domingo 4 de octubre de 2009

Algo así

—Un disparo de adrenalina que primero coloniza el estomago y desde allí comienza su invasión. Eso, esa sensación de vigor repentino, el estado de visión preclara, es lo que me gusta de mi trabajo. ¿Sabías que la adrenalina es la droga más potente de todas las que se conocen? —Lucio hace un breve inciso, da una calada al pitillo y bebe un sorbo de su güisqui mientras expulsa humo por la nariz. Fija su mirada durante apenas un par de segundos en el culo de la camarera cuarentona que limpia una de las mesas y continua su plácido monólogo, intentando hacerse escuchar por encima de la música blues que inunda el antro —Es gracioso que haya gente buscándose la vida como pordioseros, por poblados infestos, en busca de una dosis de cualquier sucedáneo, sin saber que su cuerpo es capaz de producir el solito la más pura de las drogas… y gratis.

—¿Eres broker en la bolsa o algo así? —el tipo a su lado pregunta con voz emplastada; es como si acabara de salir en este mismo momento de un estado catatónico en el que hubiera permanecido sumido durante varios años.

El garito no está lleno. Ni mucho menos. Una camarera que probablemente un día tuvo el sueño fugaz de una vida bohemia, Ramiro, el propietario de aquel reino de inmundicia y su socio, el borracho de la pregunta inoportuna. Lucio continúa como si nada:

—La clave está en controlar tu viaje. De lo contrario te domina el pánico. Y ya no hablas de poder sino de miedo. En el campo de batalla, ese pequeño matiz, es el que marca la diferencia entre un héroe y un cobarde.

—¿Eres soldado o algo así? —Ramiro, en pie al otro lado de la barra, le ha dado por intervenir en la conversación mientras receba el vaso de Lucio —la última que chapamos.

—Algo así —Lucio taladra al propietario con la mirada —en realidad trabajo para los Minuesa, una respetable familia del sur de la capital ¿te suenan? —Ramiro palidece, tensa levemente su cuerpo tras la barra y comienza a mirar a un lado y a otro, sin fijar la mirada en ningún lugar en concreto. Lucio vuelve a dirigirse al tipo a su lado que no da muestras de haberse enterado de nada —¿Lo ves?, a esto me refiero. Si dejas que el chute de adrenalina te colapse el celebro estás perdido. Esa es la diferencia entre Ramiro y yo. Por eso él se dedica a servir copas y a pasar farlopa a cuatro colgados y yo a matar a gente como él.

Lucio se levanta como empujado por un resorte. Con un movimiento rápido saca la Beretta y apunta a Ramiro que sólo acierta a mascullar un rancio “puedo explicarlo”. Pero antes de terminar ya tiene una bala de nueve milímetros alojada en la traquea y otra en el corazón. La voz desgarrada de Janis Joplin ahoga el sonido de las detonaciones y la camarera ni siquiera puede ver como la parca la pesca con la escoba en la mano mientras barre la bohemia de Malasaña al ritmo de “Summertime”. Lucio deja la Beretta sobre la barra, enciende un pitillo y apura lo que queda de güisqui.

—¿Lo ves? —dice dirigiéndose al borracho que permanece inmóvil sobre su banqueta —el pánico te impide coger la pistola sobre la barra, darme un tiro y salvar tu culo de alcohólico. Ya no vas pedo, ¿a qué no? La adrenalina mata el pedo, ya te dije que es la droga más potente… a que ahora lo comprendes.

Dos detonaciones más y una figura, negra como una noche sin luna, que se desliza entre las calles estrechas y empedradas rumbo a la plaza del Dos de Mayo. Atrás sólo un neón parpadeante y el singular olor de la muerte. Huele a miedo.

sábado 26 de septiembre de 2009

La ignorancia

“Nunca nos cansaremos de criticar a quienes deforman el pasado, lo reescriben, lo falsifican, exageran la importancia de un acontecimiento o callan otro; estas críticas están justificadas (no pueden no estarlo) pero carecen de importancia si no van precedidas de una crítica más elemental: la crítica de la memoria humana como tal. Porque, la pobre, ¿Qué puede hacer ella realmente? Del pasado sólo es capaz de retener una miserable pequeña parcela, sin que nadie sepa por qué exactamente ésa y no otra, pues esa elección se formula misteriosamente en cada uno de nosotros ajena a nuestra voluntad y nuestros intereses. No comprenderemos nada de la vida humana si persistimos en escamotear la primera de todas las evidencias: una realidad, tal cual era, ya no es; su restitución es imposible.” Milan Kundera. La Ignorancia.

Un infarto te fulminó en mitad de una mañana de primavera, a ti, que siempre te gustó el invierno.

Los recuerdos se suceden al ritmo de las canciones. O quizás no debería decir los recuerdos, quizás debería hablar sólo de sombras del pasado, brochazos indefinidos que luchan por cobrar forma lógica, imágenes incompletas que asocio a mi vida contigo pero que puede que sean, simplemente y por obra y gracia de mi alquimia de los procesos, de la inercia del momento, falsas; o mezcla de realidades pasadas, distantes en el tiempo, que ahora retornan hasta mi memoria fusionadas en un recuerdo único, reconstruido para la ocasión, para dar sentido a este sentimiento que aún no he terminado de catalogar. Porque mi camino es una sucesión de acontecimientos que se concatenan y se superponen, que en su devenir me han conducido hasta el punto en el que me encuentro justo ahora: frente al ordenador, tratando de reconstruir tu memoria al ritmo de canciones que escucho una y otra vez, seleccionadas con esmero en la soledad de mi despacho, en la noche en la que te he dado el último adiós.

