jueves, 12 de febrero de 2009

Larga vida al R&R

Inclinado sobre el water vomito hasta la primera papilla. Sólo pienso en que quiero que la tierra me trague, que se dé un festín con mi alma canalla. El espejo devuelve un rostro demacrado mientras me enjuago la cara con agua fría. Mis greñas antaño de fuego son ahora del color de la ceniza. Mi faz hace mucho que se pobló de surcos profundos, al compás de una vida improvisada, como un blues cantado con voz rota. Me recojo el pelo en una coleta, miro fijamente a mis ojos y me impongo un gesto de convicción, de fiera convicción. “you are the champion”, mascullo. Enciendo un pitillo mientras alcanzo el vaso que reposa sobre la cisterna. El clamor llega mitigado por la distancia, como un susurro de victoria.

De vuelta al habitáculo que han habilitado como camerino, sobre el sofá deshilachado, puedo ver mi vieja guitarra, eterna compañera de viaje, como el güisqui, como la bendita farlopa. Dos enormes rayas descansan sobre un pequeño espejo. Me esperan impacientes. Apuro el último trago y escucho el tintineo de unos hielos que ya no tienen donde nadar. Observo el espejo y la pequeña montañita blancuzca sobre el cristal de la mesa; parece como si las pequeñas motas que la conforman se moviesen con lentitud hasta dibujar brazos que me llaman, que quieren abrazarme… casi puedo escuchar su voz. La puerta se abre y la cabeza de un joven con auriculares asoma tímida, el clamor arrecia:

—Sr Ritchard, cinco minutos —y desaparece

No recordaba esta sensación —en realidad no me acuerdo de casi nada de lo que me sucedió entre los dieciocho y los treinta y cinco—: el estomago se encoge y la bilis sube hasta el gaznate con un sabor amargo mezcla de excitación, nausea y alcohol; el cerebro se embota y mis pensamientos son como un disparo errático. Vértigo. Miedo. Sudor. Una arcada.

Hacía demasiado tiempo que yo mismo había caído en el olvido, que el público enfervorizado no clamaba mi nombre en estadios llenos hasta la bandera, que no me traían la coca y el alcohol en bandeja de plata… Hasta que ese productor encorbatado, insultantemente joven, se presentó en el tugurio infesto donde yo purgaba mi vida de excesos, cada noche, de ocho a tres de la mañana, cantando para borrachos más borrachos que yo, camareras de rictus imperturbable y rameras de medio pelo que todavía sueñan con que algún día la oportunidad pasará por su puerta, que un golpe de suerte las sacará de allí. Una cloaca.

Un anuncio de la tele me ha devuelto a la palestra, un viejo éxito del que yo ya ni recordaba la melodía. Son cuatro acordes y un estribillo absurdo, compuestos tras tres días sin dormir. O eso dicen. Ni siquiera la letra es buena. ¿Qué más da si me sirve para reverdecer los laureles? El rock es un spot y yo soy la estrella del momento. Esnifo las dos rayas con una aspiración profunda, siento que la pupilas se dilatan y como el vigor me golpea en el cerebro. Cojo mi vieja estrato, me pongo las gafas de sol, abro la puerta y encaro el pasillo con paso firme. Palmadas en la espalda, gritos de ánimos y mi banda que espera sobre el escenario. El murmullo se hace victoria. Una multitud corea mi nombre y enloquece en un alarido cuando el foco se enciende sobre mi cabeza.

Soy un dios del rock y he vuelto.




3 comentarios:

Belén dijo...

Mira... ay no calla que esto s un ordenador...

Tengo la carne de gallina...

Besicos

Kurtz dijo...

Ay, mañica... si es que el rock and roll es lo que tiene

Otro beso

Ichiara dijo...

Ay, el sr Ritchard, que es uno y tantos, y somos nosotros que nunca, pese a las canas y los surcos, dejaremos de exaltarnos al oir los primeros compases de un buen R&R y un buen R&B. Es la corrida interminable Coronel, qué le vamos a hacer, si nos encanta.

besosss