida de excesos, cada noche, de ocho a tres de la mañana, cantando para borrachos más borrachos que yo, camareras de rictus imperturbable y rameras de medio pelo que todavía sueñan con que algún día la oportunidad pasará por su puerta, que un golpe de suerte las sacará de allí. Una cloaca.

Un anuncio de la tele me ha devuelto a la palestra, un viejo éxito del que yo ya ni recordaba la melodía. Son cuatro acordes y un estribillo absurdo, compuestos tras tres días sin dormir. O eso dicen. Ni siquiera la letra es buena. ¿Qué más da si me sirve para reverdecer los laureles? El rock es un spot y yo soy la estrella del momento. Esnifo las dos rayas con una aspiración profunda, siento que la pupilas se dilatan y como el vigor me golpea en el cerebro. Cojo mi vieja estrato, me pongo las gafas de sol, abro la puerta y encaro el pasillo con paso firme. Palmadas en la espalda, gritos de ánimos y mi banda que espera sobre el escenario. El murmullo se hace victoria. Una multitud corea mi nombre y enloquece en un alarido cuando el foco se enciende sobre mi cabeza.

Soy un dios del rock y he vuelto.




viernes, 6 de febrero de 2009

Inacabado

Todo comenzó con una pequeña grieta, como casi todo lo que se acaba. Así, como una arruga que surca con timidez el rostro y advierte que la madurez ha comenzado su avance; así, como una hendedura que se dibuja sobre el muro e indica que la piedra comenzó a fatigarse; así, con una mentira, leve e inocente, comenzó a resquebrajarse la confianza entre Marta y Daniel.

Por supuesto que aquella mentira —que ya nadie recuerda— fue sólo el comienzo de una sucesión; una brecha angosta que poco a poco se agrandó hasta que ninguno de ellos pudo discernir donde empezaba y donde tenía su fin; de una profundidad que ya ningún emplaste, ninguna cirugía, podría arreglar.

Daniel espera en pie frente al enorme ventanal que preside el despacho del abogado. La tarde es oscura y la lluvia golpea el cristal. Las gotas se arrastran temblorosas por la superficie y el reflejo de su rostro envejecido se plaga de pequeños surcos acuosos. Esa lluvia espesa trae hasta su recuerdo la tarde en que por primera vez vio a Marta, cobijada bajo la marquesina de aquel café en el Retiro. A él, que como un galán de película se acercó para ofrecerle su chaqueta. Y una mirada fugaz —contenida en un segundo— que le dijo que aquello tenía que ser diferente.

Marta acaba de entrar en el despacho. Su reflejo en el cristal aparece detrás de su rostro acuoso y envejecido. Habla con el abogado y finge despreocupación, como si nada de lo que está sucediendo —porque está sucediendo— le afectara lo más mínimo. Diez años de convivencia son suficientes para distinguir la impostura. No como la noche en la que se sentaron en el sofá de la que fue su casa y pudo leer la determinación en sus ojos. “Ya no aguanto más” le dijo, y una profunda fosa se abrió bajo sus pies. No acudieron las palabras al rescate, como tantas otras veces. Su mirada se quedó perdida en la pared plagada de fotos, de rostros que sonríen ajenos al futuro de esa noche irremediable en que la brecha acabó por convertirse en insalvable.

—Dani, los papeles ya están listos, sólo queda firmar —la voz del abogado suena hueca y distante. Daniel se da la vuelta y esboza una sonrisa vieja y gastada. No sabe muy bien si dar un beso a Marta o estrechar su mano. Todo se queda en un gesto grotesco que comienza con un apretón de manos y termina con un beso inacabado. Como todo en su vida.

jueves, 5 de febrero de 2009

Antony and the Johnsons



Hope there's someone
Who'll take care of me
When I die, will I go

Hope there's someone
Who'll set my heart free
Nice to hold when I'm tired

There's a ghost on the horizon
When I go to bed
How can I fall asleep at night
How will I rest my head

Oh I'm scared of the middle place
Between light and nowhere
I don't want to be the one
Left in there, left in there

There's a man on the horizon
Wish that I'd go to bed
If I fall to his feet tonight
Will allow rest my head

So here's hoping I will not drown
Or paralyze in light
And godsend I don't want to go
To the seal's watershed

Hope there's someone
Who'll take care of me
When I die, Will I go

Hope there's someone
Who'll set my heart free
Nice to hold when I'm tired

sábado, 31 de enero de 2009

El valor de las chorradas (en dólares USA)

Resulta que me he metido en una página web que calcula el valor de tu blog en dólares USA. No te cobra nada por ello, lo cual es de agradecer, y mediante un sencillo procedimiento, que consiste en meter la URL del blog, realiza el cálculo y te devuelve la cantidad. También -incluso- te da la valiosa posibilidad de lucir orgulloso, en tu barra lateral, cuanto vale tu blog. En realidad no sé que algoritmo utilizará el invento para hacer el cálculo pero el caso es que es de una precisión que roza la ciencia ficción. Supongo que tendrá que ver con la cantidad de visitas que recibe el espacio en cuestión... aunque lo que no sé es de dónde sacará el dato.