Las ventanillas del coche abiertas y el viento y la música que se enredan en tu pelo, negro como el pozo profundo de mi amor, rizado como la carretera secundaria que recorremos porque nos apetece, porque hoy decidimos que queríamos ver el mar y enfilamos directos hacia el Este, con esa osadía que sólo da el amor incipiente, que siempre es presente, nunca pretérito ni futuro perfecto. Sopla levante y Bob Segger desparrama las notas de “Against the wind”, que suena como una premonición, aunque tú y yo aún no lo sabemos y sólo nos quedamos con esa parte en la que, melancólico, habla de secretos compartidos, montañas que se mueven y fuegos incontrolables.

Un nudo de impotencia que atenaza la garganta. Otra vez el coche (el mismo coche) pero ahora no estás a mi lado. Con la mirada fija sobre la blanca pared de una habitación inocua, anestesiada de calmantes, yaces en la cama de un hospital al que yo regreso con un camisón, algunas mudas y tu neceser. Bruce me dice que todo está bien en este día solitario pero yo no puedo apartar del pensamiento la pequeña pantalla en blanco y negro, en donde unas líneas indefinidas marcan el fin de un proceso, el aborto de una esperanza. Y el rostro circunspecto del ginecólogo, seguido de palabras impostadas, tan gastadas como inútiles. Y tus lágrimas y mi abrazo mudo, porque me niego a repetir palabras de ánimo que sé que son inútiles. Sólo acierto a decirte que voy a casa a recoger tus cosas y a la salida rompo a llorar y llamo a tu madre.

Una pregunta se prende entre el humo espeso que inunda mi despacho, al ritmo de “Strange days”, que me trae al recuerdo tu rostro interrogante:

-Chiqui, ¿No seremos nosotros los raros?

Aún no sabemos si es huida o exilio voluntario. O ambas cosas. En realidad carece de importancia porque es el camino que hemos elegido y en ese momento nos parece el mejor. No sabemos nada de lo que ocurrirá después. Nunca sabremos (y nos lo preguntamos muchas veces) si fuimos nosotros, que no nos supimos adaptar a aquel entorno, que siempre nos resulto ajeno y lejano, o si fue aquella gente hostil y traicionera, de mentalidad provinciana, la que nos hizo sentir como dos seres extraños desubicados y sin rumbo fijo al que aferrarse. Solos tú y yo, con el mar a nuestra espalda y las huestes que no nos atacan, que sólo nos observan, quietas, sin hablar. Hasta que llegó el día en que decidimos darnos la vuelta y mirar al mar y dejó de importarnos lo que quedaba a nuestras espaldas.

—¿Qué significa esta letra, qué dicen? —me lo preguntas con uno de los casquitos en la oreja y tu cara muy pegada a la mía, tumbados los dos en la arena de una playa desierta, como hecha para nosotros, para vivir juntos este momento.

—“Conseguí la llave para la autopista, desahuciado y destinado a irme, me largo de aquí corriendo, andando sería demasiado lento…” eso dice más o menos.

—Me gusta. ¿Tú crees que está vez saldrá bien?

—Estoy seguro cariño

—¿Te vienes a la orilla conmigo?

—No, me quedo aquí, escuchando música… (y mirándote)

Tu oronda serenidad enfundada en un peto vaquero, enroscadas las perneras hasta las rodillas, y el mar verdoso que juega con tus tobillos castigados de lesiones. El sol de media tarde, oblicuo y anaranjado, embellece tu perfil. La luna, más pálida que nunca, desafía a la luz del ocaso y se hace un hueco en mi particular encuadre. Quisiera ser pintor para plasmarlo en un óleo de tonos verdes y naranjas. Pero no lo era, ni lo soy, y ya sólo tengo, como si de una foto se tratara, un recuerdo de tu segunda preñez que siquiera sé si es cierto o si es la fusión de muchos otros. Nunca me importó la inseguridad de mi memoria pero, ahora, me duele porque ya no existes más allá de ella.

¿Eres tú?

—¿El Sr. Manrique? —la voz al otro lado del teléfono suena neutra

—Sí, dígame

—¿Es usted el marido de Ángela Sanabria?

—Sí, dígame, ¿sucede algo?

—Verá —un silencio hermético se apodera del tiempo —su mujer ha fallecido —un silencio que atenazas las palabras —Sr. Manrique ¿está usted ahí?

—Sí… sí. ¿Dónde tengo que acudir?

viernes 18 de septiembre de 2009

Viento del Oeste - El Chanca

Tenía la cara picada por la viruela y un fulgor en los ojos que denotaba viveza de espíritu. En el barrio le conocían como el Chanca, por su larga melena, lisa y negra, siempre en perfecto estado de revista, y lo corto de su estatura, que hacían que se asemejara en su aspecto a los indios precolombinos. Como ya había uno al que apodaban el Inca, hubo algún gracioso, más cultivado de la cuenta, que propuso el Chanca como el mote idóneo para él. Y así se quedó para los restos.

Hasta dónde su conocimiento alcanzaba —nunca se puede poner la mano en el fuego por nadie, ni siquiera por una madre— él era madrileño de pura cepa y no corría por sus venas sangre amerindia. De hecho, ni siquiera supo, hasta unos años después de ser apodado, que hubiera una tribu en la América de antes de Colón, en lo que ahora es conocido como el Perú, que atendiera al nombre de los Chancas.

