jueves, 9 de julio de 2009

El extraño caso de Tomasito

Tenía los brazos delgados y elásticos como un junco de marisma. Su padre siempre hizo bromas de ellos. Solía decirle que parecía un gorila que en su andar los arrastra. A Tomasito nunca le afectó aquella broma fruto de la ignorancia bestial de su progenitor. Él, que había ido comprando puntualmente y con devoción todas las fichas de animales de la colección de Planeta de Agostini en el quiosco de su pueblo, sabía de sobra que el gorila tenía unos brazos fuertes y gruesos; largos, eso sí, pero nada que ver con los suyos, que eran finos y elásticos. Los de él eran apéndices alargados como alas de águila imperial, majestuoso animal, rey de los cielos.

Comenzó a trabajar bien joven y siempre le gustó quejarse de lo dura que era la mina.

-Es lo que hay, hijo -solía decirle su padre con la voz en un hilo -yo ya no estoy para trabajar que ya se me jodieron los pulmones y alguien tiene que traer la comida al plato.

Quería estudiar. Sé de primera mano, porque fuimos compañeros de pupitre algunos años, que le gustaba la escuela; no como a la mayoría de nosotros, que pensábamos que aquello no servía para nada. Le ponía pasión y esfuerzo y aunque no tenía demasiadas luces, conseguía aprobar con buena nota todas las asignaturas. Un buen día ya no apareció más por la escuela.No nos resultó extraño porque entonces aquello era algo normal. Los chicos dejaban sus estudios sin más y comenzaban a trabajar. No existía transición entre la infancia y la edad adulta, no existía lo que ahora conocemos como adolescencia. De un día para otro uno dejaba de ser un alegre muchacho despreocupado para convertirse en minero o pastor o pescador, sin más. Se le seguía viendo por el pueblo, aunque cada vez cn menos frecuencia. Vivia con su padre en una casona semiderruida a las afueras y era raro que bajara a alternar a los bares. Acudía, eso sí, puntualmente a todas las proyecciones que se programaban en la plaza del pueblo en los días de verano. Se le podía ver comiendo pipas, sin perder ojo de todo lo que sucedía en la pantalla. Cuando acababa la sesión doble desaparecía en la oscuridad como un espectro. En realidad así es como le llamábamos los mozos del pueblo: el espectro. Y es que Tomasito hablaba poco con la gente. Era un muchacho melancólico, huidizo y solitario, sobre todo desde que murió su madre, de manera inopinada, cuando él apenas contaba los diez años.

Tenía extrañas aficiones. Todas las tardes, de regreso a casa desde la mina, bordeaba caminando el acantilado que, cortado a pico sobre el mar de sus ancestros, parecía invitarle a un vuelo rasante. A mitad de camino había un saliente. Sólo tenía que escalar un poco. Yo, que probé a subir en alguna ocasión puedo decirles que la sensación, cuando uno se encontraba en lo más alto era impresionante: parecía que el suelo desapareciera bajo los pies y se podía sentir cómo el cosquilleo del vértigo colonizaba desde la planta de los pies hasta la punta de los dedos de las manos mientras el viento preñado de salitre golpeaba la cara.

Así que imagino que Tomasito sentiría algo parecido cuando llegado al borde extendía los brazos y comenzaba a batirlos arriba y abajo, simulando el vuelo de un ave. Estrechaba mucho los ojos, fruncía el ceño y arrugaba los labios como si fuera a silbar, pero sólo emitía un leve susurro, como de viento. Durante algunos minutos permanecía en pie y dejaba que su mente se escapara a otro lugar, a alguno de esas ciudades que sólo pudo ver en las pantallas del cine de verano; algún sitio alejado, muy alejado de allí, quizás Nueva York o Chicago o Casablanca o París, daba lo mismo. Esto lo supongo porque las pocas veces que hablaba con él solía colarme siempre misma frase:

- ¿Sabes, Paco?, llegará el día en que vuele lejos de aquí. Estoy hasta los mismos cojones de esta mierda de pueblo.

Al principio de comenzar con su ritual diario se imaginaba águila, por aquello de que a él le parecía el animal más perfecto que la naturaleza hubo creado. Pero después de ver Casablanca ya sólo quiso ser piloto. Tenía grabada esa última escena, esa en la que la realidad puede con el amor (o quizás sea al revés, ya dudo) pero no era eso lo que a él le importaba. Él solo tuvo ojos para el artefacto que, detrás de los protagonistas, comenzaba a mover sus hélices para después despegar con la desesperanza en sus entrañas. Fue entonces cuando dejó de emitir el sonido del viento y paso a, mediante el vibrar de sus labios, a simular el sonido de un biplano. De vez en cuando interrumpía el sonido del motor y solicitaba instrucciones por radio a la torre de control.

-Vuelo 505 aproximándose a pista. Brrrrrrrrrrr. Pip. Espero instrucciones para iniciar maniobra de aterrizaje. Brrrrrrrrrrr. Pip.

Tomasito desapareció una tarde de invierno y mar embravecido. No volvimos a saber nada de él. Hay quien dice, los más supersticiosos, que se lo llevó la Güestia; otros que se marchó a cumplir el sueño de casi todos y que emigró a las Américas, sin decir palabra pues así era él. Yo tampoco sé que pudo sucederle. Si he de ser completamente sincero les diré que yo le vi una sola vez batiendo los brazos y hablando con la torre de control, encaramado en su roca, la misma desde la que escribo estas palabras pensando que quizás no fuera tan torpe, ni tan extraño como pensaba.

El día en que le ví, él ni siquiera reparó en mi presencia, concentrado como estaba en su vuelo imaginario. No le llegué a preguntar por aquello ni tampoco conté nada a los paisanos. Tomasito me caía bien a pesar de que apenas le traté y nunca quise que le tomaran por loco. Así que sé, porque una vez lo ví, que gustaba de hacer excentricidades como la que les he contado pero casi todo lo demás lo imaginé para ustedes. Del mismo modo que quiero imaginar que lo que realmente le sucedió a Tomasito es que finalmente la torre de control autorizó la maniobra de aterrizaje para el vuelo 505.

4 comentarios:

Anderea dijo...

Y he acabado diciéndome: Ojalá que hubiera sido como Kurtz dice.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Bueno...Realmente es un placer leerte.


Firmado:
La misteriosa admiradora que nace de la calima.

Kurtz dijo...

Hola Anderea, Lo bueno de los finales abiertos es que son como uno quiere que sean.
Un Saludo. Me alegra verte por aquí.

Hola misteriosa admiradora nacida de la calima. Genial que te guste. Me tienes intrigado. ¿Vas a seguir con enigmas? ¿Nos conocemos? Es que soy muy malo para las adivinanzas.

Saludos

Anónimo dijo...

No, encontré tu blog por casualidad. No me conoces. NO hay misterio ni adivinanza...lo siento. :-(

Sigo leyendo tu blog.

una admiradora sin más