Leía el otro día en el blog del Lagarto, que a decir de la cantidad de comentarios (visitas) debe valer un huevo y la yema del otro, un interesante artículo sobre el aburrimiento y las razones por las que los humanos tenemos la necesidad constante de permanecer activos, aunque sea a base chorradas, para huir de él. Aburrirse significa pensar y pensar es más que peligroso, por lo visto, porque se pueden llegar a conclusiones dañinas para uno mismo. Si se piensa demasiado se puede llegar a una conclusión a la que yo, sin discurrir demasiado, llegué hace muchos años: La vida carece de un sentido objetivo. así que nos inventamos divertimentos diversos para engañarnos vílmente.

Una clara prueba de ello es esta entrada. Mucho más que, por ejemplo, crear una herramienta que calcule el valor de los blogs (en dólares USA). Porque esta entrada no produce dinero y lo otro, indudablemente sí. Lo digo porque me imagino que el tipo que inventó el asunto recibirá miles de visitas de gente aburrida que, como yo, busca de algo que les ditraiga por un rato de su absurda existencia, y que esto incrementará el valor de su página de manera notable. Además utiliza las siempre útiles técnicas del marketing y, habilmente, mediante venta cruzada, ofrece la posibilidad de que te asesores de como ganar dinero con tu página. Menos que él, seguro, pero es que la idea es suya... y si no... pues que se te hubiera ocurrido a ti.

Mi blog, Renegando, vale la nada desdeñable cantidad de 2.258,16 $ (así de preciso es el invento que te calcula hasta los céntimos). En fin... que yo vendo... que la crisis no está como para desdeñar dos mil y pico pavos. ¿Alguien podría decirme quién va a ser el panoli que compre?

miércoles, 28 de enero de 2009

Tasunka witko

Profecía del Búfalo Valiente. Nación Sioux (extracto)
El Sagrado Aro muestra cómo todas las cosas entran en un círculo. Lo viejo se vuelve nuevo; lo nuevo se vuelve viejo. Todo se repite.

La cultura tiene sus raíces en la Tierra. Las personas sin cultura no existen por mucho tiempo porque la Naturaleza es Dios. Sin una conexión a la naturaleza, las personas flotan, crecen negativas, se destruyen.

El Gran Espíritu esta en todas las cosas, esta en el aire que respiramos, y La tierra es nuestra madre, lo que nosotros damos a la tierra, ella nos lo devuelve.”


El hombre blanco quiere que abandonemos la tierra de nuestros ancestros, las colinas que me vieron nacer, que nos observan imperturbables desde que el primero de los Oglala cazó búfalo bajo su viento. Hostigan a nuestro pueblo, humillan nuestra cultura.

Makhpyia-luta* ha perdido su fuerza, no quiere más guerra y da por buenas las palabras del rostro pálido. Ya no recuerda Sand Creek; enterró el recuerdo junto con su hacha. Envejecerá confinado en el lugar que otros decidieron. No sabe que para el blanco la pipa nada significa, que él mismo no es más que un viejo sin patria.

La codicia es insaciable y cruel. Fue un metal amarillo lo que les trajo hasta las colinas negras, nuestro último reducto. Quieren profanarlas como profanaron nuestra caza y nuestras llanuras, sin dar nada a cambio, sólo nuestra sangre. Un metal no vale una vida del mismo modo que una vida no vale un metal. El Gran Espíritu grita, la madre tierra gime. Si yo no escucho a aquel que me alimenta y me cobija, ¿quién soy? Si dejo que la codicia prevalezca y no escucho a mi madre ¿dónde reposará mi espíritu cuando mi hora llegue?


Cuando apenas era hombre soñé que montaba sobre un caballo salvaje, que giraba nervioso, que me guiaba a la batalla. Un rayo de fuego y granizo surcaba mi cara y mi lanza de guerra se alzaba hacia las nubes. Fue cuando mi padre me dio su nombre, Tasunka witko**, cuando me dijo que nunca sería vencido en la batalla. Muchas lunas han pasado y mucha sangre ha corrido pero el aro sagrado todavía no se ha cerrado.


El día es tibio y mi sueño ha sido plácido. La visión regresó anoche desde el fuego de mi hogar: un caballo salvaje que galopa a la batalla, que guía a todo un pueblo, inyectado de valor, orgulloso de la sabiduría que no está escrita, esa solo prevalece en nuestra memoria y que morirá cuando el último de nosotros haya caído o se haya rendido.


Los rastreadores han regresado y hablan de rostros pálidos hasta donde la vista se pierde. Una nueva batalla se avecina. Sobre la loma se recorta la figura de un blanco de largos cabellos. Que el Gran Espíritu nos ayude, que la madre tierra nos dé fuerza, que el aro sagrado se cierre otra vez.


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El veinticinco de Junio de 1876, Tasunka witko, al mando de tres mil quinientos guerreros (hunkpapas, sans arc, pies negros, miniconjou, brule, cheyennes, oglala, y un grupo pequeño de indios two-kettles y arikara), ayudado por la codicia y el ansia de gloria de un joven teniente coronel llamado George Armstrong Custer, venció en la batalla de Little Big Horn, masacrando al Séptimo de Caballería e infligiendo a los rostros pálidos la mayor derrota conocida a manos de unos ¿salvajes?.

* Red Cloud (Nube Roja)
** Crazy Horse (Caballo Loco)