Estaba orgulloso, no obstante, de ese aspecto siniestro que los genes le habían otorgado y de su apodo porque, si bien ninguna de las dos cosas suponía la tarjeta de presentación idónea para una fiesta chic, sí que lo eran para dar forma a esa imagen al margen de la ley que él le gustaba cultivar.

En el comienzo de sus andanzas delictivas, alternaba el trabajo en la frutería de su padre con el tráfico de cocaína a pequeña escala, para los colegas del barrio. Era como un juego; la mejor de las maneras de financiar su propio vicio. Luego comenzó a frecuentar locales nocturnos de dudosa reputación y fue engrosando, gramo a gramo, su cartera de clientes, lo que le permitió dejar de trabajar en la frutería y dedicarse exclusivamente al tráfico.

Conocer a Carlos, ese pijo atormentado y medio autista, fue lo que le propulso definitivamente al Olimpo de los camellos, de los que hacen servicio a domicilio, sólo atienden a pedidos de mínimo cinco gramos y conducen una moto de gran cilindrada y colores llamativos. Sucedió, casi sin querer, el día en que Carlos probó su género y lo sentenció como la mejor farlopa que había catado su nariz hasta la fecha. A partir de ahí todo fueron beneplácitos y llamadas de amigos, y de colegas y de amigos de amigos… el Olimpo.

Como decía uno de sus mejores amigos, el mismo que le puso el mote, “lo del chanca es marketing del lumpen”. Lo decía porque había sabido sacar un indudable provecho de su aspecto de indio peruano y de su mote; fue aquello, en gran parte, una de las claves de su éxito ya que había hecho creer a todos aquellos pijos ejecutivos, ansiosos de distinción, que su producto era cultivado a los pies del mismísimo Machu Picchu e importado directamente desde ultramar, sin corte que desvirgara su amarillenta pureza. Inventó, no sin tino, un sello de calidad, que imprimía en cada sobre y que avalaba la procedencia del género. La realidad era otra muy distinta: compraba el género a una familia de gitanos, integrada en el famoso clan de los Minuesa, en un poblado chabolista del extrarradio. La farlopa no era para tirar cohetes pero sí lo suficientemente aceptable como para satisfacer la inexperta nariz de su, cada vez más selecta, clientela.

Ahora, mientras se acerca al poblado a recoger su pedido, puede ver a un personaje que no le resulta habitual, que no encaja en la escena. Alto y enfundado en un largo abrigo negro, Lucio espera, fumando un cigarro, con un hombro apoyado sobre el quicio de la puerta de la chabola de os Minuesa. Un escalofrío recorre la columna del Chanca. Ese tipo, de ojos fríos como los de un tiburón hambriento, no deja de mirarle, como si quisiera ensartarlo. Siente el impulso de girar sobre sus talones y regresar en otro momento. Sabe que algo va a pasar: su instinto de barrio no falla y ahora resuena en su interior como la alarma silenciosa de un banco, recorriendo desde la punta de los pies hasta el último de los negros pelos de su larga y cuidada melena. Finalmente decide no achantarse y seguir el paso, como si tal cosa. Al llegar frente al tipo se queda quieto y mira para arriba con gesto interrogante. Con un poco de suerte le franqueará el paso y nada sucederá. Lucio baja los ojos y se encuentra con la mirada viva del Chanca y con su cara picoteada por la viruela. Le rodea los hombros con su brazo, sin decir palabra. Con un leve movimiento de ojos, le hace girar sobre sus talones. Dice Lucio:

—Demos un paseo y… no te preocupes, relájate que se te ve muy tenso, si me dices lo que quiero saber no te pasará nada —la estampa, dada la diferencia de estatura, es un tanto grotesca. Pasean como lo haría un padre con su hijo. Lucio mira al frente mientras habla y deja entrever en su rostro algo parecido a una sonrisa.


—Y qué quieres saber? —El Chanca demuestra con su pregunta que su instinto de supervivencia queda por encima de sus cojones. No tiene curiosidad por saber quien ese tipo ni a que viene que le asalte así. Directo al grano, como le gustan a Lucio los soplones. Le jode perder el tiempo con preámbulos absurdos que sólo conducen a violencia innecesaria.

—Tú eres el que le pasa la farla a Carlos Almenara —Es una afirmación, sin duda. Ni una sola inflexión en su voz que denote dudas.

—Le conozco, sí

—Bien, la próxima vez que te llame, para lo que sea, me llamas y me dices dónde habéis quedado. Luego haces el servicio como si nada pasara ¿Estamos de acuerdo? —Chanca asiente con la cabeza y Lucio continúa hablando—todo irá bien si haces las cosas como te digo. No volverás a saber nada de mí y tú nunca habrás sabido nada de mí.

Chanca asiente de nuevo, en silencio, mientras recoge la tarjeta de visita que Lucio le tiende. En ella puede leer, “Lucio Cortés, Anticuario” y debajo solamente un número de teléfono móvil.

Lucio enciende un pitillo y se aleja sin mirar atrás, pensando que el muchacho tiene la mirada viva. Está seguro de que no fallará, que prefiere traicionar antes que sucumbir.

domingo 13 de septiembre de 2009

Viento del Este - Carlos

Con los ojos muy abiertos, redondos como planetas, clavados en el techo, Carlos hace ya un rato que perdió la esperanza de poder conciliar el sueño. Otra noche en blanco sin nadie que consuele su soledad. Sin levantarse enciende un cigarrillo y su pensamiento se escapa entre las volutas del humo de la primera calada.

El mecanismo del insomnio de Carlos es sencillo: Cena en algún restaurante de moda, con o sin compañía, una o dos botellas de vino y, tras el postre, al calor de un orujo de hierbas, un susurro viperino en el oído que le hace olvidar la última noche de ojos en techo. Sólo tiene que marcar el teléfono del Chanca. En media hora estará esnifando en el cuarto de baño y su percepción del mundo cambiará como por ensalmo. El camarero que le ha mirado altivo durante toda la velada pasará a ser un ser insignificante y ridículo cuya mirada ya no resistirá el brillo de su pupila al sacar la visa oro y pagar la abultada cuenta.Como el de papá cuando les lleva a comer al Horcher y el camarero no para de hacerle reverencias desde que entran.

--Carlos, Carlitos, deja ya en paz a tu prima que no te ha hecho nada –-el niño Carlos persigue a una niña pelirroja con el terror pintado en el gesto. Corren sobre la fina arena, el mar al fondo se presenta encrespado. Él Lleva en la mano, que alza en lo más alto, un rata muerta que agita sobre su cabeza a la vez que profiere gritos como los de un indio enloquecido.

--Este niño -–dice su madre con cara de resignación -–es como el mar cuando sopla levante, que se agita… no vayas a creer que siempre es así, no, normalmente es muy tímido, casi autista. Nos preocupa, chica.

--No te preocupes, querida, en el internado lo enfilarán. Conmigo lo hicieron, y mira dónde estoy ahora --el padre abre una sonrisa diabólica, sencillamente diabólica, en su cara y guiña un ojo en un gesto tan estudiado que parece natural.

Valiente gilipollas su padre, que se creía que tener un buen puesto de ejecutivo en una multinacional y un par de mercedes aparcados en el garaje de su chalet en la moraleja, le daban derecho a ir arrasando por la vida, a dar lecciones al mundo sobre cuál era el mejor camino hacia el triunfo ¿Triunfo lo tuyo, hijodeputa, si no me hiciste caso en tu vida; si no era más que un número en tu pizarra… suficiente, insuficiente, notable, bien… si estoy aquí esnifando sobre el wáter de un restaurante chic porque es lo único que me llena, que me hace sentir realizado; si cada vez que te miro el careto ese de hijoputra que gastas es porque me he metido una loncha de medio kilometro antes? Vergüenza debería darte tener un hijo yonki ¿Eso es triunfar? Cualquier día voy y lo confieso en medio de una de tus fiestas sólo por ver la jeta de imbécil que se te iba a quedar.

Carlos se pone en cuclillas de nuevo y aspira hondo una segunda raya que había permanecido, inmutable al discurso, posada sobre la blanca tapa del wáter. La mandíbula se tensa y el calor comienza a agobiar en el cuello. Se deshace parcialmente el nudo de la corbata. Se baja la cremallera y comienza a mear

Valiente gilipollas su madre. Piensa en ella con una mano en la polla, la otra en la nariz, los ojos entornados, la cabeza hacia atrás y el polvo entrando directo al celebro, como el puto gusano del anuncio, ese que tanto asco daba a su madre, que se tapaba la cara cada vez que salía en la tele y comenzaba a dar grititos medio histéricos de pija desfasada. Luego un lingotazo de güisqui, dos o tres orphidales y a olvidar que existes. Pero no un gusano entrando en la nariz, que no es nada chic, todo lo contrario, es repugnante.¿Tienes que ir maquillada hasta para ver el telediario?

Carlos, Carlitos, abre la puerta del wáter con las pupilas dilatadas y picor en la nariz. Mientras se moja el pelo en el lavabo, puede ver, reflejado en el espejo, a un tipo de aspecto siniestro, enfundado en un largo abrigo negro, que bloquea la puerta de salida al restaurante. Si quitarse el pitillo de la comisura de los labios Lucio agita la pistola que estaba disimulada entre los pliegues del abrigo. Con un leve movimiento de cabeza, que acompaña con un movimiento del cañón de su Beretta, le indica que vuelva a entrar en el pequeño cajón de madera y que se siente en el wáter. Apura el cigarro mientras con el rostro ladeado, clava sus ojos de tiburón en el muchacho que no tiembla, no tiene miedo. Le gusta.

--Tu padre me ha dicho que estás suspenso, que no quiere hijos yonkis en la familia, no es nada personal. ¿Algo que decir?

--Sí, dile que es un hijoputa y que me la pela vivir o morir, que hace mucho que sopla levante en mi vida, hace demasiado que sufro de insomnio.

domingo 6 de septiembre de 2009

La paradoja

Llevo casi toda mi vida luchando contra el miedo, que no da tregua, que habita dentro de mí. Se asienta perpetuo en la boca de mi estomago y allí permanece vigilante, urdiendo planes de conquista. Para él no existen ni el tiempo ni el cansancio. Ataca en la vigilia y en el sueño, perpetra sus incursiones, plaga mi alma de angustias y regresa victorioso a su atalaya desde donde observa su reinado y vigila para que nunca haya paz.

Tiene facciones monstruosas y cicatrices que le recorren todo el cuerpo. Su sonrisa es de hielo y su espada de fuego. En su cinto, atados con gruesa soga, porta los trofeos de sus victorias: mis fracasos en la vida; se jacta vanidoso de que gracias a él yo no soy nada. Me dice jocoso que soy un ser anodino incapaz de dar un paso sin antes consultarle. Y tiene razón.

Vimos juntos como mi mujer me abandonaba, como mi jefe me despedía, como mis amigos me daban la espalda… hasta que sólo quedamos él y yo, enzarzados en una pugna perpetua que yo siempre pierdo, metidos en una violenta rueda que no se ha roto hasta hoy.
El doctor ha entrado en la consulta y me ha mirado a los ojos.

- Tres meses, máximo seis –me ha dicho impostando la pena en su rostro.

Un súbito alivio me ha recorrido el cuerpo y al cerrar la puerta una sonrisa ha colonizado mi rostro. Luego una carcajada y las miradas de todos los que esperan su diagnostico fijas en mí. ¡Me ha dado igual! Hacía tanto tiempo que no reía que apenas he alcanzado a reconocerme. Andaba ligero, como cuando era un niño y nada me asustaba. La enfermedad y una muerte segura me han hecho vencer la guerra.

Es una paradoja, lo sé, pero todo acabará como comenzó: sin miedo a nada.

miércoles 15 de julio de 2009

Estela y los elefantes

Estela era, a sus veinticuatro, esbelta como un junco de marisma. Tenía la piel del color de las aceitunas y los ojos de un felino a la caza. Cuando te lanzaba una mirada, desde la misma distancia sideral desde la que lo hacen las diosas mitológicas, pareciera como si te atravesara, de lado a lado del pecho, todo un iceberg. Pero, ¡ay!, todo cambiaba cuando te dedicaba una de sus sonrisas. Era como si el cielo redentor se abriera en mitad de su oscuro rostro, como si el mismo Dios te hubiese posado una de sus manos protectoras sobre el hombro.

Era una aspirante a actriz, una joven descocada que creía haber nacido de la pata de Buda, que pensaba que por el hecho de estar más buena que el chocolate caliente la vida se iba a abrir de patas para ella. Estaba convencida de que el mundo le tenía preparado un futuro deslumbrante como chica Almodóvar. Se veía como la nueva Carmen Maura o algo así. Acudía puntualmente a todos los casting soñando con esa oportunidad que por fin la sacara del trabajo de dependienta en la tienda de ultramarinos de tío Manolo, perdida en mitad del barrio de Usera. Era, sin duda, un escenario de lo más almodovariano.

Yo no era más que el repartidor, el último mono, el primer escalón de una corta escalera que comenzaba en mí, pasaba por Estela y terminaba en su tío, dueño y señor del reino en el que me toco trasegar durante aquel verano de 1984, el mismo en el cumplí dieciséis años y me hice hombre.

Estela, no quiero engañarles, era también algo cazurra. No era culpa suya, era simplemente que no tenía demasiadas luces. Siempre se equivocaba con las facturas y los clientes, que ya la conocían, la engañaban siempre que tenían oportunidad. Bastaba con distraerla con algo de charla, haciéndola hablar de si misma y de su prometedor futuro como nueva diva de la escena cinematográfica española, para que se le fuera el santo al cielo y se equivocara en veinte o veinticinco pesetas en una cuenta de cien. A mí aquello me parecía entonces de lo más sexi, era como un añadido de fiereza --o de animalidad, como ustedes prefieran-- que me resultaba irresistible; como sus ojos, su sonrisa y esos pechos generosos que marcaban un pezón grande y oscuro a través de cualquiera de los breves y vaporosos vestidos que gastaba en los meses de calor inclemente.

Recuerdo con nitidez eréctil sus bragas de algodón, culminación perfecta de unas piernas en apariencia infinitas, pegadas por el sudor, marcando con irreverencia la raja del culo, cuando encaramada a unas escaleras se dedicaba a colocar el género en los estantes superiores. Lo hacía con tanto esmero que ni siquiera reparaba en mi mirada lasciva cuando me colocaba justo debajo para ayudarla en su faena. O quizás sí lo hiciera y no le importara lo más mínimo. Al fin y al cabo yo era un muchacho bien formado con un irresistible olor a feromona adolescente y ella, si bien no le faltaban pretendientes en el barrio, me había dedicado desde siempre miradas de hielo y sonrisas de fuego, alternativamente, como le gusta hacer a las mujeres que tratan de desconcertarle a uno.

Una tarde de finales de agosto, cuando ya quedaba poco para que yo comenzara mis clases en el instituto y dejara mi eventul ocupación como repartidor, al ir a ayudarla a bajar la persiana metálica de la tienda, pude rozar su mano. Noté como se estremecía y nos quedamos frente a frente, sudorosos y sin decir palabra. Fueron unos segundos que parecieron prolongarse en nuestras miradas y en los que yo, dada mi inexperiencia de púber, no supe qué hacer. Sólo acerté a permanecer, quieto como una columna, con los brazos pegados al cuerpo mientras un ligero jadeo iba subiendo desde el mismo centro del deseo que había acumulado durante aquel bochornoso estío. Fue ella quien cogió mi mano y la acercó hasta su pecho. La agarré entonces por la nuca, como había visto que hacían los chicos duros en las películas, y comencé a besarla sin dejar de agarrar su teta, masajeándola como se hace con la masa fresca del pan. Notaba como mi polla, que era una trompa desbocada, luchaba por escapar del slip y presionaba con firmeza marcial contra su pubis. Recorrimos en nuestro beso toda la tienda, chocando como una manada de elefantes contra todos estantes que se interponían a nuestro paso irracional, tirando con cada golpe todo cuanto contenían. ¡Ay!, gritaba ella con cada embestida elefantina, no sé si de placer o porque sabía que luego le tocaría recoger todo. Pero no podíamos parar. Le arranqué las bragas de un tirón, la cogí por el culo y la subí al mostrador. Abrí sus piernas y pude, por fin, ver su coño, negro y tupido y muy rizado, como tantas veces lo hube imaginado en la soledad de mi dormitorio. La penetré sin sutilezas, un espadazo, directo y profundo, al centro de su húmedo deseo. Sentí su estremecimiento con cada arremetida. Escuché como su gemido ahogado acabó por convertirse en grito agudo e irreprimible. No duró mucho, apenas diez o doce embestidas, pero lo recuerdo como el mejor polvo que jamás he echado. Juraría que ella quedó plenamente satisfecha pero como en los días siguientes, muy a mi pesar, no volvimos a hablar del tema, nunca podré saberlo. Desde aquella tarde y hasta que emigré del barrio, en busca de mejores horizontes, ya sólo me dedicó miradas de iceberg.

Hace poco regresé al barrio para visitar a mi madre. La vieja tienda de ultramarinos de Manolo hace tiempo que cerró; abrieron un Hipercor justo al lado y eso acabó con la tienda y con Manolo. Bajé allí a comprar unos garbanzos para que mi madre me preparara uno de sus exquisitos cocidos y pude ver a Estela, después de tantos años. Estaba sentada en una de las cajas, pasando los artículos por el escáner con cara de aburrimiento. Tenía el pelo recogido en un moño inverosímil y se lo había teñido de rubio. La vejez había comenzado a nublar su rostro y trataba de disimularlo con varios kilos de maquillaje. Me miró y volvió a sus quehaceres, con cara de resignación. No me reconoció, de eso estoy seguro, es algo que se nota. Sentí el impulso de acercarme a preguntarle si gozó aquel a día, si el mejor polvo de mi vida significó algo para ella, pero finalmente me eché atrás. Supongo que fue porque prefiero guardar aquel momento en mi memoria tal y como se lo he contado, sin capítulos añadidos que lo enturbien. Además, su mirada ya no era la de un felino a la caza sino la de un animal de carga sepultado por la vida.

jueves 9 de julio de 2009

El extraño caso de Tomasito

Tenía los brazos delgados y elásticos como un junco de marisma. Su padre siempre hizo bromas de ellos. Solía decirle que parecía un gorila que en su andar los arrastra. A Tomasito nunca le afectó aquella broma fruto de la ignorancia bestial de su progenitor. Él, que había ido comprando puntualmente y con devoción todas las fichas de animales de la colección de Planeta de Agostini en el quiosco de su pueblo, sabía de sobra que el gorila tenía unos brazos fuertes y gruesos; largos, eso sí, pero nada que ver con los suyos, que eran finos y elásticos. Los de él eran apéndices alargados como alas de águila imperial, majestuoso animal, rey de los cielos.

Comenzó a trabajar bien joven y siempre le gustó quejarse de lo dura que era la mina.

-Es lo que hay, hijo -solía decirle su padre con la voz en un hilo -yo ya no estoy para trabajar que ya se me jodieron los pulmones y alguien tiene que traer la comida al plato.

Quería estudiar. Sé de primera mano, porque fuimos compañeros de pupitre algunos años, que le gustaba la escuela; no como a la mayoría de nosotros, que pensábamos que aquello no servía para nada. Le ponía pasión y esfuerzo y aunque no tenía demasiadas luces, conseguía aprobar con buena nota todas las asignaturas. Un buen día ya no apareció más por la escuela.No nos resultó extraño porque entonces aquello era algo normal. Los chicos dejaban sus estudios sin más y comenzaban a trabajar. No existía transición entre la infancia y la edad adulta, no existía lo que ahora conocemos como adolescencia. De un día para otro uno dejaba de ser un alegre muchacho despreocupado para convertirse en minero o pastor o pescador, sin más. Se le seguía viendo por el pueblo, aunque cada vez cn menos frecuencia. Vivia con su padre en una casona semiderruida a las afueras y era raro que bajara a alternar a los bares. Acudía, eso sí, puntualmente a todas las proyecciones que se programaban en la plaza del pueblo en los días de verano. Se le podía ver comiendo pipas, sin perder ojo de todo lo que sucedía en la pantalla. Cuando acababa la sesión doble desaparecía en la oscuridad como un espectro. En realidad así es como le llamábamos los mozos del pueblo: el espectro. Y es que Tomasito hablaba poco con la gente. Era un muchacho melancólico, huidizo y solitario, sobre todo desde que murió su madre, de manera inopinada, cuando él apenas contaba los diez años.

Tenía extrañas aficiones. Todas las tardes, de regreso a casa desde la mina, bordeaba caminando el acantilado que, cortado a pico sobre el mar de sus ancestros, parecía invitarle a un vuelo rasante. A mitad de camino había un saliente. Sólo tenía que escalar un poco. Yo, que probé a subir en alguna ocasión puedo decirles que la sensación, cuando uno se encontraba en lo más alto era impresionante: parecía que el suelo desapareciera bajo los pies y se podía sentir cómo el cosquilleo del vértigo colonizaba desde la planta de los pies hasta la punta de los dedos de las manos mientras el viento preñado de salitre golpeaba la cara.

Así que imagino que Tomasito sentiría algo parecido cuando llegado al borde extendía los brazos y comenzaba a batirlos arriba y abajo, simulando el vuelo de un ave. Estrechaba mucho los ojos, fruncía el ceño y arrugaba los labios como si fuera a silbar, pero sólo emitía un leve susurro, como de viento. Durante algunos minutos permanecía en pie y dejaba que su mente se escapara a otro lugar, a alguno de esas ciudades que sólo pudo ver en las pantallas del cine de verano; algún sitio alejado, muy alejado de allí, quizás Nueva York o Chicago o Casablanca o París, daba lo mismo. Esto lo supongo porque las pocas veces que hablaba con él solía colarme siempre misma frase:

- ¿Sabes, Paco?, llegará el día en que vuele lejos de aquí. Estoy hasta los mismos cojones de esta mierda de pueblo.

Al principio de comenzar con su ritual diario se imaginaba águila, por aquello de que a él le parecía el animal más perfecto que la naturaleza hubo creado. Pero después de ver Casablanca ya sólo quiso ser piloto. Tenía grabada esa última escena, esa en la que la realidad puede con el amor (o quizás sea al revés, ya dudo) pero no era eso lo que a él le importaba. Él solo tuvo ojos para el artefacto que, detrás de los protagonistas, comenzaba a mover sus hélices para después despegar con la desesperanza en sus entrañas. Fue entonces cuando dejó de emitir el sonido del viento y paso a, mediante el vibrar de sus labios, a simular el sonido de un biplano. De vez en cuando interrumpía el sonido del motor y solicitaba instrucciones por radio a la torre de control.

-Vuelo 505 aproximándose a pista. Brrrrrrrrrrr. Pip. Espero instrucciones para iniciar maniobra de aterrizaje. Brrrrrrrrrrr. Pip.

Tomasito desapareció una tarde de invierno y mar embravecido. No volvimos a saber nada de él. Hay quien dice, los más supersticiosos, que se lo llevó la Güestia; otros que se marchó a cumplir el sueño de casi todos y que emigró a las Américas, sin decir palabra pues así era él. Yo tampoco sé que pudo sucederle. Si he de ser completamente sincero les diré que yo le vi una sola vez batiendo los brazos y hablando con la torre de control, encaramado en su roca, la misma desde la que escribo estas palabras pensando que quizás no fuera tan torpe, ni tan extraño como pensaba.

El día en que le ví, él ni siquiera reparó en mi presencia, concentrado como estaba en su vuelo imaginario. No le llegué a preguntar por aquello ni tampoco conté nada a los paisanos. Tomasito me caía bien a pesar de que apenas le traté y nunca quise que le tomaran por loco. Así que sé, porque una vez lo ví, que gustaba de hacer excentricidades como la que les he contado pero casi todo lo demás lo imaginé para ustedes. Del mismo modo que quiero imaginar que lo que realmente le sucedió a Tomasito es que finalmente la torre de control autorizó la maniobra de aterrizaje para el vuelo 505.

viernes 12 de junio de 2009

La pesadilla de Caron

Caron despierta súbitamente en mitad de la noche. Los ojos muy abiertos y la boca entornada y jadeante componen la mueca del horror que asalta en sueños. Siempre la misma pesadilla, en realidad.

Comienza en una tibia mañana de verano incipiente. El B-29 surca imperturbable un cielo despejado y el mar se extiende infinito y azul bajo su panza. En sus entrañas la muerte. No una muerte cualquiera, un relámpago que quema y asfixia, que arrasa y absorbe el aire, que fulmina miles de almas con un solo golpe. Desde su posición a la cola del aparato Caron se entretiene observando la estela vaporosa que el avión deja a su paso, a miles de kilómetros por encima del nivel del mar. Escucha los preparativos a su espalda, escucha al coronel cuando explica la realidad de su carga, pero no es capaz de imaginar la realidad que unas horas más tardes se dibujará indeleble en sus retinas y en su alma.

Todo en orden, el plan sigue su curso. Primer objetivo Hiroshima: despejado. El coronel Tibbets da unas breves instrucciones por radio y comienza la aproximación. Se acerca el momento para el que se habían estado preparando intensamente los últimos meses. El pulso se acelera y Caron agarra con fuerza la ametralladora de cola. Escucha a su espalada el lento engranaje del portón que se abre. Casi puede oír el sonido gutural que emite al reírse esa vieja dama que es la muerte. Rie porque hoy se dará un gran festín.

El B-29 se aleja del objetivo y de repente Caron puede ver desde la más privilegiada de las posiciones la primera e intensa deflagración del más grande instrumento de matar jamás inventado por el hombre. Y todas las explosiones sucesivas que, como las ondas sobre la superficie de unas aguas calmas que ha sido golpeadas por una piedra, van plagando de oscuridad, como un eclipse que no avisa, todo lo que encuentran a su paso. Y luego un hongo gigantesco conformado por nubes púrpuras que dibujan la nueva fisonomía de la muerte. Cegadora y asfixiante muerte que se pega indeleble a la retina y al alma. Caron, ametrallador de cola del Enola Gay, aún no lo sabe pero es el primer testigo del comienzo de una nueva era.

Bob Caron despierta aterrado en mitad de la noche con la única compañía de miles de rostros abrasados que le miran silenciosos con una interrogación dibujada en ellos.

martes 12 de mayo de 2009

Sinnerman

Media la tarde y el viento arrecia enredándole el cabello. Lucio se sube las solapas del abrigo, se apoya en el viejo chevy y apura un pitillo que agoniza en sus labios. Las manos en los bolsillos, la boca entreabierta y la cabeza ligeramente ladeada para evitar que el humo le entre los ojos. Las cejas se le enarcan en un ángulo inverosímil, como si un hilo invisible tirara de ellas hacía arriba y las hiciera apuntar a un cielo que comienza a ennegrecer de tormenta. Con los ojos entornados, heridos de luz, otea el paisaje poderoso del atardecer primaveral sobre la Sierra de Gredos. Su gesto no denota emoción. Su rostro es un páramo en donde los gestos apenas florecen.

Hoy no ha acudido hasta este lugar para dar muerte. Es probable que sea la primera vez que llega hasta aquí sin un paquete en el maletero. Simplemente cogió su coche y comenzó a conducir. Viajaban el coche en una dirección y sus pensamientos en otra. Cuando ha querido darse cuenta ya estaba allí, sentado al volante, con el motor aún encendido y Nina Simone desgarrando el silencio del bosque. Ni siquiera recuerda por qué eligió el CD de Nina, que yacía desterrado bajo el asiento desde hacía una eternidad. Su madre le hubiera dicho que aquello era una señal del destino. “El destino se lo forja uno a golpes, madre”. Tampoco sabe porque de repente ha comenzado a pensar en su madre.

—Eso es que tienes que ajustar cuentas con tu pasado —Apoyada en un pino, vestida con un camisón blanco que contrasta violentamente con su pelo rojizo y alborotado, Lucrecia, su madre, escupe las palabras con dificultad. Conserva intacta la traqueotomía que le practicaron en el hospital, cuando ya estaba en las últimas.

—No será contigo, madre, contigo nunca tuve problemas

—Eso es cierto, hijo, conmigo siempre te portaste bien.

—Pues mi único pasado eres tú, así que creo que te equivocas, como con lo del destino.

—¿Qué me dices de tu padre?

—Mi padre era un cabrón que no merecía vivir --Lucio enciende otro cigarrillo y traspasa a su madre, que parece no inmutarse, con el humo de la primera calada.

—Ya, pero estoy segura que matar a un padre con sólo quince años tiene que dejar secuelas.

—¿Secuelas?... la única secuela que ese mal nacido me dejó fue esta cicatriz —Lucio se señala la ceja con el pitillo —Nueve puntos me costó aquella hostia.

—Puede que tengas razón, hijo, la verdad es que nunca se portó bien con nosotros, el alcohol le podía.

—He conocido a alguien… me recuerda tanto a ti que me da miedo.

Lucrecia se queda mirando pensativa a su único hijo, advirtiendo que ya nada queda en él del adolescente que abandonó a su suerte porque quiso la vida poner punto y final a sus días de manera abrupta y dolorosa, más o menos como habían transcurrido.

—Ahora lo entiendo —dice

—Ahora entiendes qué, madre.

—Ahora entiendo porqué estoy aquí. Esa chica te ha removido un sentimiento que yacía tan profundo como mi fantasma. Probablemente ni te acuerdas pero siempre fuiste un niño cariñoso, Lucio… y protector. Luego la bestialidad de tu padre se encargó de sepultar tu sensibilidad, a base de palizas. Aún recuerdo la madrugada en que volví a casa y te encontré acurrucado en una esquina del salón. No llorabas. Mirabas fijamente el charco de sangre que tu ceja abierta dejaba sobre el suelo y mascullabas odio con las mandíbulas muy apretadas. Luego me miraste a mí y supe, por tus ojos, que ya nunca serías el mismo.

—Yo sólo sé de muerte, madre, no estoy hecho para otra cosa.

—¿No eras tú el que decías que el destino se lo forja uno a base de golpes?

—Sí ¿Qué tiene que ver eso con la chica?

—Es sencillo, Lucio. El amor también golpea. Y golpea tan fuerte que ni siquiera la muerte puede con él. Si no, ¿qué hago yo aquí, en mitad de la sierra de Gredos, apoyada en un pino, hablando contigo?

Lucio tira el pitillo, lo pisa con calma y sube al coche. Su madre se ha evaporado con los últimos rayos de sol. Enciende el motor y justo en ese instante Nina comienza a cantar “Sinnerman”





miércoles 29 de abril de 2009

Pintor de nubes

Las nubes flotan tenues sobre el horizonte. Son galeones espumosos que sobrevuelan rasantes sobre la línea de mi vida. Son lo que yo quiera que sean, en ellas dibujo los rostros de los que están y de los que ya se fueron. Gigantes y enanos, muescas en mi culata, simples retazos de lo que fui, resumen de lo que ahora soy. Imagino un poema y sólo me sale prosa. Pinto sobre ellas tu rostro pero el viento, el muy cabrón, lo hace desaparecer… y lo vuelvo a dibujar, una vez más, con paciencia de artesano.

La línea del horizonte… ¿De mi horizonte?... ¿Eres tú? ¿Acaso eres tú, sin rima, sin el ritmo necesario, ese que no encuentro desde que te fuiste, latidos de mi corazón herido? ¿Qué fue lo que se nos perdió más allá de esa raya que supone el final del mar, justo debajo de las nubes de tu rostro? ¿Qué fue de ti, mi amor? Planeo como una gaviota errática sobre el mar embravecido de nuestra convivencia y no me reconozco. Atravieso como un kamikaze la nube de tu rostro y no hallo lágrimas, ni bendición, ni piedad. Sólo la soledad de un pintor de nubes que mira el mar, embobado, arrítmico, que, como siempre, vuela sin rumbo y demasiado bajo.